ROSALÍA WINOCUR – Robinson Crusoe Ya Tiene Celular (La Conexión como Espacio de Control de la Incertidumbre)

Rosalía Winocur aborda en «Robinson Crusoe Ya Tiene Celular (La Conexión como Espacio de Control de la Incertidumbre)» una de las transformaciones más significativas de la vida cotidiana contemporánea: la incorporación de las tecnologías de comunicación, especialmente el teléfono móvil, a las formas mediante las cuales los individuos construyen seguridad, pertenencia, autonomía y control frente a un mundo percibido como cada vez más incierto. El título ya contiene una ironía particularmente eficaz. Robinson Crusoe, personaje paradigmático del aislamiento, de la autosuficiencia y de la supervivencia individual frente a un entorno hostil, ya no podría imaginar su existencia sin un teléfono celular. El náufrago moderno puede estar físicamente solo en una isla, pero permanece conectado, localizable, comunicándose, consultando información y manteniendo algún tipo de vínculo con el mundo exterior. La imagen resume una paradoja fundamental de nuestra época: las tecnologías digitales prometen ampliar nuestra autonomía, pero al mismo tiempo hacen cada vez más difícil concebir una autonomía completamente desconectada. Winocur utiliza esta tensión para analizar no tanto los aparatos tecnológicos en sí mismos como las prácticas sociales, afectivas y culturales que se organizan alrededor de ellos.
Uno de los principales méritos del libro consiste en evitar una interpretación simplista de la tecnología como una fuerza externa que llega a la sociedad para transformarla automáticamente. Frente a ciertos discursos tecnofílicos que presentan cada innovación como el comienzo de una nueva era de libertad, eficiencia y comunicación, y frente a las perspectivas apocalípticas que interpretan la tecnología como responsable de la destrucción de las relaciones humanas, Winocur dirige la atención hacia la experiencia concreta de los usuarios. El teléfono celular no produce por sí mismo una determinada conducta; adquiere significado dentro de relaciones sociales previamente existentes. Las personas utilizan los dispositivos para resolver necesidades, mantener vínculos, reducir ansiedades, administrar distancias, organizar sus actividades y afrontar situaciones de incertidumbre. La tecnología se incorpora a prácticas que ya existían, pero también las modifica, las intensifica y en ocasiones genera otras nuevas. El interés del análisis está precisamente en esa interacción.
La incertidumbre constituye el eje que permite comprender buena parte de estas prácticas. La vida cotidiana siempre ha estado atravesada por lo imprevisible: no saber dónde está alguien, cuándo llegará, qué está haciendo, si ocurrió algo inesperado, cómo resolver una situación urgente o qué sucederá después. Lo novedoso no es la existencia de la incertidumbre, sino la aparición de dispositivos que permiten administrar una parte de ella mediante una disponibilidad comunicativa casi permanente. El celular permite preguntar, confirmar, avisar, localizar, consultar y responder. Allí donde antes había que esperar, ahora puede enviarse un mensaje. Allí donde existía una duda, puede realizarse una llamada. Allí donde una persona podía encontrarse incomunicada durante horas, ahora puede ser alcanzada prácticamente de inmediato. El dispositivo no elimina la incertidumbre, por supuesto, pero proporciona una serie de mecanismos para hacerla más tolerable.
Este punto resulta especialmente interesante porque modifica la manera en que entendemos la comunicación. El celular no sirve únicamente para transmitir información. También sirve para producir tranquilidad. Un mensaje aparentemente banal como «llegué», «estoy saliendo», «¿dónde estás?» o «avisame cuando llegues» puede carecer de importancia desde el punto de vista informativo y, sin embargo, cumplir una función afectiva enorme. La información funciona aquí como una forma de regulación emocional. Saber dónde está alguien puede reducir la preocupación; confirmar que llegó bien puede cerrar una pequeña situación de ansiedad; recibir una respuesta puede restaurar la sensación de normalidad. La comunicación digital se convierte así en una tecnología cotidiana de administración de los afectos.
