DAVID MALET ARMSTRONG – Los Universales y el Realismo Científico

«Los Universales y el Realismo Científico» de David Malet Armstrong constituye una de las obras más influyentes del pensamiento metafísico del siglo XX, especialmente en la filosofía analítica anglosajona. En este libro, Armstrong aborda una cuestión clásica de la ontología —el problema de los universales— desde una perspectiva realista que intenta conciliar la tradición filosófica aristotélica con los avances de la ciencia moderna. Su propuesta busca reconstruir una metafísica compatible con el realismo científico, esto es, una concepción del mundo que reconozca la existencia objetiva de las entidades que la ciencia postula, sin reducirse al nominalismo ni caer en especulaciones idealistas.
El punto de partida de Armstrong es el reconocimiento de que la realidad no puede ser comprendida solo como un agregado de particulares aislados, sino como un entramado estructural en el que las propiedades y relaciones son tan reales como los objetos que las instancian. Contra el nominalismo —que sostiene que solo existen individuos concretos y que los universales son meros nombres o construcciones lingüísticas—, Armstrong afirma que los universales existen realmente en el mundo, aunque no como entidades separadas de las cosas, sino como componentes de ellas. Este realismo de tipo aristotélico se opone frontalmente al platonismo, que ubica los universales en un reino trascendente de ideas, pero también rechaza el convencionalismo lingüístico o conceptual que niega toda realidad independiente de la mente.
Para Armstrong, decir que los universales existen significa que hay algo en el mundo que explica por qué los objetos son similares o comparten propiedades. Dos bolas rojas son semejantes no porque las llamemos “rojas”, sino porque participan de un mismo universal: la rojez. Esta afirmación, sin embargo, no implica postular una entidad metafísica separada, sino reconocer que los universales son rasgos del mundo que se repiten en múltiples instancias. El universal, entonces, no es una palabra ni una idea, sino un aspecto del ser mismo. Esta postura lo lleva a sostener que la ontología debe ser parsimoniosa —no debe multiplicar entidades más allá de lo necesario—, pero también realista, en el sentido de aceptar que la ciencia describe aspectos reales del mundo y no meras ficciones teóricas.
Una parte esencial del argumento de Armstrong consiste en mostrar que su teoría de los universales no solo tiene sentido filosófico, sino que resulta necesaria para entender cómo funciona la ciencia. Las leyes científicas, afirma, no pueden ser simples regularidades empíricas observadas; deben tener una base ontológica. Las regularidades en la naturaleza existen porque hay universales que se relacionan de un modo estructural, y las leyes expresan precisamente esas conexiones necesarias entre universales. Así, la ley que afirma que “todos los metales se expanden con el calor” no describe una mera coincidencia empírica, sino una relación real entre los universales “metal” y “expansión térmica”. De este modo, Armstrong intenta devolver a la noción de ley científica un fundamento metafísico, resistiendo las interpretaciones empiristas que reducen la ciencia a un registro estadístico de hechos observables.
En este sentido, “Los Universales y el Realismo Científico” no es un texto aislado, sino parte de un proyecto filosófico más amplio que Armstrong desarrolló a lo largo de su carrera. El autor propone una metafísica naturalista, una ontología que se construya a partir de la ciencia pero que también la sustente. La ciencia, según él, requiere de una metafísica realista que reconozca la existencia de propiedades, relaciones y estructuras objetivas, sin las cuales el conocimiento empírico carecería de coherencia. En otras palabras, Armstrong pretende que la filosofía proporcione el andamiaje ontológico del edificio científico, de modo que la explicación del mundo no quede reducida a un mero inventario de observaciones.
Una de las discusiones centrales del libro gira en torno a la relación entre los universales y los particulares. Armstrong defiende la tesis de que los particulares son combinaciones o instanciaciones de universales, y que la realidad está compuesta por tales combinaciones. Esta concepción, conocida como teoría de los estados de cosas (states of affairs), sostiene que todo lo que existe es un hecho compuesto por un particular que instancia un universal. Así, la estructura básica del mundo no está formada por objetos aislados, sino por hechos que vinculan entidades y propiedades. Esta noción de “estado de cosas” es uno de los aportes más duraderos de Armstrong, pues permite unificar la ontología y la epistemología: el conocimiento científico no describe meros objetos, sino la red estructural de hechos que conforman la realidad.
