Agricultura América Latina Argentina Atraso Bolívar, Simón Bolivia Brasil Capital Extranjero Capitalismo Capitalismo Argentino Caribe Centroamérica Chile Ciencia Ciudadanía Coerción Colombia Colonialismo Comercio Internacional Competencia Concentración de la Tierra Crédito Cuba Democracia Dependencia Desigualdad Social Desindustrialización Discurso Dominación Educación Élites Emancipación España Estado Estado-Nación Estados Unidos Estructura Productiva Estructura Social Evangelismo Excedente Exclusión Social Explotación Exportaciones Extractivismo Fragmentación Geopolítica Guerra Hispanoamérica Historia Económica Historia Económica Argentina Historia Latinoamericana Historia Política Historiografía Homogeneización Iglesia Católica Imperialismo Importaciones Independencia Industrialización Inglaterra Innovación Instituciones Latifundio Liberación Nacional Liberalismo Libertadores Manufactura Materias Primas Memoria Colectiva Mercado Mercado de Trabajo Mercado Mundial Mercado Nacional México Modelo Agroexportador Modernización Monarquías Hispánicas Nacionalismo Narrativa Navegación Neocolonialismo O’Higgins, Bernardo Oligarquía Patriotismo Perú Poder Productividad Propiedad Privada Pueblos Originarios Puerto Rico Recursos Naturales Regionalización Relación Centro-Periferia Relaciones Internacionales República Revolución Mexicana Revoluciones de Independencia San Martín, José de Siglo XIX Soberanía Subdesarrollo Sucre, Antonio José de Tecnología Territorio Trabajo Universidad Urbanización Venezuela Violencia

Malditos Libertadores (Historia del Subdesarrollo Latinoamericano)

Porganz 1912

Sep 23, 2026

AUGUSTO ZAMORA R – Malditos Libertadores (Historia del Subdesarrollo Latinoamericano)

“Malditos Libertadores”, de Augusto Zamora R., es un libro concebido para incomodar una de las narraciones históricas más arraigadas de América Latina: aquella que presenta las guerras de independencia como el momento fundador de unas repúblicas liberadas del dominio colonial y convierte a figuras como Simón Bolívar, José de San Martín, Bernardo O’Higgins o Antonio José de Sucre en héroes prácticamente intocables, separados de las estructuras sociales, económicas y políticas que acompañaron el nacimiento de los nuevos Estados. Publicado originalmente en 2020, el volumen constituye una interpretación histórica y geopolítica del subdesarrollo latinoamericano cuyo punto de partida es deliberadamente provocador: la explicación del atraso continental no debería buscarse exclusivamente en la herencia colonial española, sino también, y de manera decisiva, en las consecuencias de las independencias, en la actuación de las élites criollas que asumieron el poder y en la posterior inserción subordinada de las nuevas repúblicas dentro del sistema internacional. Zamora no escribe, por tanto, una biografía de los libertadores ni una historia militar de las guerras de independencia, sino una interpretación mucho más amplia acerca de las condiciones que permitieron que América Latina pasara de la dominación colonial española a una situación de dependencia económica y geopolítica frente a nuevas potencias. El propósito es bastante más ambicioso que revisar la actuación de determinados personajes: Zamora intenta reconstruir la genealogía histórica del subdesarrollo latinoamericano y, para hacerlo, desplaza el punto de observación desde la colonia hacia la independencia y desde la dominación externa hacia la relación entre dominación externa y estructuras internas de poder. El resultado es una interpretación polémica, deliberadamente combativa y en numerosos momentos provocadora, pero justamente por eso intelectualmente estimulante: obliga a formular una pregunta que buena parte de los relatos escolares tienden a cerrar antes de empezar, es decir, qué ocurrió realmente cuando América Latina dejó de pertenecer políticamente a la monarquía española y comenzó a constituirse como conjunto de Estados formalmente independientes. La independencia, sostiene Zamora, no puede evaluarse únicamente por el hecho de haber terminado con la soberanía española; también debe analizarse por el tipo de sociedad, economía, estructura territorial y relación internacional que surgió después de ella. La palabra “libertadores”, en consecuencia, se convierte en el libro en un concepto problemático: no porque las guerras de independencia no hayan producido transformaciones profundas, sino porque la liberación política de una potencia imperial no necesariamente equivale a emancipación social, económica o geopolítica. Esta distinción es el corazón de la obra y explica el carácter provocador de su título. El “malditos” no funciona simplemente como insulto histórico, sino como una inversión de la narrativa heroica: allí donde la memoria oficial observa fundadores de la libertad, Zamora propone observar también a los dirigentes y grupos sociales que participaron en la construcción de Estados débiles, economías dependientes, sociedades profundamente desiguales y estructuras oligárquicas que, según su interpretación, facilitaron la subordinación posterior ante nuevas potencias.