La idea de que la conexión funciona como un espacio de control de la incertidumbre es particularmente poderosa porque permite superar la interpretación según la cual estar conectado significa simplemente «comunicarse más». No necesariamente necesitamos hablar permanentemente con otras personas. Muchas veces necesitamos saber que podemos hacerlo. Existe una diferencia importante entre la comunicación efectiva y la disponibilidad potencial. El teléfono adquiere parte de su valor precisamente porque mantiene abierta la posibilidad de contacto. Saber que alguien puede ser localizado, que existe un canal disponible y que una respuesta puede llegar en cualquier momento modifica nuestra relación con la distancia y con la espera. La conexión se convierte en una especie de presencia potencial.
Esta presencia potencial tiene consecuencias profundas en las relaciones familiares. El teléfono móvil permite a padres, hijos, parejas y amigos mantener un contacto que habría resultado mucho más difícil con las tecnologías anteriores. Pero esa posibilidad de conexión permanente también transforma las expectativas. Si una persona puede ser localizada en cualquier momento, la ausencia de respuesta puede comenzar a interpretarse como significativa. La misma tecnología que reduce la incertidumbre en determinadas situaciones puede producirla en otras. Si alguien no responde el mensaje, surge inmediatamente la pregunta: ¿por qué no contesta? Antes, una persona simplemente podía estar fuera de casa y resultar inaccesible; ahora, la accesibilidad permanente genera nuevas obligaciones de respuesta.
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes del análisis de Winocur. La conexión funciona simultáneamente como mecanismo de seguridad y como fuente de nuevas exigencias. Cuanto más fácil resulta comunicarse, más difícil puede volverse justificar la incomunicación. El derecho a no responder comienza a entrar en tensión con la expectativa de disponibilidad. El silencio adquiere nuevos significados. No contestar un mensaje puede ser interpretado como indiferencia, enojo, desprecio, negligencia o preocupación, incluso cuando simplemente significa que la persona está ocupada o no desea responder en ese momento. La tecnología reduce ciertas incertidumbres, pero crea otras.
Esta transformación resulta particularmente visible en el ámbito familiar. La autonomía de los hijos puede coexistir con una capacidad de supervisión mucho mayor por parte de los padres. Un adolescente puede desplazarse solo, reunirse con amigos y construir espacios relativamente independientes, pero al mismo tiempo llevar consigo un dispositivo que permite a su familia preguntar dónde está, con quién está y cuándo regresará. La libertad y el control dejan de ser necesariamente opuestos. Pueden coexistir dentro del mismo dispositivo. El celular permite ampliar los márgenes físicos de autonomía y, simultáneamente, mantener una red de vigilancia y comunicación que reduce la sensación de pérdida de control de los adultos.
Esta tensión permite cuestionar una idea muy extendida según la cual las tecnologías móviles simplemente «liberan» a los individuos. Pueden hacerlo en ciertos sentidos, pero esa liberación tiene un precio. Poder salir de casa sin dejar de estar conectado amplía las posibilidades de movimiento; también significa que la persona puede ser alcanzada en cualquier lugar. La movilidad se vuelve compatible con la supervisión. El espacio privado no desaparece completamente, pero se vuelve más poroso. Una persona puede estar físicamente lejos y continuar integrada en las demandas de su grupo familiar, laboral o afectivo.
La cuestión del control adquiere así una dimensión especialmente relevante. El celular puede ser utilizado para controlar a otros, pero también para sentirse controlado. Preguntar constantemente «¿dónde estás?» puede presentarse como una manifestación de cuidado y efectivamente puede serlo, pero también puede convertirse en una forma de vigilancia. La frontera entre ambas cosas no siempre es evidente. Winocur resulta valiosa precisamente porque evita reducir esta tensión a una oposición moral sencilla. No se trata de afirmar que toda comunicación familiar es controladora ni que todo control es necesariamente negativo. Se trata de observar cómo las tecnologías modifican las formas mediante las cuales se negocian autonomía, confianza, responsabilidad y cuidado.
