ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ & RICARDO GIBU SHIMABUKURO [Compiladores] – «Ser y Tiempo», de Heidegger, en Perspectiva


«Ser y Tiempo», de Heidegger, en Perspectiva reúne trabajos destinados a volver sobre una de las obras más influyentes, complejas y discutidas de la filosofía del siglo XX: «Ser y Tiempo» de Martin Heidegger. Compilado por Ángel Xolocotzi Yáñez y Ricardo Gibu Shimabukuro, el volumen no pretende ofrecer una simple introducción escolar al pensamiento heideggeriano ni reducir la obra a una colección de conceptos fácilmente clasificables. Su interés reside, más bien, en abrir distintas perspectivas de lectura sobre un texto cuya dificultad no procede únicamente de su vocabulario filosófico, extraordinariamente preciso y al mismo tiempo deliberadamente alejado del lenguaje tradicional de la metafísica, sino también de la radicalidad de la pregunta que lo atraviesa: la pregunta por el ser. Volver a Heidegger supone enfrentarse con una filosofía que considera insuficiente buena parte de las respuestas heredadas por la tradición occidental y que intenta recuperar aquello que, según su diagnóstico, habría quedado progresivamente olvidado: no la existencia de determinados entes, no las propiedades de las cosas, no una definición abstracta de la realidad, sino el sentido mismo del ser. Esa pregunta puede parecer excesivamente general, incluso sospechosamente abstracta para quien se aproxima desde fuera de la filosofía, pero justamente uno de los grandes méritos del pensamiento de Heidegger consiste en mostrar que se encuentra implicada en las cuestiones más elementales de la existencia. Preguntar qué significa ser no es solamente una cuestión reservada a especialistas en metafísica: implica preguntarse qué significa existir, cómo comprendemos nuestra propia vida, qué relación mantenemos con el mundo, con los otros, con el tiempo, con nuestras posibilidades y con nuestra propia muerte. «Ser y Tiempo», en consecuencia, no es simplemente un tratado filosófico sobre un tema determinado; es un intento de modificar la manera misma en que comprendemos nuestra existencia.
El punto de partida de Heidegger es precisamente la constatación de que la pregunta por el ser, pese a haber ocupado un lugar central en la filosofía antigua, habría caído en el olvido dentro de la tradición occidental. El problema no consiste en que los filósofos hayan dejado de utilizar la palabra “ser”, sino en que frecuentemente la han tratado como si su significado fuera evidente. La tradición habría preguntado por los entes —por las cosas que existen— sin volver suficientemente sobre aquello que hace posible comprenderlas precisamente como entes. Esta distinción entre el ser y los entes constituye uno de los ejes fundamentales de la obra y también una de las razones por las que su lectura puede resultar inicialmente desconcertante. Heidegger no busca descubrir un ente supremo llamado “Ser”, como si detrás de las cosas existiera una especie de objeto metafísico gigantesco que pudiera encontrarse mediante una investigación particularmente sofisticada. Su problema es de otro orden: ¿qué significa que algo sea? ¿Qué hace posible que algo aparezca ante nosotros como algo que es? La diferencia ontológica, aunque pueda formularse inicialmente de manera abstracta, constituye una herramienta decisiva para comprender el conjunto de la empresa heideggeriana. «Ser y Tiempo» intenta recuperar una pregunta que no puede responderse simplemente agregando más información sobre los objetos del mundo, porque el problema se sitúa en un nivel diferente: el de las condiciones desde las cuales esos objetos pueden ser comprendidos como tales.