La tesis central del libro se vuelve especialmente clara cuando Zamora cuestiona la explicación según la cual el subdesarrollo latinoamericano sería, ante todo, una herencia directa del colonialismo español. Su crítica no consiste en negar que la experiencia colonial haya dejado profundas desigualdades, relaciones de explotación, estructuras sociales jerárquicas y mecanismos de dependencia; consiste en discutir la tendencia a convertir la colonia en una especie de explicación total que permite detener la investigación justo en el momento en que comienzan las repúblicas. El razonamiento es provocador porque desplaza el centro de gravedad del relato: si el colonialismo español explica prácticamente todos los males posteriores, las élites que gobernaron las nuevas repúblicas quedan relativamente liberadas de responsabilidad histórica. Zamora sostiene, en cambio, que las oligarquías criollas utilizaron una determinada interpretación del pasado colonial para presentar la independencia como ruptura absoluta y, al mismo tiempo, ocultar la continuidad de sus propios privilegios. La operación historiográfica que propone el autor consiste, entonces, en invertir la pregunta tradicional. En lugar de preguntarse solamente qué hizo España en América, hay que preguntar qué hicieron las clases dirigentes latinoamericanas una vez que España dejó de ejercer la soberanía directa. Y esa pregunta obliga a introducir una dimensión que el relato heroico suele mantener en segundo plano: la independencia no fue una revolución social homogénea en la que todos los habitantes del continente participaron con idénticos objetivos, sino un proceso atravesado por conflictos de clase, intereses económicos, disputas territoriales y proyectos políticos divergentes. La pertenencia criolla de buena parte de los dirigentes independentistas es fundamental en el argumento de Zamora, porque le permite cuestionar la identificación automática entre independencia política y emancipación popular. Los sectores criollos que encabezaron buena parte de los procesos independentistas podían aspirar a terminar con la subordinación política respecto de España sin pretender necesariamente destruir las jerarquías sociales existentes. La ruptura con la metrópoli podía ser, de ese modo, una revolución en términos de soberanía y una transformación mucho más limitada en términos sociales. Esta distinción permite comprender una de las contradicciones fundamentales de la historia latinoamericana: la creación de repúblicas basadas formalmente en principios de ciudadanía e igualdad jurídica coexistió durante décadas con sociedades atravesadas por la concentración de la tierra, la exclusión de grandes grupos de población, la subordinación de las comunidades indígenas y la enorme concentración del poder económico. El libro obliga así a distinguir entre independencia nacional y democratización social, dos procesos que pueden coincidir, pero que no son equivalentes. Un héroe nacional puede representar la independencia de un país y, al mismo tiempo, haber participado de un proceso cuyos resultados sociales fueron contradictorios. No hay ninguna obligación intelectual de elegir entre una santificación absoluta y una condena absoluta; el mérito de Zamora está en abrir esa discusión, aunque su propia interpretación tienda con frecuencia hacia el extremo contrario del relato tradicional.
