FURIO JESI – Literatura y Mito

“Literatura y Mito”, de Furio Jesi, es uno de esos libros en los que la crítica literaria deja rápidamente de ser una simple explicación de obras y autores para convertirse en una investigación mucho más ambiciosa sobre la manera en que los seres humanos producen, reciben, transforman y utilizan las imágenes míticas. Publicado originalmente en italiano en 1968 con el título “Letteratura e mito” y traducido al castellano pocos años después por Barral Editores, el volumen reúne una serie de ensayos en los que Jesi estudia, entre otros asuntos, a Novalis, Hoffmann, Rilke, Cesare Pavese, Ezra Pound y Apuleyo. La edición española de Barral, de 1972, tenía 263 páginas, mientras que la posterior edición italiana de Einaudi reorganizó el volumen en una colección de estudios que incluye textos como “Símbolo y silencio”, “Mito y lenguaje de la colectividad”, “Vanguardia y vínculo con la muerte”, los ensayos dedicados a Rilke y los dedicados a Pavese, además del análisis de Pound y de las “Metamorfosis” de Apuleyo. Pero reducir el libro a una recopilación de estudios sobre determinados escritores sería perder precisamente aquello que hace singular a Jesi. Su verdadero objeto es la relación problemática entre literatura y mito, y, más específicamente, la manera en que determinados materiales míticos sobreviven, reaparecen, se transforman y adquieren nuevas funciones dentro de la literatura moderna. Jesi no entiende el mito simplemente como una narración antigua protagonizada por dioses, héroes o criaturas extraordinarias que posteriormente los escritores utilizan como repertorio decorativo. El mito es para él una forma de experiencia, una estructura de percepción y una posibilidad de organización de la realidad que puede reaparecer en contextos históricos muy diferentes. De ahí que su investigación se mueva continuamente entre antropología, historia de las religiones, filología, teoría literaria, filosofía y análisis histórico. Esa mezcla disciplinaria no constituye un defecto accidental, sino uno de los rasgos esenciales de su método. Jesi había comenzado muy joven estudiando las culturas antiguas, especialmente Egipto y Grecia, y posteriormente se interesó por la supervivencia de las estructuras míticas en la cultura moderna, alejándose progresivamente de algunas de las posiciones de su maestro Károly Kerényi y desarrollando una concepción cada vez más crítica respecto de la posibilidad de acceder ingenuamente a un supuesto “mito auténtico”. En “Literatura y Mito” puede percibirse precisamente ese momento de transición intelectual: Jesi todavía se encuentra profundamente interesado por las experiencias míticas, los símbolos, los rituales y las supervivencias de la antigüedad, pero comienza a sospechar que hablar del mito como si fuera una realidad pura, eterna y situada fuera de la historia puede ser una operación ideológica. Esta sospecha resulta decisiva para comprender la riqueza del libro. Allí donde otros estudiosos podrían buscar detrás de una obra literaria la presencia de un arquetipo universal, Jesi pregunta qué sucede cuando ese supuesto arquetipo entra en una sociedad concreta, en una lengua determinada, en una historia específica y, sobre todo, en una obra escrita por un autor que mantiene una relación particular con ese material. El mito deja así de ser una sustancia inmóvil y se convierte en un problema histórico, estético y moral.
Una de las ideas fundamentales que recorre los ensayos es que la literatura no se limita a reproducir mitos heredados, sino que establece con ellos una relación activa, conflictiva y a menudo peligrosa. El escritor no recibe simplemente un conjunto de símbolos y los coloca dentro de un relato moderno; al apropiarse de materiales míticos transforma necesariamente su significado. Al mismo tiempo, esos materiales pueden transformar al escritor, porque el mito posee una capacidad de organización simbólica que puede condicionar la forma en que un autor imagina el tiempo, la muerte, la identidad, el destino o la comunidad. De allí procede la importancia que Jesi concede a la dimensión moral de la creación literaria. El problema no consiste solamente en determinar qué mito aparece en una obra, de dónde procede o con qué tradición puede relacionarse, sino en comprender qué relación establece el escritor con ese material y qué consecuencias tiene esa relación. La descripción editorial de la edición española señalaba precisamente que la unidad del libro residía en el análisis fenomenológico de una constante de la experiencia humana, la “epifanía espontánea del mito”, y en sus relaciones con la palabra hablada y escrita, subrayando además los problemas morales derivados de la relación entre mito y hombre y entre artista y precedentes míticos. Esta formulación resulta especialmente reveladora porque evita interpretar el mito como un simple repertorio de contenidos. Jesi está interesado en el momento en que algo se presenta como mítico, en la experiencia de una aparición simbólica que parece suspender las diferencias ordinarias entre pasado y presente, realidad e imaginación, individuo y colectividad. Pero al mismo tiempo desconfía de aceptar esa experiencia como una revelación inmediata de una verdad trascendente. El mito puede aparecer como algo espontáneo y poderoso, pero la interpretación de esa aparición ya pertenece a una situación histórica concreta. Allí se encuentra una de las tensiones más productivas del libro: el mito parece escapar a la historia precisamente porque pretende presentarse como algo primordial, pero las formas mediante las cuales lo reconocemos, lo transmitimos, lo escribimos y lo utilizamos están históricamente determinadas. Jesi se mueve constantemente dentro de esa contradicción, y de ella obtiene buena parte de la originalidad de su lectura.
