GEORGE YÚDICE – El Recurso de la Cultura (Usos de la Cultura en la Era Global)

“El Recurso de la Cultura (Usos de la Cultura en la Era Global)” de George Yúdice es una obra particularmente importante para comprender una transformación profunda que afecta a la cultura contemporánea: el pasaje desde una concepción de la cultura como ámbito relativamente autónomo de creación, expresión y producción de sentido hacia una concepción en la que la cultura se convierte cada vez más en un recurso que puede ser movilizado para alcanzar objetivos económicos, políticos, sociales, urbanos y administrativos. Yúdice no se limita a describir la creciente importancia de la cultura en las sociedades globalizadas, sino que examina críticamente las condiciones que han permitido que las prácticas culturales sean incorporadas a estrategias de desarrollo, políticas de inclusión, proyectos de revitalización urbana, programas de cooperación internacional, industrias culturales, políticas de identidad y mecanismos de gestión de poblaciones. La palabra “recurso” resulta decisiva porque desplaza la discusión: ya no se trata solamente de preguntarse qué es la cultura o cuál es su valor intrínseco, sino qué puede hacerse con ella, quién puede utilizarla, para qué fines, bajo qué condiciones y con qué consecuencias. La cultura aparece así integrada en una economía política mucho más amplia en la que puede generar empleo, atraer inversiones, revitalizar barrios, promover el turismo, administrar conflictos, construir identidades colectivas, favorecer la cohesión social o legitimar determinadas políticas públicas. Lo que podría parecer, a primera vista, una expansión extraordinariamente positiva del reconocimiento social de la cultura, adquiere en el análisis de Yúdice una dimensión mucho más ambivalente: la cultura gana importancia precisamente porque se vuelve útil para resolver problemas que anteriormente pertenecían a otros campos de intervención.
La tesis resulta especialmente potente porque permite comprender por qué durante las últimas décadas la palabra “cultura” comenzó a aparecer en lugares donde antes prácticamente no estaba. Cultura y desarrollo, cultura y economía, cultura y ciudadanía, cultura y seguridad, cultura y regeneración urbana, cultura y turismo, cultura y derechos humanos, cultura y cooperación internacional: la proliferación de estas asociaciones no es una simple moda terminológica. Revela un cambio en la manera de concebir la función social de las prácticas culturales. Museos, centros culturales, festivales, patrimonio, música, artes visuales, literatura, cine, diseño, industrias creativas y expresiones populares dejan de ser considerados únicamente espacios relacionados con la creación simbólica y pasan a integrarse en programas destinados a producir determinados efectos económicos o sociales. Una política cultural ya no necesita justificarse exclusivamente por la importancia de una obra, la conservación de un patrimonio o el derecho de acceso a las artes; puede justificarse porque genera empleo, mejora la imagen de una ciudad, reduce la conflictividad, atrae turismo, estimula la participación ciudadana o contribuye a la inclusión de grupos considerados vulnerables. Esta transformación es precisamente lo que Yúdice intenta analizar: la cultura se convierte en una especie de moneda de uso múltiple capaz de circular entre instituciones y campos que anteriormente parecían separados.
En este sentido, el libro se encuentra estrechamente relacionado con las transformaciones del capitalismo global. Yúdice observa que la cultura ha adquirido una importancia económica creciente dentro de un sistema en el que los bienes simbólicos, las imágenes, las experiencias, los estilos de vida y las identidades poseen un valor cada vez mayor. Pero su argumento va más allá de afirmar que la cultura se ha convertido en una industria. La cuestión no se reduce al mercado cultural tradicional ni a la comercialización de obras artísticas. Lo que cambia es la lógica misma mediante la cual la cultura es incorporada a la gestión social. La cultura puede ser utilizada por gobiernos, empresas, organizaciones no gubernamentales, organismos internacionales y movimientos sociales. Todos estos actores pueden movilizarla para objetivos diferentes y, en ocasiones, contradictorios. Precisamente por eso el concepto de “recurso” resulta más amplio que el de mercancía. Algo puede funcionar como recurso sin ser vendido directamente. Una tradición puede convertirse en atractivo turístico; una expresión artística puede utilizarse para promover la integración social; un barrio culturalizado puede aumentar su valor inmobiliario; una identidad étnica puede transformarse en instrumento de reivindicación política; un festival puede contribuir simultáneamente al desarrollo local y a la explotación comercial de una imagen territorial.