Uno de los grandes ejes del libro es la relación entre independencia y Gran Bretaña. Zamora sostiene que la ruptura del dominio español no produjo una emancipación geopolítica completa, sino que abrió las puertas a una nueva relación de dependencia con la potencia británica, que en el siglo XIX se encontraba en plena expansión económica y comercial. Esta tesis se articula con una lectura materialista de las independencias: no basta con observar quién izó la bandera, quién declaró la soberanía o qué constitución fue promulgada; es necesario analizar quién controlaba las rutas comerciales, los mercados, el crédito, la navegación y los recursos que permitían a los nuevos Estados integrarse en la economía internacional. La bandera cambió, pero muchas relaciones estructurales de subordinación podían adoptar nuevas formas. Esta observación conecta el libro con una larga tradición latinoamericana de pensamiento sobre dependencia, imperialismo y centro-periferia, aunque Zamora no se limita a reproducir el esquema clásico de la dependencia económica: intenta retroceder hasta el momento mismo de la formación de los Estados para localizar allí algunos de los mecanismos que posteriormente facilitarían esa subordinación. El problema de las exportaciones de materias primas ocupa un lugar central. Según el argumento del libro, la destrucción o debilitamiento de determinadas actividades productivas y comerciales, combinada con la orientación de las economías hacia productos primarios destinados al mercado externo, contribuyó a consolidar estructuras económicas vulnerables. América Latina podía poseer enormes riquezas naturales y, sin embargo, permanecer en una posición subordinada si el control de los recursos, de la tecnología, del crédito y de las redes comerciales se encontraba fuera de sus fronteras. Esta es una de las ideas más importantes del libro, porque permite superar la concepción casi moral de que las sociedades latinoamericanas “no progresaron” simplemente por incapacidad, corrupción o atraso cultural y obliga a preguntarse qué intereses internos y externos se beneficiaron de una economía organizada de determinada manera. El subdesarrollo deja de aparecer como una carencia abstracta y comienza a entenderse como el resultado histórico de una determinada forma de inserción en la economía mundial. América Latina no sería pobre simplemente porque no hubiera conseguido desarrollarse, sino porque determinadas estructuras productivas, comerciales y políticas favorecieron un tipo de desarrollo subordinado.
La cuestión de la fragmentación territorial constituye otro de los elementos decisivos. La independencia no solamente produjo repúblicas nuevas: produjo un mapa político extraordinariamente fragmentado, con territorios que anteriormente habían estado integrados en estructuras administrativas más amplias y que terminaron divididos en múltiples Estados. Zamora interpreta esa fragmentación como uno de los factores que contribuyeron a debilitar la capacidad política y económica de la región. La aparición de numerosos Estados con mercados internos pequeños, conflictos fronterizos, instituciones débiles y recursos limitados dificultó la construcción de proyectos regionales capaces de competir con las grandes potencias industriales. La cuestión resulta particularmente interesante porque permite pensar la independencia desde una escala continental y no solamente nacional. Los relatos patrióticos suelen presentar la creación de cada Estado como una culminación natural: Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela y los demás países aparecen retrospectivamente como entidades que simplemente estaban esperando convertirse en naciones independientes. Zamora cuestiona precisamente esa naturalización retrospectiva. Las fronteras actuales no son necesariamente el resultado inevitable de la historia; fueron producto de conflictos, decisiones, intereses económicos y relaciones de fuerza. El continente podría haber adoptado otras formas de organización política, y la fragmentación tuvo consecuencias económicas y geopolíticas que todavía pesan sobre la región. En este punto el libro se aproxima a una preocupación clásica del pensamiento latinoamericano: la dificultad de construir soberanía en sociedades divididas territorialmente y dependientes de mercados externos. El problema no se limita al tamaño de los Estados, sino a la capacidad de articular políticas económicas, infraestructuras, sistemas educativos, mercados regionales y estrategias tecnológicas que permitan escapar de la posición periférica. La fragmentación política puede ser compatible con una integración económica, pero históricamente América Latina ha tenido enormes dificultades para construir esa integración de manera sostenida. Zamora interpreta esta dificultad como parte de una larga historia que comenzó con la independencia y que se relaciona con la debilidad estructural de muchos de los Estados surgidos de ella.
Otro aspecto especialmente polémico es la revisión que Zamora realiza de la época colonial española. Aquí el libro se introduce deliberadamente en un terreno cargado de conflictos de memoria. El autor cuestiona la imagen de la colonización española como una historia exclusivamente definida por la destrucción y sostiene que la presencia española también produjo instituciones, ciudades, universidades, hospitales, infraestructuras, nuevas técnicas agrícolas, animales, cultivos y redes administrativas que no pueden ser ignoradas si se pretende construir una explicación histórica completa. La cuestión es importante porque el autor intenta introducir una simetría que considera ausente de muchos relatos: si se atribuyen al período colonial todas las causas del atraso latinoamericano, también habría que considerar los elementos institucionales, científicos, urbanos y económicos que se desarrollaron durante esos siglos. Sin embargo, esta parte del argumento es precisamente una de las que más exige cautela por parte del lector. Mostrar que la administración colonial construyó universidades, ciudades, hospitales o redes comerciales no elimina las relaciones de dominación, desigualdad y explotación propias de un orden colonial; del mismo modo, señalar los efectos destructivos de la conquista y de la colonización tampoco permite reducir varios siglos de historia a una única categoría moral. El valor de Zamora está en cuestionar una explicación monocausal, pero su propia contranarrativa corre a veces el riesgo de desplazarse demasiado hacia el extremo opuesto. Una revisión crítica de la historia colonial necesita conservar simultáneamente los elementos contradictorios: institucionalización y explotación, circulación de conocimientos y jerarquías sociales, urbanización y apropiación territorial, evangelización y coerción, intercambio cultural y destrucción de estructuras preexistentes. La historia no se vuelve más rigurosa sustituyendo una leyenda negra por una leyenda rosa. Precisamente porque el libro aspira a desmontar mitos, conviene aplicarle el mismo criterio crítico que él aplica a sus adversarios. Su mayor utilidad aparece cuando obliga a ampliar el campo de observación; pierde fuerza cuando parece sugerir que una explicación histórica puede sustituirse simplemente por otra explicación igualmente general.