En este punto aparece el Dasein, uno de los conceptos más conocidos y también más malentendidos de Heidegger. Traducido de diversas maneras como “ser-ahí”, “existencia” o conservado directamente en alemán, el término no designa simplemente al ser humano entendido como organismo biológico, individuo psicológico o miembro de una especie. Heidegger busca una determinación ontológica distinta. El Dasein es aquel ente para el cual, en su propio existir, está en juego la comprensión del ser. Esto significa que la pregunta filosófica no puede comenzar desde una observación exterior del ser humano como si fuera un objeto más entre otros. Quien pregunta por el ser ya se encuentra existiendo dentro de un mundo, utilizando un lenguaje, relacionándose con otros y proyectándose hacia posibilidades. El investigador no está fuera de aquello que investiga. La existencia humana constituye, por tanto, un punto de acceso privilegiado a la pregunta ontológica porque en ella se produce una comprensión, aunque sea inicialmente implícita, del ser. La cuestión fundamental de «Ser y Tiempo» no consiste en elaborar una antropología filosófica tradicional, sino en analizar la estructura de ese modo de ser que somos.
El libro compilado por Xolocotzi Yáñez y Gibu Shimabukuro resulta especialmente valioso porque permite acercarse a estas cuestiones desde diferentes ángulos, evitando la ilusión de que existe una única interpretación sencilla de «Ser y Tiempo». Heidegger es un autor cuya obra ha generado una bibliografía prácticamente inabarcable y cuya influencia atraviesa campos tan diversos como la fenomenología, la hermenéutica, la filosofía de la existencia, la teoría literaria, la psicología, la teología, la filosofía política y las ciencias sociales. Cada una de esas tradiciones ha encontrado en su pensamiento problemas y posibilidades diferentes. Una obra colectiva dedicada a «Ser y Tiempo» tiene precisamente la ventaja de poner en contacto diversas aproximaciones y mostrar que la riqueza del texto no se agota en una explicación lineal de sus conceptos principales. La perspectiva múltiple resulta particularmente apropiada para Heidegger porque su filosofía exige constantemente regresar sobre conceptos que adquieren nuevos sentidos cuando son situados en relación con otros.
Uno de los elementos fundamentales de esa arquitectura conceptual es el mundo. Para Heidegger, el ser humano no existe primero como un sujeto aislado que posteriormente establece contacto con una realidad exterior. La existencia es desde el comienzo un ser-en-el-mundo. Esta expresión no significa simplemente que una persona se encuentre físicamente dentro de un espacio llamado mundo, del mismo modo en que un objeto se encuentra dentro de una habitación. Ser-en-el-mundo constituye una estructura ontológica. Existir significa encontrarse ya involucrado en un entramado de significados, prácticas, relaciones, tareas y posibilidades. Antes de contemplar teóricamente un martillo como objeto, por ejemplo, lo encontramos en el contexto práctico de aquello para lo cual sirve; antes de percibir un espacio como una suma geométrica de distancias, habitamos lugares cargados de significados; antes de pensar abstractamente en los demás, convivimos con ellos. El mundo no es una colección de objetos independientes esperando ser observados por un sujeto neutral. Es un entramado de significatividad en el que ya nos encontramos implicados.
Esta concepción supone una ruptura importante con la imagen moderna del sujeto como conciencia encerrada en sí misma que debe establecer una relación cognoscitiva con un mundo exterior. Heidegger cuestiona esa separación porque considera que la existencia humana ya está estructuralmente abierta al mundo. No somos primero sujetos y después habitantes del mundo. Somos, desde el comienzo, seres-en-el-mundo. Esta afirmación posee consecuencias filosóficas enormes. La experiencia cotidiana deja de ser una superficie poco interesante que la filosofía debe atravesar para alcanzar una verdad más profunda y pasa a convertirse en el ámbito mismo donde pueden descubrirse estructuras fundamentales de la existencia. La manera en que utilizamos objetos, realizamos tareas, hablamos con otros, nos preocupamos por algo o nos proyectamos hacia el futuro forma parte de la ontología.
La noción de cotidianidad adquiere por eso una importancia decisiva. Heidegger no comienza describiendo una existencia humana ideal, auténtica y filosóficamente iluminada. Comienza por la manera en que normalmente vivimos. Y esa normalidad está marcada por lo que denomina el “uno”, das Man: esa dimensión impersonal de la existencia en la que hacemos lo que “se hace”, pensamos lo que “se piensa”, decimos lo que “se dice” y juzgamos las cosas de acuerdo con criterios que parecen provenir de nosotros pero que, en realidad, están profundamente condicionados por el mundo social en el que vivimos. El “uno” no es simplemente una multitud exterior que nos impone órdenes. Es una estructura de la existencia cotidiana. La persona puede experimentar sus elecciones como absolutamente individuales y, sin embargo, descubrir que muchas de ellas responden a expectativas, hábitos y criterios socialmente establecidos. Heidegger no formula aquí una teoría sociológica de la conformidad, pero su análisis posee una potencia crítica que posteriormente sería aprovechada por numerosos pensadores interesados en la relación entre individuo y sociedad.