La relación entre conexión y confianza constituye otro de los problemas centrales. En un mundo sin comunicación instantánea, la confianza implicaba necesariamente tolerar cierto grado de desconocimiento. Si alguien salía de casa, había que esperar. Si un hijo estaba con amigos, no era posible saber permanentemente qué estaba haciendo. La confianza se construía, en parte, aceptando que no podíamos controlar cada detalle de la vida de los demás. La comunicación móvil modifica esa situación al ofrecer la posibilidad de reemplazar parte de esa incertidumbre por información. Pero el acceso a más información no necesariamente produce más confianza. A veces ocurre exactamente lo contrario: cuanto más podemos saber, más queremos saber.
La paradoja puede formularse de una manera sencilla: la posibilidad de controlar la incertidumbre puede generar una necesidad creciente de control. Una persona que tiene la posibilidad de localizar a otra puede comenzar a sentirse incómoda cuando decide no hacerlo. Una familia acostumbrada a mantenerse permanentemente conectada puede experimentar ansiedad cuando alguno de sus integrantes queda temporalmente fuera de cobertura. La desconexión, que anteriormente constituía una situación normal, comienza a parecer excepcional. Y aquello que parece excepcional puede convertirse rápidamente en motivo de preocupación.
Esta transformación de la espera es fundamental. La espera siempre había formado parte de la experiencia social. Esperar una carta, una llamada, una visita o el regreso de alguien suponía convivir con un margen de incertidumbre. Las tecnologías digitales reducen considerablemente esos tiempos. El problema es que la reducción de la espera puede modificar nuestra tolerancia a ella. Cuando nos acostumbramos a recibir respuestas inmediatamente, unos pocos minutos pueden parecer excesivos. La impaciencia tecnológica no surge únicamente de una supuesta pérdida de valores; se relaciona con la modificación concreta de las posibilidades comunicativas. Si podemos enviar un mensaje instantáneo, comenzamos a considerar razonable esperar una respuesta instantánea.
El celular transforma, por tanto, no solo el espacio sino también el tiempo. La distancia deja de ser una barrera tan rígida para la comunicación, mientras que la espera se convierte en un intervalo cada vez más difícil de aceptar. La comunicación instantánea crea una expectativa de simultaneidad. Queremos saber ahora, responder ahora, confirmar ahora. La vida cotidiana adquiere una velocidad comunicativa que modifica los ritmos de las relaciones. Sin embargo, la tecnología no consigue eliminar completamente la temporalidad humana. Las personas siguen necesitando tiempo para pensar, decidir, descansar, desconectarse o simplemente no responder. Allí aparece una tensión entre la velocidad técnica y los ritmos sociales.
Winocur también permite comprender que estas prácticas no pueden separarse de las condiciones sociales en las que se desarrollan. La tecnología no se incorpora de la misma manera en todos los grupos sociales. Las posibilidades de acceso, los recursos económicos, los hábitos culturales, las edades y las relaciones familiares influyen en las formas de uso. Por eso resulta insuficiente hablar de «la sociedad» como si todos los individuos vivieran la revolución tecnológica de la misma manera. El celular puede ser una herramienta de seguridad para algunos, un instrumento laboral para otros, un mecanismo de control familiar, una forma de pertenencia o una necesidad económica. Su significado depende de la posición social y de las prácticas concretas en las que se integra.
Esta dimensión resulta especialmente significativa en América Latina, donde la experiencia de las tecnologías digitales se encuentra atravesada por desigualdades históricas. La expansión de los teléfonos móviles no elimina las diferencias sociales; puede incluso reproducirlas bajo nuevas formas. Tener un teléfono no significa disponer de las mismas posibilidades de conectividad, de la misma calidad de acceso, del mismo tiempo libre ni de los mismos recursos culturales para utilizarlo. La tecnología puede democratizar determinadas capacidades de comunicación, pero esa democratización nunca es absoluta. Las diferencias sociales se trasladan al entorno digital.