Esta tensión atraviesa buena parte de “Malditos Libertadores”. Zamora escribe con una voluntad polémica muy marcada y utiliza deliberadamente un lenguaje que busca provocar. El título mismo anuncia esa estrategia: no pretende reconciliar al lector con la memoria tradicional, sino sacudirla. La ventaja de este procedimiento es evidente: consigue poner en primer plano problemas que una narración demasiado institucionalizada puede convertir en invisibles. La desventaja es que una retórica de combate puede producir simplificaciones. Cuando se invierte una narrativa heroica, existe siempre el peligro de construir una narrativa antihéroe igualmente rígida. Bolívar deja de ser el libertador impecable y corre el riesgo de convertirse en el responsable privilegiado de un desastre histórico; España deja de ser la potencia colonial responsable de estructuras de dominación y puede aparecer excesivamente cerca de una potencia modernizadora; las oligarquías criollas pasan de ser actores importantes a convertirse casi en explicación general de todos los males posteriores. La historia, naturalmente, suele ser menos cómoda. Las independencias estuvieron atravesadas por proyectos contradictorios, los libertadores tuvieron posiciones cambiantes, las élites no constituyeron un bloque perfectamente homogéneo y las relaciones con Gran Bretaña variaron según regiones, momentos y sectores sociales. Esta observación no invalida la tesis general del libro, pero permite leerla con mayor provecho. Zamora es más convincente cuando señala continuidades y estructuras que suelen desaparecer del relato patriótico que cuando intenta explicar esas estructuras mediante una única cadena causal. Su contribución más interesante no consiste necesariamente en ofrecer la última palabra sobre las independencias, sino en obligar a volver a formular las preguntas.
La cuestión indígena adquiere especial importancia en este marco. El problema fundamental pasa por preguntarse qué ocurrió con las poblaciones indígenas después de la independencia y hasta qué punto la ruptura con la monarquía española produjo una transformación real de sus condiciones sociales. Esta pregunta resulta decisiva porque la historiografía nacionalista puede producir una paradoja: presentar la independencia como liberación de los pueblos americanos y, al mismo tiempo, ignorar que enormes sectores de esos mismos pueblos continuaron sometidos a estructuras de desigualdad, despojo territorial y subordinación. El cambio de soberanía estatal no implicó necesariamente democratización social. En muchos casos, la formación de las repúblicas estuvo acompañada por la consolidación de grandes propiedades, apropiaciones territoriales y nuevas formas de subordinación de comunidades indígenas. Zamora utiliza esta continuidad para cuestionar la idea de que la independencia haya sido una revolución social. La observación conecta con una problemática central de la historia latinoamericana: la distancia entre ciudadanía formal y ciudadanía efectiva. Las constituciones podían proclamar igualdad jurídica mientras las estructuras económicas mantenían enormes diferencias de poder. Esta contradicción no fue exclusiva de América Latina, pero adquirió allí formas particularmente persistentes. El problema del latifundio, que el autor desarrolla posteriormente, se encuentra estrechamente conectado con esta cuestión. La concentración de la tierra no solamente produjo desigualdad social; también condicionó los mercados internos, la productividad, la migración, las relaciones laborales y las posibilidades de industrialización. Zamora interpreta el latifundismo como una estructura que contribuyó a perpetuar el atraso. De este modo, la cuestión agraria deja de ser un problema sectorial y se convierte en una de las claves para comprender la formación de las sociedades latinoamericanas. Una economía basada en grandes propiedades orientadas a la exportación puede generar riqueza para determinados grupos sin producir necesariamente un mercado interno amplio ni una distribución relativamente equilibrada de los recursos. La modernización económica puede entonces convivir con una estructura social profundamente arcaica, y esa combinación constituye uno de los rasgos más persistentes de la historia latinoamericana.