El concepto de autenticidad aparece precisamente en relación con esta existencia cotidiana. Ser auténtico no significa convertirse en un individuo extravagante que rechaza todas las normas sociales, ni alcanzar una personalidad completamente independiente. Tampoco constituye un estado permanente que pueda conquistarse una vez y conservarse para siempre. La autenticidad tiene que ver con asumir la propia existencia como posibilidad propia, en lugar de dejar que las estructuras impersonales de la cotidianidad decidan completamente por nosotros. El problema es que la existencia humana no puede escapar definitivamente del mundo compartido. No podemos vivir fuera de toda tradición, lenguaje, relación social o horizonte histórico. Por eso la autenticidad no consiste en una separación absoluta respecto del mundo, sino en una modificación de la manera de relacionarnos con aquello que ya somos y con las posibilidades que se nos presentan.
Aquí adquiere especial importancia la noción de posibilidad. El ser humano no está completamente determinado por lo que ya es. Existir significa proyectarse hacia posibilidades. Una persona siempre se encuentra abierta hacia aquello que puede llegar a ser. Esta estructura temporal diferencia radicalmente al Dasein de una concepción estática del individuo. No somos solamente una suma de propiedades presentes. Somos también aquello hacia lo cual nos proyectamos. La existencia posee una dimensión de apertura que hace imposible comprenderla exclusivamente desde el presente. El futuro no constituye simplemente un momento cronológico que llegará después; forma parte de la estructura misma de la existencia.
La temporalidad constituye por ello el núcleo de «Ser y Tiempo». El título de la obra no es una combinación arbitraria de dos conceptos importantes, sino la indicación de una relación fundamental. Heidegger intenta mostrar que la comprensión del ser está vinculada con el tiempo y que la existencia humana solo puede comprenderse adecuadamente desde su estructura temporal. El pasado, el presente y el futuro no son simplemente tres segmentos sucesivos de una línea cronológica. La existencia se encuentra arrojada desde un pasado que no eligió, se proyecta hacia posibilidades futuras y se relaciona con lo presente dentro de un mundo de ocupaciones y preocupaciones. La temporalidad no es, entonces, algo que le sucede a la existencia desde fuera; constituye su propia estructura.
La idea de “arrojamiento” expresa precisamente la dimensión de facticidad de la existencia. Cada ser humano aparece en un mundo que no escogió: nace en una época determinada, dentro de una lengua, una sociedad, una familia, una tradición y unas condiciones históricas concretas. Antes de poder elegir, ya hemos sido situados en determinadas condiciones. Esto no significa que todo esté predeterminado. Precisamente porque somos seres proyectivos podemos relacionarnos de diferentes maneras con aquello que hemos recibido. Pero ninguna elección parte de cero. El pasado forma parte de nuestra existencia aunque no pueda ser simplemente modificado. La libertad heideggeriana, por tanto, no coincide con la fantasía liberal de un individuo absolutamente autónomo que construye su vida desde la nada. Toda posibilidad se abre sobre un trasfondo de facticidad.
Esta cuestión permite comprender mejor la relación entre pasado y futuro. El ser humano está “arrojado” y, al mismo tiempo, proyectado. Hereda posibilidades pero también puede apropiarse de ellas, modificarlas y abrir otras. La existencia es así una tensión permanente entre aquello que ha recibido y aquello que puede llegar a ser. El presente se encuentra atravesado por ambas dimensiones. No somos simplemente nuestro pasado ni somos todavía nuestro futuro: existimos en el movimiento mediante el cual nos relacionamos con ambos.