El ensayo sobre el símbolo y el silencio permite apreciar particularmente bien esta preocupación. Para Jesi, el símbolo no puede reducirse a una especie de código cuya traducción correcta permitiría recuperar un significado escondido y definitivo. El símbolo posee una relación problemática con el lenguaje: dice algo, pero también puede señalar aquello que no puede decirse completamente. De ahí la importancia del silencio, que no constituye simplemente una ausencia de palabras sino un límite interno del lenguaje cuando éste se enfrenta con determinadas experiencias. La literatura resulta especialmente importante porque trabaja precisamente en esa frontera: utiliza palabras para producir experiencias que no se agotan en las palabras utilizadas. Una imagen poética, un relato mítico o una escena ritual pueden producir una sensación de reconocimiento que parece anterior a cualquier explicación conceptual. Sin embargo, Jesi no convierte esa experiencia en una prueba de acceso privilegiado a una realidad sobrenatural. Su interés consiste más bien en estudiar cómo se construye esa experiencia y qué función cumple dentro de una obra. Esta perspectiva permite comprender por qué su crítica literaria se distancia tanto de la interpretación puramente alegórica. No se trata de traducir el mito a conceptos y dar por concluida la operación, sino de observar qué sucede cuando una determinada forma simbólica organiza la percepción del lector y del escritor. En este sentido, el mito es simultáneamente contenido y procedimiento, imagen y estructura, memoria cultural y posibilidad de experiencia. La literatura puede conservar materiales míticos incluso cuando una sociedad ya no cree literalmente en las divinidades, los rituales o las cosmologías que les dieron origen. Pero esa supervivencia no significa que el mito permanezca intacto: cambia de función, cambia de contexto y puede incluso convertirse en un instrumento para expresar una experiencia completamente moderna. Jesi es particularmente sensible a esa transformación. El mito moderno no es necesariamente un relato antiguo disfrazado; puede consistir en la aparición de una estructura de percepción que reorganiza materiales contemporáneos.
Esta cuestión conduce directamente al problema del lenguaje colectivo. Jesi entiende que los mitos no pertenecen exclusivamente a la intimidad psicológica de los individuos. Son productos y formas de una cultura, y por eso su supervivencia está relacionada con las maneras en que una colectividad habla, recuerda, imagina y organiza sus experiencias. El mito tiene una dimensión social que impide reducirlo a una fantasía privada. Cuando reaparece en una obra literaria, lo hace cargado de una historia cultural que el escritor puede aceptar, transformar, criticar o incluso utilizar contra sí misma. Esta dimensión colectiva explica también el interés de Jesi por los procesos mediante los cuales determinados símbolos se vuelven capaces de movilizar comunidades enteras. El mito puede crear una sensación de continuidad entre pasado y presente, convertir acontecimientos históricos en escenas aparentemente eternas y proporcionar imágenes mediante las cuales una comunidad se reconoce. Pero precisamente por eso puede convertirse en una herramienta política. En trabajos posteriores, Jesi desarrollaría con mucha mayor claridad su crítica de la utilización política de los mitos, especialmente en relación con las culturas de derecha y con la construcción de identidades colectivas basadas en una supuesta continuidad originaria. En “Literatura y Mito” todavía no aparece desarrollada por completo la teoría de la “máquina mitológica” que ocuparía un lugar central en su obra posterior, pero ya pueden encontrarse las preocupaciones que conducirán hacia ella: la sospecha frente a la idea de un mito puro, la atención a sus mecanismos de transmisión y la necesidad de analizar las condiciones históricas que permiten que una imagen mítica adquiera autoridad. El mito puede parecer una ventana hacia un pasado remoto, cuando en realidad también puede ser una construcción del presente. Puede presentarse como algo recibido de los antepasados, cuando en realidad determinados actores contemporáneos lo están reorganizando para satisfacer necesidades actuales. La literatura, por su complejidad y su capacidad de condensar materiales heterogéneos, se convierte entonces en un laboratorio privilegiado para observar ese proceso.