La crítica de la oligarquía es, de hecho, uno de los hilos conductores de toda la obra. Zamora sostiene que las élites latinoamericanas lograron transformar la independencia en una transferencia del poder político que no implicó una democratización profunda de la estructura social. La sustitución de la autoridad imperial por Estados controlados por grupos locales no habría eliminado las relaciones de dominación, sino que habría cambiado a sus administradores. Esta lectura permite comprender por qué el autor utiliza el concepto de neocolonialismo: formalmente independientes, los nuevos países conservaron estructuras económicas y políticas que facilitaron la intervención de potencias externas. Las élites locales podían funcionar como intermediarias entre el capital extranjero y las economías nacionales, obteniendo beneficios internos a cambio de sostener una determinada inserción internacional. El libro interpreta esa alianza entre intereses oligárquicos y capital externo como una de las claves del subdesarrollo latinoamericano. Aquí aparece una dimensión claramente estructuralista: no se trata de atribuir el atraso a la mala conducta individual de determinados gobernantes, sino de observar cómo las instituciones y las relaciones económicas producen incentivos y límites que atraviesan distintos gobiernos. Esta perspectiva resulta fértil porque permite conectar el siglo XIX con problemas posteriores sin caer necesariamente en la idea de que todo estaba predeterminado desde la independencia. El subdesarrollo no sería un destino inevitable, sino el resultado acumulativo de decisiones, estructuras y relaciones de poder que podrían haber sido diferentes. Precisamente por eso la historia conserva una dimensión política: si las estructuras fueron construidas históricamente, también pueden ser modificadas históricamente. La cuestión de la soberanía no puede reducirse entonces a la existencia de un Estado nacional jurídicamente independiente. Requiere capacidades económicas, fiscales, productivas, científicas y territoriales que permitan que esa independencia tenga contenido material.
La discusión sobre la industrialización ocupa por eso un lugar importante. Zamora cuestiona la orientación de las economías latinoamericanas hacia la exportación de recursos naturales y la dependencia de productos industriales importados. El interrogante central no es simplemente cuánto exporta una economía, sino qué tipo de estructura productiva genera esa actividad exportadora. Tener minerales, petróleo, tierras fértiles o grandes reservas forestales no garantiza por sí mismo desarrollo. Lo decisivo es cómo se organiza la propiedad, quién controla la tecnología, qué parte del excedente permanece en el país, cómo se financian las inversiones y qué relación existe entre el sector exportador y el mercado interno. Zamora insiste en que una economía especializada en materias primas puede generar ingresos importantes y, sin embargo, mantener una estructura dependiente si no desarrolla capacidades industriales, científicas y tecnológicas propias. Esta perspectiva permite comprender por qué la riqueza natural puede coexistir con la pobreza social. El problema no está en los recursos en sí mismos, sino en las relaciones económicas que determinan su extracción, procesamiento, comercialización y distribución de beneficios. Una tonelada de mineral exportada sin procesamiento y una cadena industrial completa capaz de transformar ese mineral en productos de alto valor agregado no representan la misma posición dentro de la economía mundial. La diferencia entre ambas situaciones resume buena parte del problema del desarrollo periférico. América Latina ha participado durante siglos en el mercado mundial como proveedora de productos primarios y compradora de manufacturas, tecnología y capitales. Aunque esa relación ha cambiado de forma, no ha desaparecido. La dependencia puede adoptar modalidades nuevas: cadenas globales de valor, propiedad intelectual, empresas transnacionales, mercados financieros, plataformas tecnológicas y control de infraestructuras estratégicas. El argumento de Zamora conserva interés precisamente porque permite observar estas continuidades sin suponer que el mundo actual sea idéntico al del siglo XIX.