Una de las contribuciones fundamentales de Yúdice consiste en mostrar que esta instrumentalización de la cultura no debe interpretarse únicamente como una decadencia provocada por la economía de mercado. Sería demasiado sencillo imaginar un pasado idílico en el que la cultura era pura, autónoma y desinteresada, y un presente en el que el capitalismo habría venido a corromperla. El autor es más cuidadoso. La cultura siempre ha cumplido funciones sociales y políticas, siempre ha estado relacionada con instituciones, poderes, identidades y conflictos. Lo novedoso es la intensidad y extensión con que esas funciones se articulan actualmente con mecanismos de gestión y con objetivos de desarrollo. La cultura es convocada para resolver problemas que antes se pensaban en términos económicos, sociales o políticos. Este desplazamiento constituye una transformación estructural y no simplemente un cambio de lenguaje.
La relación entre cultura y desarrollo es especialmente reveladora. Durante buena parte del siglo XX, las teorías del desarrollo tendieron a privilegiar indicadores económicos, infraestructura, industrialización, empleo, productividad y crecimiento. Con el tiempo, sin embargo, comenzó a reconocerse que los procesos de desarrollo no podían explicarse exclusivamente mediante variables económicas. La cultura pasó entonces a ser presentada como una dimensión fundamental del desarrollo humano y comunitario. Esta incorporación tuvo consecuencias positivas evidentes: permitió reconocer prácticas, conocimientos y formas de organización que habían sido ignoradas por modelos económicos excesivamente tecnocráticos. Pero también generó una nueva instrumentalización. La cultura empezó a ser valorada porque podía “servir” para producir desarrollo. El problema ya no era simplemente garantizar condiciones para la creación cultural, sino demostrar que una determinada inversión cultural producía resultados medibles. La cultura debía justificar su existencia mediante indicadores, impactos, beneficiarios, proyectos, resultados y retornos.
Aquí aparece una de las tensiones centrales del libro. Si la cultura debe demostrar constantemente su utilidad, ¿qué ocurre con aquellas prácticas cuyo valor no puede traducirse fácilmente en indicadores económicos o sociales? ¿Qué sucede con la creación que no genera empleo, con el patrimonio que no atrae turistas, con una obra cuyo público es reducido, con una actividad cultural cuyo principal efecto consiste simplemente en ampliar las posibilidades de experiencia y pensamiento? La lógica del recurso corre el riesgo de privilegiar aquellas expresiones que pueden demostrar rápidamente su utilidad. La cultura que produce resultados cuantificables obtiene legitimidad institucional; aquella cuyo beneficio es más difuso, lento o imprevisible puede quedar relegada. De este modo, la expansión del reconocimiento de la cultura puede producir simultáneamente nuevas formas de subordinación.
La cuestión resulta particularmente visible en las políticas urbanas. La cultura se ha convertido en una herramienta privilegiada para transformar ciudades y territorios. La apertura de museos, centros culturales, festivales y espacios creativos puede revitalizar áreas deterioradas, generar nuevas actividades económicas y modificar la imagen de una ciudad. El llamado atractivo cultural puede convertirse en estrategia de competencia entre ciudades dentro de una economía global donde los territorios buscan atraer turistas, inversiones, empresas y profesionales. La ciudad se transforma en una marca y la cultura se convierte en uno de sus principales componentes. El patrimonio histórico, la arquitectura, la gastronomía, la música, el arte urbano y los eventos culturales pueden ser incorporados a una estrategia de posicionamiento territorial.
Sin embargo, esa misma transformación puede producir procesos de desplazamiento y gentrificación. Un barrio que durante décadas fue considerado marginal puede comenzar a ser revalorizado cuando sus expresiones culturales adquieren atractivo económico. Lo que antes era visto como pobreza puede transformarse en “autenticidad”; lo que antes era considerado informal puede convertirse en patrimonio; las prácticas culturales de sus habitantes pueden ser utilizadas para construir una nueva imagen del territorio. Pero el aumento del valor inmobiliario puede terminar expulsando precisamente a las poblaciones cuya cultura hizo atractivo el barrio. La paradoja es evidente: la cultura de una comunidad puede ser utilizada para revalorizar un territorio mientras esa misma comunidad pierde las condiciones materiales para continuar habitándolo. La cultura funciona entonces como recurso de valorización y, al mismo tiempo, como mecanismo potencial de desplazamiento.