El interés de Winocur por las prácticas cotidianas permite además escapar de una visión excesivamente centrada en los dispositivos. Lo importante no es solamente qué puede hacer técnicamente un teléfono, sino qué hacen las personas con él. Esta diferencia es fundamental. Una misma herramienta puede utilizarse para estudiar, trabajar, cuidar a alguien, vigilar, conversar, distraerse, organizar una actividad colectiva o mantener una relación afectiva a distancia. La tecnología no posee un único significado social. Se convierte en aquello que las prácticas de los usuarios permiten que sea.
La conexión tiene además una dimensión identitaria. Estar conectado significa, en muchos casos, estar disponible para una determinada comunidad. Las redes familiares, laborales, amistosas y afectivas se sostienen mediante intercambios constantes que producen una sensación de pertenencia. El mensaje recibido no siempre contiene información importante; su función puede ser simplemente confirmar que seguimos formando parte de una red. El intercambio cotidiano, incluso cuando parece trivial, mantiene vivos los vínculos. Una fotografía, un comentario, un saludo o una pregunta breve pueden funcionar como pequeños actos de reconocimiento.
Esto explica por qué la desconexión puede resultar inquietante. No se trata únicamente de perder acceso a información. Puede sentirse como una interrupción de la pertenencia. Quedar sin teléfono, perder señal o no tener batería significa, en determinadas circunstancias, quedar temporalmente fuera de la red. El problema no es solamente técnico. Puede ser social y emocional. El individuo contemporáneo está cada vez más acostumbrado a existir simultáneamente en espacios físicos y comunicacionales. Desaparecer de uno de esos espacios puede generar una sensación de aislamiento que no siempre coincide con el aislamiento físico.
La metáfora de Robinson Crusoe adquiere aquí toda su fuerza. El personaje de Daniel Defoe representa tradicionalmente la figura del individuo que sobrevive mediante su ingenio, su capacidad de adaptación y su autonomía frente a la ausencia de sociedad. Pero el Robinson contemporáneo ya no puede ser pensado de esa manera. Incluso cuando se encuentra físicamente aislado, la tecnología mantiene abierta la posibilidad de contacto. El teléfono convierte la isla en una situación potencialmente reversible. El náufrago ya no está completamente separado del mundo: está esperando cobertura.
La ironía es todavía mayor porque la tecnología que permite escapar simbólicamente del aislamiento puede producir una nueva dependencia. Robinson ya no necesita únicamente herramientas para construir refugios y conseguir alimentos; necesita batería, señal, infraestructura y redes. Su autonomía depende de una compleja estructura tecnológica que permanece invisible mientras funciona. Esta observación permite cuestionar una de las grandes fantasías contemporáneas: la idea de que la tecnología nos hace completamente independientes. En realidad, muchas veces sucede lo contrario. Dependemos de sistemas cada vez más sofisticados precisamente para mantener la sensación de autonomía.
El celular, entonces, es un objeto aparentemente pequeño que concentra una enorme cantidad de relaciones sociales. Para que un mensaje llegue, existen redes, servidores, empresas, antenas, cables, satélites, protocolos y trabajadores. El usuario suele experimentar solamente la inmediatez de la comunicación. La infraestructura que la hace posible permanece oculta. Esta invisibilidad es característica de muchas tecnologías contemporáneas: cuanto mejor funcionan, menos pensamos en las condiciones materiales que las sostienen.
La cuestión de la privacidad aparece inevitablemente en este escenario. Si la conexión permite reducir incertidumbres, también produce grandes cantidades de información sobre nuestras actividades. Localización, contactos, horarios, mensajes, fotografías, búsquedas y hábitos pueden convertirse en datos. La tecnología cotidiana que utilizamos para comunicarnos puede funcionar simultáneamente como mecanismo de registro. El usuario experimenta el teléfono como una herramienta personal, pero el dispositivo se encuentra integrado en sistemas económicos y tecnológicos mucho más amplios. La sensación de intimidad convive con una infraestructura de vigilancia potencial.