Los estudios dedicados a Novalis y Hoffmann permiten a Jesi explorar la relación entre literatura moderna, romanticismo y mito. El romanticismo alemán resulta especialmente importante porque convirtió la imaginación, el símbolo, el sueño, la noche, la naturaleza y el pasado en espacios privilegiados para una experiencia que pretendía superar los límites de la racionalidad cotidiana. En estos autores, Jesi encuentra una relación particularmente intensa con los materiales míticos, pero no se limita a celebrar su capacidad poética. El problema es comprender qué ocurre cuando el escritor intenta establecer una relación privilegiada con aquello que considera originario. La literatura puede producir una experiencia de revelación, pero esa revelación puede contener también una dimensión de muerte, de renuncia al mundo histórico o de fascinación por una realidad supuestamente más auténtica. De ahí que el mito no sea para Jesi una categoría exclusivamente positiva. Puede abrir posibilidades de conocimiento y de creación, pero también puede convertirse en una forma de evasión de la historia. Esta ambivalencia es decisiva. Una lectura ingenuamente romántica del mito tiende a imaginarlo como recuperación de una unidad perdida; Jesi, en cambio, pregunta qué precio puede tener esa recuperación. Si el presente aparece como decadente y fragmentario mientras el pasado mítico aparece como totalidad, el deseo de regresar a esa totalidad puede adquirir consecuencias culturales y políticas. La nostalgia por un mundo originario no es necesariamente inocente. Puede alimentar una crítica legítima de la modernidad, pero también puede producir una idealización peligrosa de comunidades, jerarquías o identidades que nunca existieron exactamente como se las imagina. Jesi comienza a percibir aquí el problema que más tarde desarrollará en sus estudios sobre las mitologías políticas: la capacidad del mito para transformar una construcción histórica en una evidencia aparentemente natural.
Rainer Maria Rilke ocupa un lugar central en el libro porque permite estudiar de manera particularmente compleja la relación entre poesía, Egipto, ritual y experiencia mítica. Los ensayos dedicados a Rilke incluyen el análisis de la Décima Elegía de Duino y un estudio específico de su poética del ritual. Jesi no utiliza a Rilke simplemente como ejemplo de un poeta influido por símbolos antiguos, sino como un caso en el que la poesía intenta reconstruir una relación particular con lo sagrado, la muerte y la transformación. En Rilke, la experiencia poética parece estar relacionada con la posibilidad de convertir la muerte en una dimensión interna de la existencia, no como simple final biológico sino como transformación de la relación entre sujeto y mundo. Jesi observa cuidadosamente la dimensión ritual de esa poesía porque el ritual constituye una forma privilegiada de relación entre individuo, comunidad, tiempo y símbolo. El ritual no se limita a representar una creencia: organiza comportamientos, repeticiones, espacios y tiempos, y de ese modo produce una experiencia compartida. Cuando la literatura moderna incorpora procedimientos rituales, surge una cuestión decisiva: ¿puede la escritura reproducir una experiencia ritual una vez desaparecidas las condiciones colectivas que la hacían posible? ¿O produce inevitablemente una forma nueva, individualizada y estética de aquello que anteriormente tenía una dimensión comunitaria? La respuesta de Jesi nunca es simplista. La literatura puede conservar la memoria de estructuras rituales, pero al trasladarlas a la obra artística modifica su funcionamiento. El poeta moderno ya no es necesariamente un sacerdote ni pertenece a una comunidad ritual establecida. El poema se convierte entonces en el lugar donde se intenta reconstruir, mediante lenguaje y forma, una experiencia de totalidad que la modernidad ha fragmentado. Esta tentativa puede ser extraordinariamente fecunda desde el punto de vista estético, pero también está atravesada por una tensión moral: el artista puede terminar convirtiendo la experiencia colectiva en patrimonio privado, transformando el mito en una especie de capital simbólico personal.