La angustia constituye uno de los fenómenos privilegiados para revelar esta estructura. Heidegger distingue la angustia del miedo porque mientras el miedo tiene un objeto determinado —tememos algo concreto—, la angustia posee una estructura diferente. En ella se desestabiliza la familiaridad cotidiana del mundo. Aquello que normalmente aparece como obvio y manejable pierde su carácter tranquilizador. La angustia revela que las significaciones cotidianas no son tan sólidas como parecen. Al mismo tiempo, confronta al Dasein con su propia posibilidad de existir. Por eso no debe entenderse simplemente como una emoción psicológica desagradable. Heidegger la analiza como un fenómeno ontológicamente revelador.
Algo semejante ocurre con la muerte. La muerte no constituye para Heidegger simplemente un acontecimiento biológico que se produce al final de la vida. Es la posibilidad más propia e insuperable del Dasein. Nadie puede morir en lugar de otro y nadie puede eliminar completamente la posibilidad de su propia muerte. La conciencia de esta posibilidad puede quedar ocultada por la cotidianidad, pero nunca desaparece. El análisis de la muerte permite comprender que la existencia humana está estructuralmente orientada hacia un límite que no puede ser sustituido por ninguna otra posibilidad. La muerte individualiza porque confronta al existente con una posibilidad que no puede delegar.
La relación entre muerte y autenticidad es uno de los aspectos más conocidos de «Ser y Tiempo», pero también uno de los que más fácilmente se simplifican. Heidegger no está diciendo simplemente que debamos pensar constantemente en nuestra muerte para convertirnos en mejores personas. La cuestión es ontológica: la anticipación de la propia muerte puede modificar la relación del Dasein con sus posibilidades. Frente a la tendencia cotidiana a dejar que el “uno” determine qué debe hacerse, la conciencia de la finitud puede abrir la posibilidad de apropiarse de la propia existencia. La muerte revela que nuestra vida no es infinitamente postergable. Las posibilidades que tenemos son finitas y el tiempo de nuestra existencia no puede recuperarse indefinidamente.
El concepto de cuidado, Sorge, reúne muchas de estas dimensiones. El Dasein es cuidado porque su existencia está siempre implicada en algo. Nos ocupamos de objetos, nos preocupamos por personas, nos proyectamos hacia tareas y posibilidades, cargamos con un pasado y nos anticipamos al futuro. La existencia nunca es indiferente. Incluso la indiferencia constituye una determinada manera de estar implicado. El cuidado permite comprender que la existencia humana no puede reducirse a una conciencia contemplativa. Existir es estar concernido por algo, tener algo en juego, encontrarse comprometido con posibilidades.
La disposición afectiva y la comprensión también ocupan un lugar fundamental en esta estructura. El ser humano no se encuentra primero ante un mundo completamente neutral que posteriormente interpreta mediante operaciones intelectuales. Ya estamos situados afectivamente. El mundo nos importa de determinadas maneras antes de convertirse en objeto de una reflexión teórica. Del mismo modo, comprender no significa simplemente poseer información conceptual, sino encontrarse abierto a posibilidades dentro de un horizonte determinado. La existencia humana es interpretativa desde el comienzo. Esta idea tendría una influencia decisiva sobre la hermenéutica posterior, especialmente en autores como Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur.
El lenguaje constituye otra dimensión inseparable de este planteamiento. Aunque la famosa afirmación de que el lenguaje es “la casa del ser” pertenece a desarrollos posteriores de Heidegger, ya en «Ser y Tiempo» la cuestión lingüística resulta fundamental para comprender la apertura del mundo. El ser humano no vive en un universo de objetos mudos al que posteriormente añade palabras. Habita un mundo articulado mediante significados compartidos. El lenguaje permite que algo pueda aparecer como algo y que la experiencia pueda ser comunicada, interpretada y compartida. Por eso la existencia humana es inseparable de la dimensión pública del discurso.