Esta contradicción se ha intensificado enormemente con el desarrollo posterior de las plataformas digitales. El teléfono dejó de ser únicamente un instrumento de llamadas y mensajes para convertirse en una puerta de acceso a redes sociales, aplicaciones, bancos, servicios, entretenimiento, trabajo y sistemas de identificación. En ese contexto, las intuiciones de Winocur adquieren una actualidad todavía mayor. La conexión ya no constituye una actividad particular dentro de la vida cotidiana; tiende a convertirse en una condición permanente de participación social. Estar desconectado puede significar perder temporalmente acceso a múltiples dimensiones de la vida.
El desarrollo de los teléfonos inteligentes también profundiza la relación entre conexión e incertidumbre. Antes podía bastar con realizar una llamada para confirmar algo. Ahora podemos buscar información inmediatamente, consultar mapas, comprobar horarios, verificar noticias, revisar mensajes, observar opiniones de otras personas y obtener respuestas prácticamente instantáneas. El dispositivo se convierte en una máquina cotidiana de reducción de incertidumbre. Pero, nuevamente, la paradoja aparece: cuantas más posibilidades tenemos de verificar información, más difícil puede resultar aceptar aquello que no podemos verificar.
La cultura digital contemporánea ha convertido la comprobación permanente en un hábito. Queremos saber dónde está alguien, qué ocurrió, qué dijo, cuándo llegará, qué significa algo, qué opinan los demás y qué sucederá después. El acceso constante a información no elimina necesariamente la ansiedad; puede alimentarla. La incertidumbre no desaparece cuando disponemos de más datos. Puede multiplicarse porque cada dato genera nuevas preguntas. La tecnología ofrece respuestas, pero también abre infinitas posibilidades de consulta.
Esta dinámica ayuda a comprender por qué la conexión puede convertirse en una necesidad emocional. El problema no consiste simplemente en que las personas «usen demasiado el celular», una explicación que resulta tan fácil como insuficiente. El dispositivo cumple funciones concretas en la organización de la vida social. Permite coordinar, cuidar, trabajar, pertenecer, preguntar, confirmar y tranquilizarse. Criticar el uso excesivo sin comprender esas funciones conduce a una moralización superficial. Para entender la dependencia tecnológica hay que comprender primero qué necesidades sociales satisface.
En este aspecto, la propuesta de Winocur resulta especialmente valiosa porque desplaza la discusión desde la tecnología hacia las relaciones sociales. No se trata de preguntarnos simplemente cuánto tiempo pasa una persona mirando una pantalla, sino qué busca cuando lo hace, con quién está comunicándose, qué incertidumbre intenta reducir, qué vínculo intenta mantener y qué tipo de seguridad está construyendo. Dos personas pueden pasar exactamente el mismo tiempo utilizando un celular y estar realizando actividades socialmente completamente diferentes. La cantidad de uso no explica por sí misma su significado.
También resulta importante la relación entre conexión y cuidado. La posibilidad de mantenerse en contacto puede fortalecer redes de apoyo que antes eran mucho más difíciles de sostener. Familias separadas geográficamente pueden mantener una comunicación cotidiana; personas mayores pueden permanecer vinculadas con sus familiares; amigos que viven en diferentes ciudades pueden conservar una relación cercana; alguien que atraviesa una situación problemática puede pedir ayuda inmediatamente. El celular puede convertirse, por tanto, en una infraestructura afectiva. La tecnología no reemplaza necesariamente la relación presencial; en muchos casos permite sostenerla a distancia.
Pero tampoco conviene idealizar esa conexión. La comunicación permanente puede producir una ilusión de cercanía que no siempre equivale a una relación profunda. Es posible estar conectado con muchas personas y sentirse solo. También es posible comunicarse constantemente y evitar conversaciones verdaderamente importantes. La abundancia de contacto no garantiza la calidad del vínculo. El celular puede fortalecer relaciones, pero también puede convertirse en un mecanismo para administrar superficialmente la distancia. En este punto, la obra invita a pensar la diferencia entre conectividad y sociabilidad.