La lectura que Jesi realiza de Cesare Pavese es todavía más reveladora porque en ella la relación entre mito, literatura y biografía adquiere una intensidad particular. Pavese había reflexionado explícitamente sobre el mito y había intentado comprender su función en la creación poética. Jesi no se limita a repetir sus categorías, sino que examina críticamente el modo en que Pavese pasó de determinadas concepciones del mito a formas cada vez más marcadas por la fiesta, el sacrificio, la muerte y la imposibilidad de alcanzar una plenitud estable. El índice del volumen incluye dos estudios específicos, “Cesare Pavese, el mito y la ciencia del mito” y “Cesare Pavese del mito de la fiesta al mito del sacrificio”, además de una selección de cartas de Pavese. En este conjunto aparece una de las cuestiones más inquietantes del libro: el mito puede funcionar como promesa de una experiencia plena que, precisamente por su carácter excepcional, resulta difícil de integrar en la vida cotidiana. La fiesta constituye una interrupción del tiempo ordinario; el sacrificio lleva esa interrupción hacia un extremo donde la vida misma queda implicada. Jesi analiza la trayectoria de Pavese desde esta perspectiva y encuentra una transformación en la relación entre el escritor y aquello que el mito promete. La literatura puede buscar una experiencia originaria, pero esa búsqueda puede terminar encerrando al escritor en una repetición de la ausencia: cuanto más intenta alcanzar el acontecimiento mítico, más evidente se vuelve su imposibilidad. Esta lectura de Pavese es uno de los puntos donde la crítica literaria de Jesi alcanza una dimensión casi antropológica. No se trata simplemente de interpretar determinados símbolos dentro de las novelas y poemas, sino de observar cómo una concepción del mito organiza la existencia intelectual de un escritor. El mito deja de ser un tema y se convierte en una estructura de deseo. El artista no solamente escribe sobre el mito: puede comenzar a vivir su propia relación con la literatura bajo el modelo de una búsqueda mítica.
El análisis de Ezra Pound introduce otra dimensión fundamental: la parodia. Jesi estudia la relación entre parodia y mito en la poesía de Pound, mostrando que la modernidad no necesariamente se relaciona con el mito mediante una aceptación solemne. Puede hacerlo también mediante la imitación, la deformación, el montaje, la cita y la ironía. La parodia demuestra que un material mítico puede sobrevivir incluso cuando su autoridad original ha sido cuestionada. Una sociedad moderna puede citar un mito sin creer literalmente en él y puede utilizarlo como forma estética precisamente porque conoce su carácter heredado. Esto permite a Jesi escapar de una oposición demasiado sencilla entre creer y no creer. El escritor moderno puede encontrarse profundamente implicado en el mito sin considerarlo una verdad religiosa. Puede utilizarlo como una estructura formal, como una memoria cultural o como un lenguaje de condensación. Pero también puede intentar utilizarlo políticamente, y ahí reaparece la cuestión de la responsabilidad. La literatura moderna está llena de apropiaciones del pasado, y la mera sofisticación estética no garantiza que esas apropiaciones sean inocentes. El mito puede ser utilizado para construir una crítica de la modernidad, pero también para legitimar una visión idealizada del pasado. Jesi está particularmente atento a ese doble movimiento. Su interés por Pound no consiste solamente en mostrar su erudición o su capacidad para incorporar tradiciones antiguas, sino en examinar qué ocurre cuando el poeta transforma el mito en materia de experimentación literaria y cultural. El resultado puede ser una obra extraordinariamente compleja, pero también un territorio donde estética, tradición e ideología comienzan a tocarse. La literatura, por tanto, no queda fuera de la historia de las ideas: sus imágenes pueden participar en conflictos culturales mucho más amplios.