Aquí vuelve a aparecer el problema del “uno”. El discurso cotidiano puede convertirse en una forma de nivelación en la que las cosas son interpretadas según opiniones ya disponibles. Heidegger utiliza conceptos como habladuría, curiosidad y ambigüedad para describir mecanismos mediante los cuales la cotidianidad mantiene al Dasein dentro de una comprensión superficial y repetitiva. La habladuría no equivale simplemente a hablar mucho. Es una forma de discurso en la que aquello que se dice parece comprensible porque circula públicamente, aunque no exista una apropiación auténtica de lo dicho. La curiosidad no es simplemente interés intelectual, sino una búsqueda constante de novedades que puede impedir una verdadera permanencia reflexiva ante las cosas. La ambigüedad aparece cuando todo parece ya comprendido porque todo puede ser comentado, aunque precisamente por eso nada haya sido apropiado de manera profunda.
Estos análisis resultan sorprendentemente actuales. En una sociedad saturada de información, comentarios, noticias y opiniones instantáneas, la distinción heideggeriana entre comprender y simplemente repetir interpretaciones disponibles adquiere una vigencia inesperada. La multiplicación de información no garantiza una comprensión más profunda. Es perfectamente posible estar permanentemente informado y, al mismo tiempo, permanecer atrapado en interpretaciones prefabricadas. La velocidad con la que circulan opiniones en las redes sociales puede intensificar precisamente aquello que Heidegger analizaba como dominio del “uno”: se dice lo que todos dicen, se comenta lo que todos comentan y se considera evidente aquello que la circulación pública ha convertido en evidente. Naturalmente, no sería correcto convertir a Heidegger en un teórico de las redes sociales avant la lettre, pero sus categorías permiten formular preguntas muy pertinentes sobre la existencia contemporánea.
La importancia de «Ser y Tiempo» se encuentra también en la manera en que transforma la fenomenología. Heidegger parte de la tradición de Edmund Husserl, pero desplaza su orientación hacia una ontología fundamental. Ya no se trata únicamente de describir las estructuras de la conciencia y sus modos de constitución de los objetos, sino de preguntar por las condiciones ontológicas de la existencia. La fenomenología se convierte así en un camino para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto precisamente por su familiaridad. Lo cotidiano no necesita ser abandonado para encontrar la filosofía; necesita ser interrogado.
Este procedimiento explica buena parte de la dificultad estilística de Heidegger. Su lenguaje busca escapar deliberadamente de las categorías filosóficas tradicionales porque considera que muchas de ellas ya contienen presupuestos que dificultan la pregunta que intenta formular. De ahí la creación o recuperación de términos, la utilización de expresiones alemanas difíciles de traducir y la insistencia en distinguir conceptos que el lenguaje corriente tiende a confundir. Para un lector acostumbrado a la exposición sistemática, el texto puede resultar árido. Sin embargo, esa dificultad no es completamente accidental. Heidegger pretende que el lector abandone determinados hábitos conceptuales y observe de otra manera fenómenos que normalmente considera obvios.
En este sentido, una obra colectiva como la compilada por Xolocotzi Yáñez y Gibu Shimabukuro cumple una función particularmente útil. En lugar de presentar «Ser y Tiempo» como una pieza cerrada que debe ser descifrada mediante una única clave, permite observar cómo diferentes investigadores se aproximan a sus problemas. Esto resulta fundamental porque Heidegger no puede reducirse a una serie de definiciones. Sus conceptos forman una red en la que cada término adquiere sentido a partir de su relación con los demás. Explicar el Dasein sin el ser-en-el-mundo, la autenticidad sin la cotidianidad, la muerte sin la temporalidad o el cuidado sin la facticidad conduce inevitablemente a simplificaciones.
También es importante recordar que «Ser y Tiempo» quedó inconclusa. Heidegger proyectaba una estructura mucho más amplia de la que finalmente llegó a publicar. El proyecto inicial debía conducir hacia una interpretación temporal del ser en general, pero la obra publicada se concentra fundamentalmente en la analítica existencial del Dasein. Esta incompletitud no disminuye su importancia, aunque sí obliga a leerla como parte de un proyecto filosófico que posteriormente Heidegger reformularía. El llamado “giro” de su pensamiento modificaría significativamente el vocabulario y las preocupaciones de su filosofía posterior, pero muchas cuestiones fundamentales —la relación entre ser, tiempo, lenguaje, historia y existencia— ya se encuentran planteadas aquí.