Esta distinción es fundamental para comprender nuestra época. La conectividad es una capacidad técnica; la sociabilidad es una práctica humana. Tener acceso permanente a otros no significa necesariamente saber relacionarse con ellos. La tecnología puede facilitar encuentros, pero no puede resolver por sí misma conflictos afectivos, desigualdades sociales, problemas de confianza o dificultades de comunicación. El dispositivo amplía las posibilidades, pero no determina el resultado. Una sociedad conectada puede continuar siendo profundamente desigual, conflictiva y solitaria.
El libro también permite observar cómo las tecnologías modifican las fronteras entre lo público y lo privado. El teléfono acompaña al individuo prácticamente a todas partes. Las conversaciones privadas pueden ocurrir en espacios públicos; las actividades laborales pueden ingresar en el hogar; los asuntos familiares pueden interferir durante el trabajo; los mensajes pueden interrumpir una conversación presencial. La antigua separación entre ámbitos de la vida se vuelve más porosa. La conexión permanente hace posible que diferentes mundos sociales estén simultáneamente presentes.
Esta porosidad tiene consecuencias sobre la experiencia del descanso. Si siempre podemos ser contactados, el descanso deja de estar protegido automáticamente por la distancia. La persona debe establecer activamente límites. Apagar el teléfono, silenciar notificaciones o no responder se convierte en una decisión consciente. En otras palabras, la desconexión deja de ser una consecuencia natural de la distancia y comienza a ser una práctica voluntaria. Esto constituye una transformación cultural importante: ya no basta con estar lejos para estar fuera de contacto.
La misma situación se observa en el trabajo. La posibilidad de responder mensajes desde cualquier lugar puede ofrecer flexibilidad, pero también prolongar la jornada laboral indefinidamente. La tecnología permite trabajar desde casa, pero también permite que el trabajo ingrese en cualquier momento al espacio doméstico. La promesa de autonomía puede transformarse en disponibilidad permanente. El individuo gana movilidad mientras pierde, potencialmente, la posibilidad de establecer límites claros entre tiempo laboral y tiempo personal.
Desde una perspectiva crítica, esta dimensión resulta particularmente importante porque permite cuestionar la idea de que toda conectividad representa progreso. La tecnología puede ser utilizada para ampliar capacidades, pero también para intensificar mecanismos de control. El problema no está en el dispositivo como objeto aislado, sino en las relaciones sociales dentro de las cuales se utiliza. Un teléfono puede facilitar la comunicación entre trabajadores y, al mismo tiempo, convertirse en instrumento para exigir respuestas fuera del horario laboral. Puede aumentar la autonomía de una persona y simultáneamente hacerla más disponible para las demandas de otros.
La obra de Winocur conserva por eso una actualidad notable. Aunque el desarrollo tecnológico haya avanzado considerablemente, la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿qué hacemos con la necesidad de estar conectados? La tecnología cambia, las plataformas cambian y los dispositivos cambian, pero persiste la búsqueda de seguridad, pertenencia y control frente a la incertidumbre. El teléfono móvil no inventó esas necesidades. Lo que hizo fue proporcionarles una infraestructura inédita.
«Robinson Crusoe Ya Tiene Celular» resulta valioso precisamente porque no convierte al teléfono en el protagonista absoluto. El verdadero protagonista es el individuo contemporáneo enfrentado a un mundo en el que la incertidumbre continúa existiendo pese a la enorme expansión de los medios para administrarla. La conexión aparece como una estrategia cotidiana para construir certezas parciales: saber dónde está alguien, confirmar que está bien, recibir una respuesta, mantener un vínculo, resolver una duda, coordinar una actividad. Son pequeños mecanismos mediante los cuales intentamos hacer habitable un mundo que nunca puede ser completamente controlado.