La ciencia y la tecnología aparecen como componentes esenciales de esa transformación. El problema educativo no consiste solamente en aumentar el número de graduados, sino en construir instituciones capaces de producir conocimiento, investigación aplicada, innovación tecnológica y pensamiento crítico. Zamora vincula así el subdesarrollo con una determinada relación con el conocimiento. Las universidades pueden reproducir títulos sin generar capacidades científicas; las economías pueden importar maquinaria sin desarrollar las competencias necesarias para modificarla; los Estados pueden comprar tecnología sin construir sistemas nacionales de investigación. En este sentido, la crítica adquiere una dimensión contemporánea muy evidente. La dependencia ya no se expresa exclusivamente mediante barcos comerciales o inversiones extranjeras; también puede manifestarse mediante patentes, plataformas tecnológicas, infraestructura digital, cadenas de suministro, propiedad intelectual y control de datos. Un país que exporta materias primas pero importa buena parte de la tecnología necesaria para procesarlas puede reproducir una relación periférica bajo formas distintas de las existentes en el siglo XIX. El desarrollo científico no constituye un lujo reservado a sociedades ya industrializadas: es uno de los instrumentos mediante los cuales una sociedad puede ampliar su capacidad de decidir sobre su propio futuro. La universidad, en este contexto, no debería ser solamente una fábrica de credenciales profesionales, sino una institución de producción y transmisión de conocimiento. La investigación científica, la formación técnica y la capacidad de innovación son componentes de la soberanía. Desde esta perspectiva, la crítica de Zamora se conecta con una cuestión particularmente relevante en América Latina: la dificultad de transformar la educación superior en un verdadero sistema nacional de conocimiento capaz de relacionarse con la industria, el Estado y las necesidades sociales.
El Estado es otro de los conceptos fundamentales de la obra. Zamora sostiene que América Latina heredó o construyó Estados demasiado débiles para enfrentar la concentración de poder de las oligarquías y para impulsar políticas de desarrollo de largo plazo. El problema no consiste simplemente en que haya existido “mala administración”, sino en que la estructura estatal fue históricamente condicionada por relaciones sociales profundamente desiguales. La ausencia de instituciones capaces de recaudar impuestos, planificar infraestructuras, regular mercados, desarrollar sistemas educativos y sostener políticas industriales dejó a numerosos países expuestos a los intereses de grupos económicos internos y potencias externas. Esta cuestión permite escapar de una falsa oposición entre Estado y mercado. La historia del desarrollo muestra que las economías industrializadas utilizaron Estados con fuertes capacidades fiscales, infraestructurales, educativas y tecnológicas, incluso cuando posteriormente adoptaron discursos de libre comercio. La cuestión no consiste, por tanto, en elegir abstractamente entre intervención estatal y libertad de mercado, sino en determinar qué capacidades institucionales necesita una sociedad para controlar las condiciones de su reproducción económica. En el caso latinoamericano, la debilidad estatal estuvo muchas veces vinculada a la debilidad de las estructuras fiscales, la concentración de la propiedad y la escasa capacidad para imponer políticas de largo plazo. Un Estado que depende de unos pocos sectores exportadores para financiarse tendrá dificultades para enfrentarse a los intereses de esos mismos sectores. Un Estado que carece de infraestructura científica dependerá de empresas extranjeras para adquirir tecnología. Un Estado que no puede garantizar educación de calidad y salud pública tendrá dificultades para formar una ciudadanía capaz de participar plenamente en la vida económica y política. La soberanía, desde esta perspectiva, es una construcción institucional mucho más compleja que una declaración de independencia.
El análisis de Cuba y Puerto Rico introduce una comparación especialmente interesante porque ambos territorios siguieron trayectorias diferentes respecto del resto de Hispanoamérica. Cuba permaneció bajo soberanía española hasta finales del siglo XIX, mientras Puerto Rico siguió una trayectoria colonial distinta y posteriormente quedó vinculado a Estados Unidos. Estas experiencias permiten comparar los efectos de diferentes formas de subordinación política y económica y ayudan a mostrar que la relación entre independencia y desarrollo no puede reducirse a una fórmula sencilla. La soberanía formal puede coexistir con dependencia económica, mientras una situación colonial puede producir formas de integración económica que no se corresponden exactamente con las experiencias de las repúblicas independientes. La comparación también ayuda a evitar una lectura excesivamente uniforme de América Latina. El continente no constituye una experiencia histórica homogénea. Las diferencias entre México, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Centroamérica y el Caribe son demasiado grandes como para ser reducidas a una única trayectoria. Las estructuras coloniales variaron, los procesos independentistas fueron diferentes, las economías tuvieron especializaciones distintas y las relaciones con las potencias extranjeras cambiaron según los momentos. La fuerza de una explicación continental depende justamente de su capacidad para reconocer esas diferencias. Zamora construye una interpretación general, pero sus argumentos resultan más productivos cuando se utilizan como hipótesis para comparar casos concretos y no como una fórmula capaz de explicar automáticamente toda la historia latinoamericana.