Este análisis permite comprender una característica fundamental del capitalismo contemporáneo: su capacidad para apropiarse no solamente de objetos y mercancías, sino también de significados, estilos de vida, identidades y diferencias. Aquello que originalmente podía existir fuera del mercado puede convertirse en fuente de valor económico. La diferencia cultural, lejos de constituir necesariamente un obstáculo para el mercado, puede transformarse en uno de sus activos más rentables. La diversidad se promociona, las identidades se exhiben, las tradiciones se empaquetan y las experiencias se comercializan. La globalización no elimina las diferencias culturales; en muchos casos las convierte en mercancías particularmente atractivas.
Pero Yúdice no plantea una relación exclusivamente unilateral entre mercado y cultura. Las comunidades también pueden utilizar estratégicamente sus recursos culturales para obtener reconocimiento, recursos institucionales y capacidad política. Este punto resulta importante porque evita una interpretación excesivamente determinista. Si una comunidad convierte su identidad cultural en un instrumento para negociar con el Estado, defender un territorio o reclamar derechos, la utilización estratégica de la cultura no puede ser interpretada simplemente como una derrota. Puede constituir una forma de agencia. El problema consiste en reconocer las condiciones dentro de las cuales esa agencia se desarrolla. Cuando una comunidad debe presentar su identidad en un formato reconocible por organismos internacionales, instituciones estatales o financiadores privados para obtener recursos, también se produce una transformación de aquello que esa comunidad puede mostrar como su propia cultura.
Aquí adquieren especial relevancia los organismos internacionales y las nuevas formas de gobernanza cultural. Yúdice analiza un mundo en el que las políticas culturales ya no son diseñadas exclusivamente por los Estados nacionales. Organismos multilaterales, fundaciones, organizaciones no gubernamentales, empresas transnacionales y redes internacionales intervienen cada vez más en la definición de qué prácticas merecen apoyo y cómo deben ser administradas. La cultura entra así en una compleja circulación global de proyectos, financiamiento, discursos y criterios de evaluación. Esta internacionalización puede ampliar oportunidades y recursos, pero también puede imponer modelos institucionales y categorías que no siempre coinciden con las necesidades locales.
La noción de sociedad civil también aparece transformada. Las organizaciones culturales pueden funcionar como espacios de participación democrática, reivindicación identitaria y construcción comunitaria. Pero al mismo tiempo pueden quedar atrapadas en una lógica de proyectos en la que su supervivencia depende de financiamientos, convocatorias y resultados previamente establecidos. La cultura se convierte entonces en un terreno de administración mediante proyectos. Una organización debe aprender a formular objetivos, indicadores, beneficiarios, cronogramas y resultados esperados para obtener recursos. La creatividad y la acción colectiva adquieren así un lenguaje burocrático que puede parecer extraño a las prácticas que pretende apoyar. La cultura, convertida en proyecto, debe demostrar permanentemente que merece seguir existiendo.
Este proceso resulta especialmente interesante desde una perspectiva crítica porque revela una transformación más general de las relaciones entre Estado, mercado y sociedad civil. Allí donde antes podían existir instituciones públicas relativamente estables, aparecen programas temporales; donde antes se hablaba de derechos, ahora se habla de proyectos; donde antes una política podía justificarse por principios universales, ahora debe demostrar eficiencia y resultados. La cultura se adapta particularmente bien a esta lógica porque puede ser presentada como un campo flexible, innovador y capaz de producir múltiples beneficios. Precisamente por eso corre el riesgo de convertirse en una solución universal para problemas que no son necesariamente culturales.