El último gran estudio del volumen, dedicado a la experiencia religiosa de Apuleyo en las “Metamorfosis”, funciona casi como una síntesis de muchas de las cuestiones anteriores. Apuleyo permite a Jesi regresar al mundo antiguo, pero no para buscar allí un modelo puro de experiencia mítica que la modernidad debería recuperar. El análisis de las “Metamorfosis” muestra cómo literatura, iniciación, religión, transformación y narración pueden encontrarse dentro de una misma obra. El episodio de Isis y la transformación de Lucio permiten estudiar la relación entre experiencia individual y estructura ritual, entre relato literario y experiencia religiosa. Jesi se interesa por la manera en que la narración construye la posibilidad de una transformación del sujeto y por la relación entre esa transformación y los códigos religiosos de su tiempo. La literatura aparece nuevamente como un espacio intermedio: conserva elementos de una experiencia religiosa, pero los organiza dentro de una forma narrativa. El resultado no es simplemente religión trasladada a la literatura, sino una nueva configuración en la que el lector puede experimentar indirectamente estructuras que originalmente pertenecían a otros ámbitos culturales. Esta perspectiva resulta especialmente útil para comprender la tesis general de Jesi: el mito no desaparece cuando desaparecen las condiciones históricas que lo originaron. Se transforma, se desplaza, cambia de lenguaje y adquiere nuevas funciones. Puede pasar del ritual a la poesía, del culto al relato, de la religión a la literatura, de la comunidad al individuo. Pero cada desplazamiento modifica aquello que se conserva. No existe una supervivencia absolutamente intacta.
Precisamente por eso Jesi resulta tan interesante como crítico de las teorías tradicionales del mito. En sus primeras investigaciones había estado muy influido por la tradición de la historia de las religiones y por la obra de Kerényi, pero progresivamente fue desarrollando una posición más crítica respecto de la búsqueda de un “mito genuino”. Su trayectoria intelectual puede entenderse como un desplazamiento desde la búsqueda de estructuras míticas hacia el análisis de los mecanismos mediante los cuales esas estructuras son producidas, transmitidas y utilizadas. La posterior teoría de la “máquina mitológica” llevaría este movimiento mucho más lejos: en lugar de preguntar simplemente qué es el mito, Jesi preguntaría qué dispositivos culturales permiten producir la impresión de que existe un fondo mítico originario al cual podemos acceder. Estudios posteriores sobre su obra destacan justamente el paso desde la antropología del mito hacia una crítica de la metafísica del mito y hacia el análisis de sus usos sociales y políticos. En “Literatura y Mito” esa transformación todavía está en desarrollo, y por eso el libro resulta particularmente valioso para observar el pensamiento de Jesi en movimiento. No es un sistema cerrado. Es una investigación que avanza a través de ejemplos, comparaciones, intuiciones y problemas. Su escritura puede resultar exigente porque no ofrece siempre la comodidad de una definición estable y luego una serie de aplicaciones. Jesi prefiere aproximarse al fenómeno desde diferentes ángulos, dejando que las obras literarias obliguen a modificar las categorías iniciales. La crítica no funciona como una plantilla aplicada a los autores, sino como una investigación que se deja transformar por aquello que analiza.
Esta característica explica también por qué la lectura de Jesi exige cierta resistencia frente a la tentación de buscar definiciones rápidas. El mito, en su obra, no equivale simplemente a una narración tradicional, a un arquetipo, a un símbolo o a una historia sagrada. Puede involucrar todos esos elementos, pero no se reduce a ninguno. Es una forma de experiencia y de organización simbólica cuya presencia puede reconocerse en distintas configuraciones históricas. La literatura, por su parte, no es simplemente el lugar donde esos materiales sobreviven. Es una práctica capaz de reorganizarlos y, por lo tanto, de revelar su funcionamiento. Esta concepción explica la variedad de autores reunidos en el volumen: Novalis, Hoffmann, Rilke, Pavese, Pound y Apuleyo pertenecen a contextos históricos y estéticos muy diferentes, pero todos permiten observar distintas maneras de relacionarse con materiales míticos. La selección no busca construir una historia lineal del mito literario, sino ofrecer casos ejemplares. El volumen funciona así como un conjunto de experimentos interpretativos. Cada escritor permite poner a prueba una determinada relación entre mito y literatura: el romanticismo y la experiencia de lo originario, el símbolo y el silencio, el ritual y la poesía, la fiesta y el sacrificio, la parodia y la tradición, la iniciación y la narración. La coherencia del libro no depende de que todos los autores digan lo mismo, sino de que todos permiten formular la misma pregunta desde lugares diferentes: ¿qué ocurre cuando una forma de experiencia que pretende sustraerse al tiempo histórico entra en una obra que inevitablemente pertenece a un momento histórico determinado?