Uno de los rasgos más interesantes de “Malditos Libertadores” es su voluntad de conectar acontecimientos separados por casi dos siglos. El libro comienza con las estructuras coloniales y las independencias, pero termina hablando de recursos naturales, universidades, industrialización, Estado y dirigentes políticos contemporáneos. La intención es evidente: demostrar que las estructuras creadas en el siglo XIX no desaparecieron con los cambios de régimen posteriores, sino que fueron adaptándose a nuevas circunstancias. La dependencia puede pasar de Gran Bretaña a Estados Unidos o adquirir formas vinculadas con los mercados financieros internacionales; la oligarquía puede transformarse sin desaparecer; la exportación de materias primas puede sobrevivir a la industrialización parcial; la concentración de la tierra puede coexistir con nuevas formas de capitalismo; y el Estado puede seguir atrapado entre intereses internos y presiones externas. La historia aparece así como una cadena de continuidades y rupturas. Zamora quiere demostrar que el presente no puede entenderse sin la independencia, pero también que el presente no está determinado mecánicamente por ella. Esta última distinción es importante porque evita convertir la historia en destino. Si las estructuras de dependencia fueran completamente inevitables, la política carecería de sentido. Precisamente porque fueron construidas históricamente pueden ser transformadas históricamente. La historia económica latinoamericana muestra que hubo momentos de mayor autonomía, períodos de industrialización, experiencias de integración regional y proyectos de transformación social que modificaron temporalmente las relaciones de dependencia. El problema no consiste, entonces, en buscar una causa original que explique absolutamente todo, sino en comprender cómo determinadas decisiones y estructuras se fueron acumulando, reforzando o modificando a lo largo del tiempo.
La principal virtud de “Malditos Libertadores” consiste en obligar a mirar la independencia desde una perspectiva menos complaciente. El libro cuestiona la comodidad de una historia que termina el análisis en el momento en que comienza la república y que convierte la emancipación política en sinónimo de emancipación integral. También plantea una pregunta fundamental sobre la memoria histórica: ¿quién decide qué acontecimientos deben ser recordados como fundacionales y cuáles deben quedar relegados? Zamora sostiene que las élites han tenido capacidad para producir relatos que desplazan su propia responsabilidad hacia el pasado colonial y presentan la historia republicana como una sucesión de dificultades heredadas. La crítica tiene fuerza porque las sociedades efectivamente construyen memorias selectivas. Los monumentos, manuales escolares, fiestas patrias, nombres de calles y discursos políticos no son simples reproducciones neutrales del pasado; seleccionan acontecimientos y personajes, los jerarquizan y les atribuyen determinados significados. Sin embargo, el lector debe mantener una precaución paralela: desmontar una memoria oficial no significa que la nueva interpretación quede automáticamente fuera de toda construcción ideológica. La historia crítica no consiste en reemplazar héroes por villanos, sino en reconstruir las condiciones materiales, los conflictos y las alternativas que hicieron posible un determinado resultado. Zamora proporciona numerosas herramientas para hacerlo, pero su retórica a veces simplifica aquello que su propia tesis invita a complejizar. El gran desafío de leerlo consiste precisamente en aprovechar su capacidad de desmontaje sin adoptar mecánicamente todas sus conclusiones. Si el objetivo es comprender el subdesarrollo, no basta con descubrir culpables; hay que reconstruir procesos, relaciones, instituciones, intereses y posibilidades históricas.