La influencia de «Ser y Tiempo» ha sido extraordinaria. La filosofía existencial encontró en Heidegger herramientas decisivas para pensar la finitud, la angustia, la libertad y la autenticidad. La hermenéutica tomó de él una concepción de la comprensión como estructura fundamental de la existencia. La fenomenología posterior desarrolló y discutió su análisis del mundo vivido. La teoría crítica, la filosofía política y diversas corrientes de las ciencias humanas encontraron en sus análisis de la cotidianidad y de la historicidad elementos útiles, aunque también problemáticos. Incluso autores profundamente críticos de Heidegger tuvieron que enfrentarse con su obra porque muchas de las preguntas que abrió resultaron imposibles de ignorar.
Naturalmente, la recepción de Heidegger no está exenta de problemas. Cualquier acercamiento contemporáneo a su pensamiento debe considerar la cuestión de su relación con el nacionalsocialismo, especialmente su pertenencia al Partido Nazi y su actividad como rector de la Universidad de Friburgo. Este aspecto no puede ser simplemente eliminado de la historia intelectual del autor, como tampoco resulta suficiente utilizarlo para descartar automáticamente toda su filosofía. La relación entre su pensamiento filosófico y sus posiciones políticas ha generado una discusión extensa y todavía controvertida. Una lectura responsable debe evitar tanto la hagiografía como la reducción de toda su obra a su biografía política. El problema consiste en analizar críticamente qué elementos de su filosofía pueden vincularse con determinadas concepciones políticas y cuáles requieren ser comprendidos en otro nivel. Precisamente una perspectiva plural resulta útil para abordar semejantes tensiones sin convertirlas en un juicio sumario.
Otro aspecto que merece atención es la relación entre Heidegger y la tradición metafísica occidental. «Ser y Tiempo» no constituye simplemente una continuación de la filosofía anterior, pero tampoco puede comprenderse sin Platón, Aristóteles, Agustín, Descartes, Kant y otros autores. Heidegger reconstruye la tradición para mostrar cómo la pregunta por el ser habría sido desplazada progresivamente por determinadas concepciones del ente. Su lectura de la historia de la filosofía no es neutral ni meramente historiográfica: utiliza a los filósofos anteriores para reconstruir el problema que quiere plantear. En ese sentido, su obra combina historia de la filosofía y transformación filosófica.
La cuestión del tiempo permite además establecer un diálogo particularmente rico con la tradición. Frente a la concepción del tiempo como una sucesión homogénea de momentos, Heidegger propone pensar la temporalidad desde la estructura de la existencia. El futuro, el pasado y el presente no son compartimentos independientes, sino dimensiones articuladas del modo en que el Dasein existe. Esta concepción tuvo consecuencias importantes para posteriores reflexiones sobre historicidad, memoria y experiencia. El ser humano no solamente “está” en el tiempo: es temporal en un sentido mucho más profundo.
La historicidad aparece entonces como una consecuencia necesaria. Si estamos arrojados en un mundo y recibimos posibilidades heredadas, nuestra existencia es inseparable de una historia. Pero la historia no consiste simplemente en una sucesión de acontecimientos externos. También es aquello que heredamos y reinterpretamos. La tradición puede ser una carga que nos domina inconscientemente, pero también puede convertirse en algo que apropiamos críticamente. Esta ambivalencia resulta fundamental: no podemos existir sin herencia, pero tampoco estamos condenados a repetirla mecánicamente.