Esta pregunta posee además una dimensión política que resulta difícil ignorar en la obra de Jesi. El mito puede producir una sensación de continuidad con un pasado imaginado y, por eso mismo, puede utilizarse para naturalizar identidades colectivas. Una nación puede presentarse como una comunidad eterna; una tradición puede ser imaginada como una esencia que atraviesa intacta los siglos; una jerarquía social puede justificarse apelando a un supuesto orden originario. En todos esos casos, el mito realiza una operación de deshistorización: transforma aquello que ha sido producido por circunstancias concretas en algo que parece anterior a toda historia. Esta preocupación se volvería central en los estudios posteriores de Jesi sobre la cultura de derechas, donde analizaría la utilización política de las mitologías y la construcción de imaginarios reaccionarios. La bibliografía contemporánea sobre Jesi destaca justamente su interés por la relación entre mito, antropología, función social, tecnificación y uso político, así como su análisis posterior de las mitologías de derecha y de la dimensión antisemita de determinados discursos mitológicos. En “Literatura y Mito”, sin embargo, esta dimensión aparece todavía principalmente como un problema estético y moral. El escritor trabaja con materiales que poseen una historia colectiva y debe decidir qué hacer con ellos. La literatura no es políticamente inocente simplemente porque se ocupe de símbolos antiguos o de experiencias aparentemente alejadas de la actualidad. Una imagen del pasado puede intervenir directamente en la construcción del presente. Y una obra que busca una totalidad mítica puede terminar rechazando implícitamente la complejidad histórica, la contradicción y el conflicto. Jesi no convierte esto en una condena general de la literatura mítica; su interés consiste en comprender las condiciones bajo las cuales la utilización del mito se convierte en una experiencia creadora o, por el contrario, en una forma de evasión y mistificación.
En este sentido, “Literatura y Mito” también puede leerse como una crítica de la nostalgia cultural. La modernidad produce fragmentación, secularización, aceleración y pérdida de determinadas formas comunitarias; frente a ello, el mito puede aparecer como promesa de una unidad perdida. Pero Jesi sospecha de esa promesa porque la imagen del pasado mítico suele construirse desde las necesidades del presente. El pasado que se desea recuperar nunca es simplemente el pasado histórico: es una imagen seleccionada, estilizada y reorganizada. La literatura puede hacer visible esta operación o puede contribuir a ocultarla. De allí la importancia que Jesi concede a la parodia, al silencio, al lenguaje y a la conciencia histórica. Allí donde el mito pretende presentarse como una verdad inmediata, la literatura puede introducir distancia. Puede mostrar que toda representación es una construcción, que toda tradición tiene mediaciones y que todo retorno al pasado está condicionado por las necesidades del presente. Esta dimensión crítica hace que Jesi sea particularmente interesante para pensar la cultura contemporánea. En una época saturada de imágenes históricas, símbolos identitarios, relatos de origen, comunidades imaginadas y discursos que prometen recuperar una supuesta autenticidad perdida, el problema que Jesi estudia no ha desaparecido. Simplemente ha cambiado de soportes. Las redes sociales, la publicidad, el cine, la televisión y la comunicación política producen constantemente imágenes condensadas capaces de transformar procesos históricos complejos en relatos simples y emocionalmente poderosos. El mito ya no necesita presentarse bajo la forma de una antigua divinidad o una leyenda heroica. Puede aparecer como una imagen nacional, una edad dorada, un pueblo auténtico, una comunidad perdida o una supuesta naturaleza humana que habría sido corrompida por la modernidad.
La importancia de Jesi radica precisamente en que no permite tratar estas imágenes como meras falsedades que bastaría con corregir mediante información. El mito posee eficacia porque organiza experiencias, emociones y percepciones colectivas. Una persona puede conocer perfectamente la falsedad histórica de determinada leyenda y, sin embargo, continuar sintiendo que esa leyenda expresa algo esencial sobre su comunidad. Por eso la crítica del mito exige comprender su funcionamiento, no solamente denunciar su contenido. La literatura constituye un terreno privilegiado para ese análisis porque muestra cómo una imagen adquiere densidad, cómo un símbolo se conecta con otros símbolos y cómo una determinada representación puede modificar la relación del individuo con el tiempo, la muerte, la comunidad o la identidad. Jesi no es un crítico de la literatura que se limite a preguntar qué quiso decir el autor. Su pregunta es más incómoda: ¿qué estructura de experiencia hace posible que determinada imagen adquiera esa fuerza?, ¿qué tradición cultural la alimenta?, ¿qué relación establece el escritor con ella?, ¿qué obtiene y qué pierde al incorporarla?, ¿qué consecuencias tiene presentarla como algo originario? La interpretación se transforma así en una investigación sobre las condiciones históricas de la imaginación.