Y allí reside la paradoja más profunda del libro. La tecnología ofrece la posibilidad de estar siempre conectados, pero no puede garantizar que aquello que realmente nos preocupa quede bajo control. Podemos localizar a alguien y seguir preocupados por él. Podemos enviar diez mensajes y continuar sin recibir la respuesta que necesitamos. Podemos consultar toda la información disponible y seguir sin saber qué sucederá mañana. Podemos estar rodeados de contactos y experimentar soledad. La conexión reduce determinados márgenes de incertidumbre, pero nunca consigue eliminar la condición fundamental que los produce: nuestra incapacidad para controlar completamente la vida.
La gran aportación de Winocur consiste, entonces, en mostrar que las tecnologías de comunicación deben comprenderse como parte de las estrategias mediante las cuales los seres humanos enfrentan esa condición. El celular es mucho más que un aparato para hablar a distancia. Es un instrumento de coordinación, una extensión de la memoria, una herramienta de cuidado, una forma de presencia, un mecanismo de vigilancia, un recurso laboral, un objeto afectivo y, sobre todo, una manera de negociar cotidianamente con aquello que no podemos prever. Su importancia no deriva solamente de sus funciones técnicas, sino del lugar que ocupa en la arquitectura emocional y social de la vida contemporánea.
La metáfora de Robinson Crusoe termina adquiriendo así un significado que va mucho más allá de la ocurrencia humorística del título. El individuo contemporáneo sigue necesitando autonomía, pero ya no imagina fácilmente esa autonomía sin conexión. Quiere ser independiente y, al mismo tiempo, quiere poder localizar y ser localizado. Quiere privacidad, pero también seguridad. Quiere libertad, pero no necesariamente quiere quedar incomunicado. Quiere distancia, pero teme las consecuencias de desaparecer de la red. El celular reúne todas esas contradicciones en un pequeño objeto que llevamos con nosotros prácticamente todo el tiempo.
Por eso la obra invita a mirar con mayor detenimiento un fenómeno que suele discutirse mediante posiciones demasiado simples. No se trata de estar a favor o en contra del celular, de la conexión o de las tecnologías digitales. Se trata de comprender qué necesidades humanas están siendo reorganizadas a través de ellas. La tecnología no elimina la incertidumbre: la administra, la desplaza, la hace visible y en ocasiones incluso la multiplica. Tampoco elimina la necesidad de los otros: la reorganiza mediante nuevas formas de presencia y disponibilidad. Y mucho menos elimina el deseo de autonomía: lo redefine dentro de redes de conexión cada vez más densas.
En una época en la que el teléfono inteligente se ha convertido prácticamente en una extensión permanente de la vida social, las preguntas planteadas por Winocur resultan todavía más pertinentes. La cuestión no es solamente qué hacemos con nuestros dispositivos, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo alrededor de la necesidad de estar siempre conectados. Cuánto de esa conexión responde a necesidades reales y cuánto surge de expectativas sociales que nosotros mismos hemos naturalizado. Cuánto de ella produce cuidado y cuánto produce vigilancia. Cuánto aumenta nuestra autonomía y cuánto incrementa nuestra disponibilidad. Cuánto reduce la incertidumbre y cuánto nos acostumbra a exigir que toda incertidumbre sea inmediatamente eliminada.
«Robinson Crusoe Ya Tiene Celular» ofrece, en ese sentido, una mirada especialmente lúcida sobre la dimensión cotidiana de la revolución tecnológica. Su interés no está en celebrar la novedad de los dispositivos ni en anunciar el apocalipsis provocado por las pantallas, sino en comprender las relaciones sociales que hacen que esas tecnologías resulten tan importantes para nosotros. La conexión se revela como una práctica mediante la cual buscamos seguridad, pertenencia y control en un mundo que continúa siendo, pese a todos nuestros dispositivos, inevitablemente incierto. Robinson puede tener celular, señal, aplicaciones y comunicación instantánea; lo que no puede tener es la garantía absoluta de saber qué ocurrirá después. Y quizá esa sea la ironía definitiva de nuestra época: disponemos de medios extraordinarios para estar conectados con casi todo, pero seguimos siendo humanos frente a aquello que ninguna tecnología puede terminar de controlar.

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(Contraseña: ganz1912)

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Por ganz 1912

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