Por todo ello, «Ser y Tiempo», de Heidegger, en Perspectiva constituye una invitación a leer a Heidegger no como una figura intocable de la historia de la filosofía, sino como un pensador que continúa planteando problemas incómodos. La obra compilada permite comprender que la vigencia de Heidegger no depende de aceptar todas sus tesis, sino de reconocer la capacidad de sus preguntas para desestabilizar categorías aparentemente evidentes. ¿Qué significa existir? ¿Hasta qué punto nuestras decisiones son realmente nuestras? ¿Cuánto de lo que pensamos proviene de nosotros y cuánto del “uno”? ¿Qué significa habitar un mundo? ¿Cómo intervienen el lenguaje, la historia y la temporalidad en nuestra comprensión de nosotros mismos? ¿Qué ocurre cuando la conciencia de nuestra finitud modifica nuestra relación con las posibilidades de la vida? Son preguntas que no han perdido actualidad porque la modernización tecnológica no ha eliminado la existencia humana ni sus problemas fundamentales.
Quizá uno de los mayores méritos de este volumen sea precisamente mostrar que leer «Ser y Tiempo» no consiste en memorizar términos alemanes ni en atravesar solemnemente un bosque de conceptos filosóficos incomprensibles. Consiste en aceptar que aquello que normalmente damos por sentado —existir, hablar, elegir, convivir, trabajar, proyectarnos, preocuparnos, morir— puede convertirse en objeto de una interrogación radical. Heidegger comienza allí donde normalmente dejamos de preguntar porque creemos que ya sabemos la respuesta. Sabemos qué significa existir porque existimos; sabemos qué significa el tiempo porque todos los días miramos el reloj; sabemos qué significa estar con otros porque convivimos. Pero precisamente esa familiaridad puede ocultar la estructura de aquello que hacemos. La filosofía aparece entonces como una interrupción de la evidencia cotidiana.
En una época caracterizada por la aceleración permanente, la multiplicación de estímulos y la presión constante por producir, consumir, comunicar y responder, la reflexión heideggeriana sobre la temporalidad y la existencia adquiere una resonancia particular. La experiencia contemporánea parece muchas veces dominada por el presente inmediato, por la urgencia de lo que acaba de ocurrir y por la anticipación permanente de aquello que todavía no sucede. Sin embargo, Heidegger obliga a pensar el tiempo no como simple velocidad sino como estructura de nuestra existencia. Del mismo modo, frente a una cultura que celebra constantemente la individualidad, su análisis del “uno” invita a preguntar cuánto de esa supuesta originalidad está realmente construido a partir de modelos sociales compartidos. Y frente a una cultura saturada de información, su análisis de la habladuría, la curiosidad y la ambigüedad permite distinguir entre estar expuesto a innumerables contenidos y comprender realmente aquello que se dice.
La riqueza del libro reside, finalmente, en que no clausura esas preguntas. Una buena obra dedicada a un clásico filosófico no debería convertirlo en una pieza de museo perfectamente etiquetada, y este volumen resulta interesante justamente porque permite que «Ser y Tiempo» continúe funcionando como problema. Heidegger puede ser discutido, criticado, rechazado en determinados aspectos e incluso confrontado con posiciones filosóficas incompatibles con la suya, pero difícilmente pueda ser ignorado por quien quiera comprender buena parte de la filosofía contemporánea. Su influencia fue demasiado profunda y sus interrogantes demasiado persistentes. «Ser y Tiempo» transformó la manera de pensar la existencia, la temporalidad, la historicidad, el mundo, la muerte, la autenticidad y la comprensión, y el conjunto compilado por Ángel Xolocotzi Yáñez y Ricardo Gibu Shimabukuro ofrece herramientas para aproximarse a esa transformación desde diferentes perspectivas. Su valor no consiste en hacer que Heidegger resulte fácil —probablemente ninguna introducción pueda conseguirlo completamente—, sino en hacer visible por qué vale la pena afrontar su dificultad. Detrás de su lenguaje áspero y de su arquitectura conceptual se encuentra una de las tentativas más ambiciosas de la filosofía moderna: volver a formular la pregunta por el ser a partir de la existencia concreta de quien pregunta. Y quizá sea justamente esa inversión la que mantiene viva la obra: para comprender qué significa el ser no podemos comenzar desde algún punto exterior a nuestra propia existencia, porque la pregunta ya nos encuentra viviendo, interpretando, eligiendo, recordando, proyectándonos y avanzando inevitablemente hacia nuestra propia finitud.