El resultado es un libro exigente, pero extraordinariamente fértil. Su dificultad no proviene solamente de la erudición de Jesi, sino de que se niega a separar cómodamente disciplinas que normalmente se estudian por separado. La literatura conduce hacia la historia de las religiones; ésta conduce hacia la antropología; la antropología conduce hacia la teoría de la cultura; la teoría de la cultura conduce hacia la política. El mito atraviesa todos esos niveles y obliga a pensar sus conexiones. Por eso “Literatura y Mito” no es solamente un libro sobre literatura, del mismo modo que tampoco es simplemente un libro sobre mitología. Es una investigación sobre la supervivencia de determinadas formas de experiencia en la cultura moderna y sobre las tensiones que aparecen cuando esas formas entran en contacto con la escritura. Jesi demuestra que el mito no es un residuo arcaico que la modernidad simplemente conserva como curiosidad cultural. Puede ser una estructura activa dentro de la literatura moderna y, precisamente por eso, puede intervenir en la manera en que una sociedad piensa su pasado, su presente y su futuro. Pero también demuestra que esa supervivencia no es transparente: cada reaparición del mito supone una transformación. El escritor que utiliza un material mítico no lo recupera intacto; lo introduce en otra lengua, otro género, otra sensibilidad y otra situación histórica. En esa operación se encuentra tanto su potencia creadora como su peligro ideológico.
La vigencia de “Literatura y Mito” reside finalmente en esa doble mirada. Jesi no acepta ni la banalización del mito como simple superstición ni su idealización como acceso privilegiado a una verdad originaria. Entre ambas posiciones desarrolla una crítica mucho más compleja: el mito debe estudiarse por sus formas de aparición, por las experiencias que produce, por los lenguajes que utiliza y por las condiciones históricas que permiten su supervivencia. La literatura, lejos de ser un museo donde esos mitos quedan congelados, constituye uno de los espacios donde vuelven a cobrar vida, pero también donde pueden ser deformados, parodiados, cuestionados o utilizados con fines muy diferentes. Novalis, Hoffmann, Rilke, Pavese, Pound y Apuleyo permiten a Jesi mostrar distintas posibilidades de esa relación, desde la búsqueda romántica de una experiencia originaria hasta la parodia moderna, desde el ritual poético hasta la experiencia del sacrificio, desde la transformación religiosa hasta la construcción literaria de una memoria mítica. El libro conserva además el interés especial de ser una obra temprana de un pensador que moriría prematuramente en 1980, a los treinta y nueve años, pero que en poco tiempo produjo una obra de extraordinaria amplitud y originalidad. Su trayectoria posterior permitiría radicalizar muchas de las intuiciones presentes aquí, especialmente la crítica de la metafísica del mito y el análisis de sus usos políticos y culturales. Leer “Literatura y Mito” supone, por ello, asistir al nacimiento de una de las investigaciones más singulares de la cultura italiana del siglo XX: una investigación que parte de los dioses, los héroes, los símbolos y los rituales para terminar interrogando la modernidad, la literatura, la política y la propia necesidad humana de construir imágenes de origen. Su gran mérito consiste en mostrar que el mito no desaparece cuando una sociedad deja de creer literalmente en sus antiguas historias; cambia de forma, se desplaza hacia nuevas narraciones y puede reaparecer allí donde menos se lo espera. La tarea crítica no consiste entonces en decidir rápidamente si esas imágenes son verdaderas o falsas, sino en comprender qué hacen, qué deseos organizan, qué memoria construyen y qué tipo de relación con la historia intentan producir. Esa mirada convierte a Jesi en un autor especialmente valioso para pensar una cultura contemporánea que, pese a considerarse racional, secular y tecnológicamente avanzada, continúa produciendo mitologías con una intensidad que habría resultado muy familiar al autor. “Literatura y Mito” conserva así una vigencia que no depende de la supervivencia de las mismas formas literarias estudiadas por Jesi, sino de la persistencia del problema que las atraviesa: la dificultad de vivir históricamente en un mundo que, una y otra vez, fabrica imágenes destinadas a parecer eternas.

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Por ganz 1912

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