El autor también se ocupa de la cuestión del espacio y el tiempo, en tanto dimensiones en las que los universales se instancian. A diferencia de las concepciones relacionales extremas, Armstrong defiende que el espacio y el tiempo son reales y estructuran la manera en que los universales se manifiestan en los particulares. Esto implica que la repetición de una propiedad o una relación puede darse en distintos lugares y momentos, y que el reconocimiento de tal repetición es lo que permite a la mente humana formular conceptos generales. Sin embargo, la universalidad no depende de la mente: el pensamiento capta universales porque éstos ya existen en el mundo.
En el plano epistemológico, Armstrong sostiene que la percepción y la ciencia tienen acceso indirecto a los universales a través de sus instancias particulares. No percibimos “la rojez” en abstracto, pero sí objetos rojos; y al reconocer la semejanza entre ellos, inferimos la existencia de un universal. Este proceso cognitivo, lejos de invalidar el realismo, lo confirma, pues la mente no inventa la semejanza, sino que la descubre. En este punto, Armstrong se distancia tanto del idealismo como del fenomenalismo, reivindicando un realismo moderado que reconoce el papel de la mente en la conceptualización sin atribuirle la creación de las estructuras ontológicas.
Un aspecto notable del pensamiento de Armstrong es su insistencia en la conexión entre metafísica y ciencia. Para él, el realismo científico exige una metafísica robusta, capaz de dar cuenta de los fundamentos del conocimiento empírico. La ontología debe ser compatible con la física, la biología y la psicología, pero no puede ser reducida a ellas. Su objetivo es formular una teoría del ser que sea coherente con los descubrimientos científicos sin convertirse en mera filosofía de la ciencia. En ese marco, “Los Universales y el Realismo Científico” constituye una defensa del realismo ontológico en una época dominada por el positivismo lógico y el instrumentalismo, corrientes que negaban la existencia independiente de las entidades teóricas.
La propuesta de Armstrong también tiene consecuencias en otros ámbitos filosóficos, como la teoría del conocimiento, la filosofía del lenguaje y la ética. Si los universales son reales, entonces los conceptos, las leyes y las proposiciones pueden tener un referente objetivo. Esto significa que la verdad no depende de convenciones ni de consensos, sino de la correspondencia entre pensamiento y realidad. La noción de verdad como correspondencia, que Armstrong defiende, se fortalece al asumir que los universales y las relaciones existen realmente. Asimismo, su postura ontológica permite repensar el problema de los valores y las propiedades morales, ya que, si existen universales naturales, no es absurdo suponer que también puedan existir universales normativos o disposicionales, aunque Armstrong se mantiene prudente en este terreno.
El estilo del libro combina una argumentación rigurosa con una notable claridad expositiva, lo que lo convierte en una obra accesible incluso para lectores no especializados en metafísica. Sin embargo, su densidad conceptual y su permanente diálogo con la tradición filosófica hacen que la lectura requiera atención sostenida. Armstrong discute con figuras como Platón, Aristóteles, Locke, Hume, Russell, Quine y Goodman, situando su propuesta en un amplio marco histórico y conceptual. Su objetivo no es revivir viejas disputas escolásticas, sino mostrar que los problemas metafísicos son fundamentales para la comprensión científica del mundo contemporáneo.
“Los Universales y el Realismo Científico” es una obra que reactualiza la pregunta por la estructura del mundo y por el estatuto ontológico de las propiedades, las relaciones y las leyes. En un contexto dominado por el empirismo y el constructivismo, Armstrong defiende con firmeza que la realidad posee una estructura objetiva y que la ciencia es su vía privilegiada de acceso. Su teoría de los universales, su concepción de los estados de cosas y su defensa del realismo metafísico representan un intento coherente y ambicioso de reconstruir la filosofía primera sobre bases compatibles con la racionalidad científica. El resultado es un libro que no solo reabre el debate sobre la naturaleza de lo real, sino que reivindica la posibilidad misma de una metafísica naturalista, capaz de pensar el mundo sin renunciar ni a la precisión conceptual ni a la evidencia empírica.

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Por ganz 1912

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