(Contraseña: ganz1912)
👇Si querés el libro en papel:👇
https://meli.la/1za7oV8

Por ganz 1912

Deja una respuesta

You missed

«Espíritu Absoluto» «Sociedad del Conocimiento» Absoluto Alfabetización Aprendizaje Argumentación Aristóteles Autoconocimiento Autoridad Bacon, Francis Bentham, Jeremy Berkeley, George Buber, Martin Ciencia Ciencia Griega Ciencia Moderna Comte, Auguste Comunicación Comunicación Social Concepto Conciencia Conocimiento Humano Creencia Cultura De Hipona, Agustín Democratización del Conocimiento Descartes, René Dewey, John Dialéctica Dilthey, Wilhelm Duda Metódica Ebner, Frederick Educación Empirismo Enseñanza Entendimiento Epistemología Escoto Escritura Existencia Experiencia Fenomenología Fichte, Johann Gottlieb Filosofía Analítica Filosofía Griega Filosofía Medieval Formación Académica Frege, Friedrich Ludwig Gottlob Funciones Sociales del Lenguaje Gadamer, Hans-Georg Hegel, Georg Wilhelm Friedrich Heidegger, Martin Heráclito Hermenéutica Hobbes, Thomas Hume, David Husserl, Edmund Idealismo Idealismo Absoluto Idealismo Trascendental Iluminismo Información Inteligencia Artificial Intencionalidad Interacción Social Interpretación Intersubjetividad James, William Jaspers, Karl Theodor Juicio Kant, Immanuel Kierkegaard, Søren Leibniz, Gottfried Wilhelm Lenguaje Libertad Lingüística Locke, John Maritain, Jacques Mente Merleau-Ponty, Maurice Metafísica Modernidad Objetividad Ockham, Guillermo de Oralidad Parménides Peirce, Charles S. Pensamiento Científico Pensamiento Crítico Platón Poder Positivismo Pragmatismo Redes Sociales Renacimiento Santo Tomás de Aquino Sartre, Jean-Paul Scheler, Max Sentido Común Significado Signo Sociedad de la Información Sócrates Stuart Mill, John Sujeto Tecnología Teoría del Conocimiento Totalidad Trascendentalidad Universalidad Utilitarismo Verdad Wittgenstein, Ludwig

Conocimiento y Comunicación

Agricultura América Latina Argentina Atraso Bolívar, Simón Bolivia Brasil Capital Extranjero Capitalismo Capitalismo Argentino Caribe Centroamérica Chile Ciencia Ciudadanía Coerción Colombia Colonialismo Comercio Internacional Competencia Concentración de la Tierra Crédito Cuba Democracia Dependencia Desigualdad Social Desindustrialización Discurso Dominación Educación Élites Emancipación España Estado Estado-Nación Estados Unidos Estructura Productiva Estructura Social Evangelismo Excedente Exclusión Social Explotación Exportaciones Extractivismo Fragmentación Geopolítica Guerra Hispanoamérica Historia Económica Historia Económica Argentina Historia Latinoamericana Historia Política Historiografía Homogeneización Iglesia Católica Imperialismo Importaciones Independencia Industrialización Inglaterra Innovación Instituciones Latifundio Liberación Nacional Liberalismo Libertadores Manufactura Materias Primas Memoria Colectiva Mercado Mercado de Trabajo Mercado Mundial Mercado Nacional México Modelo Agroexportador Modernización Monarquías Hispánicas Nacionalismo Narrativa Navegación Neocolonialismo O’Higgins, Bernardo Oligarquía Patriotismo Perú Poder Productividad Propiedad Privada Pueblos Originarios Puerto Rico Recursos Naturales Regionalización Relación Centro-Periferia Relaciones Internacionales República Revolución Mexicana Revoluciones de Independencia San Martín, José de Siglo XIX Soberanía Subdesarrollo Sucre, Antonio José de Tecnología Territorio Trabajo Universidad Urbanización Venezuela Violencia

Malditos Libertadores (Historia del Subdesarrollo Latinoamericano)