El título del libro puede interpretarse, finalmente, como una provocación contra la idea de que los libertadores deban permanecer fuera del análisis crítico por su condición de símbolos nacionales. Un personaje histórico no deja de ser objeto de investigación porque haya adquirido una dimensión monumental. Bolívar puede ser simultáneamente una figura fundamental de la independencia, un pensador político complejo, un dirigente con contradicciones, un protagonista de conflictos sociales y un símbolo construido posteriormente por diferentes corrientes políticas. Lo mismo puede decirse de San Martín, O’Higgins, Sucre y otros protagonistas. La memoria necesita símbolos; la historia necesita problemas. Confundir ambas funciones conduce a una historia empobrecida. Zamora intenta devolver a los libertadores al terreno de la historia, donde sus decisiones pueden ser discutidas y sus consecuencias examinadas. El problema es que, en determinados momentos, la inversión del relato heroico produce una inversión simétrica: el libertador aparece casi exclusivamente como agente de una catástrofe. El mayor provecho del libro se obtiene cuando el lector resiste esa tentación y utiliza la obra como una invitación a estudiar con mayor rigor la complejidad del período. Las independencias latinoamericanas fueron procesos revolucionarios en el sentido político, pero no necesariamente revoluciones sociales en todos los territorios; fueron movimientos de ruptura con el dominio imperial, pero también procesos de continuidad de estructuras sociales; abrieron posibilidades de soberanía, pero también generaron nuevas dependencias; destruyeron instituciones, pero crearon otras; produjeron fragmentación, pero también proyectos de integración; movilizaron a sectores populares, indígenas, afrodescendientes y mestizos, aunque las élites criollas ocuparan posiciones centrales en muchos de los nuevos Estados. Esta ambivalencia es mucho más productiva que cualquier relato puramente heroico o puramente condenatorio.
“Malditos Libertadores” resulta, por todo ello, un libro particularmente provocador para pensar América Latina desde una perspectiva histórica y geopolítica. Su mayor aporte no reside necesariamente en que todas sus interpretaciones deban aceptarse, sino en que desplaza preguntas que durante mucho tiempo parecieron resueltas. ¿La independencia produjo realmente una ruptura con el orden colonial o solamente modificó quién ocupaba la cúspide de la estructura social? ¿Hasta qué punto la dependencia económica posterior fue consecuencia de decisiones tomadas durante las primeras décadas republicanas? ¿Qué papel desempeñaron las oligarquías en la construcción de Estados débiles y economías exportadoras? ¿Por qué la región se fragmentó territorialmente de la manera en que lo hizo? ¿Qué relación existe entre concentración de la tierra, debilidad del mercado interno y subdesarrollo? ¿Por qué los recursos naturales, lejos de garantizar bienestar, han podido convertirse en mecanismos de dependencia? ¿Qué importancia tiene la ciencia para la soberanía? ¿Puede existir independencia política efectiva sin capacidades tecnológicas y productivas propias? ¿Qué papel debe desempeñar el Estado en una economía periférica? Son preguntas que exceden la discusión sobre Bolívar y alcanzan problemas todavía presentes. El libro conecta la historia de las independencias con una concepción amplia del desarrollo en la que economía, geopolítica, educación, tecnología, territorio y poder social aparecen inseparablemente relacionados. Esa amplitud constituye una de sus mayores virtudes. Su mayor limitación está en la tendencia a convertir una interpretación deliberadamente contracorriente en una explicación demasiado totalizante, especialmente cuando la crítica de la leyenda negra española se aproxima a una rehabilitación demasiado general del orden colonial o cuando la responsabilidad de las élites criollas parece adquirir un peso explicativo capaz de absorber demasiadas variables. Pero incluso esas tensiones hacen que el libro sea intelectualmente útil, porque permiten discutir dónde termina una revisión historiográfica necesaria y dónde comienza otra simplificación. Zamora acierta al recordar que las naciones latinoamericanas no nacieron simplemente al día siguiente de derrotar a España: nacieron en medio de conflictos sociales, económicos, territoriales y geopolíticos que condicionaron profundamente su trayectoria posterior. También acierta al insistir en que la independencia política no equivale necesariamente a soberanía económica y que el subdesarrollo no puede explicarse como una carencia abstracta de modernidad. América Latina fue incorporada a la economía mundial mediante relaciones concretas de poder, y esas relaciones fueron modificadas pero no eliminadas por la independencia. Leer el libro supone, por tanto, enfrentarse a una revisión deliberadamente incómoda del relato fundacional latinoamericano, una revisión que tiene el mérito de devolver al centro del debate cuestiones que la iconografía patriótica suele ocultar: quién ganó con la independencia, quién perdió, qué estructuras sobrevivieron, qué nuevas dependencias aparecieron y qué alternativas fueron derrotadas o simplemente abandonadas. Su lectura resulta especialmente fecunda cuando no se transforma en una nueva ortodoxia, sino en un punto de partida para reconstruir con mayor complejidad la historia del continente. Porque si algo deja claro Zamora es que el subdesarrollo no es una esencia latinoamericana ni una condena histórica inscrita en la geografía: es una construcción histórica, y precisamente por ser histórica puede ser investigada, discutida y eventualmente transformada.

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