Yúdice analiza también el vínculo entre cultura e identidad. En las sociedades contemporáneas, la cultura se ha convertido en un terreno central de reivindicación de identidades étnicas, raciales, nacionales, sexuales y comunitarias. Este fenómeno ha permitido cuestionar formas históricas de exclusión y ha otorgado visibilidad a grupos que anteriormente eran silenciados. La cultura puede proporcionar un lenguaje mediante el cual una comunidad se reconoce a sí misma y reclama derechos frente a instituciones que antes la ignoraban. Pero la identidad también puede ser administrada y convertida en una categoría burocrática. Una institución necesita identificar poblaciones, clasificarlas y diseñar programas específicos para ellas. La diferencia cultural se vuelve entonces legible para la administración, pero esa legibilidad puede simplificar identidades complejas y cambiantes.
La paradoja es profunda: para obtener reconocimiento, una comunidad puede verse obligada a definirse de una manera relativamente estable. La institución necesita saber quiénes son, qué cultura representan y qué necesidades tienen. Pero las identidades reales rara vez funcionan de forma tan ordenada. Son históricas, híbridas, conflictivas y cambiantes. La cultura institucionalizada puede terminar congelando como tradición aquello que en la vida cotidiana estaba permanentemente transformándose. El reconocimiento puede producir simultáneamente visibilidad y fijación.
Esta problemática resulta especialmente importante en América Latina, donde las políticas culturales se encuentran atravesadas por historias de colonialismo, desigualdad, racismo, exclusión y construcción nacional. Las culturas populares, indígenas, afrodescendientes y mestizas han sido frecuentemente objeto de apropiación, folklorización o marginalización. La incorporación de esas expresiones a políticas culturales puede representar un avance significativo respecto de su invisibilización histórica, pero también puede producir una versión domesticada de la diferencia. Una cultura es reconocida mientras resulte compatible con el formato institucional en el que debe presentarse. Se celebra la diversidad, siempre que pueda ser administrada, exhibida y financiada.
La industria cultural constituye otra dimensión central. La expansión global de los medios, la música, el cine, la televisión y posteriormente las plataformas digitales ha modificado radicalmente las condiciones de producción y circulación cultural. Los bienes culturales pueden llegar a públicos globales, pero esa circulación se encuentra organizada por grandes estructuras empresariales que controlan tecnologías, distribución y visibilidad. La globalización cultural no significa simplemente que todas las culturas tengan ahora la posibilidad de circular libremente. La capacidad de hacerse visible depende de infraestructuras, mercados, intermediarios y plataformas que establecen jerarquías.
El concepto de recurso permite comprender esta situación de manera particularmente eficaz. Una práctica cultural puede convertirse en recurso económico cuando es incorporada a una cadena de valor; en recurso político cuando fortalece una identidad colectiva; en recurso social cuando contribuye a construir redes comunitarias; en recurso urbano cuando revitaliza un territorio; en recurso diplomático cuando mejora la imagen de un país; y en recurso institucional cuando permite acceder a programas de financiamiento. La misma práctica puede desempeñar varias de estas funciones simultáneamente. La cultura ya no aparece como una esfera aislada, sino como un conjunto de capacidades que circulan entre diferentes sistemas sociales.
Pero esta multiplicidad también genera una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando una práctica cultural deja de ser valorada por aquello que es y comienza a ser valorada principalmente por aquello que produce? El riesgo no reside solamente en la comercialización. También puede existir una instrumentalización progresista de la cultura. Una institución puede financiar una actividad artística porque contribuye a reducir la violencia, mejorar la autoestima juvenil o facilitar la inclusión de grupos vulnerables. Los objetivos pueden ser perfectamente legítimos. Sin embargo, la cultura termina siendo convocada como herramienta para solucionar problemas cuya raíz puede encontrarse en estructuras económicas, políticas o sociales. Se espera que un taller artístico haga aquello que las políticas laborales, educativas o urbanas no han podido hacer. Se espera que un centro cultural regenere un barrio. Se espera que un festival construya ciudadanía. Se espera que el arte cure heridas sociales. El resultado puede ser una sobrecarga de expectativas sobre la cultura.
Esta crítica resulta particularmente pertinente en contextos donde las políticas públicas se encuentran debilitadas. Cuanto menos capacidad posee el Estado para resolver estructuralmente un problema, más tentador resulta recurrir a intervenciones culturales de pequeña escala que pueden exhibir resultados rápidos y simbólicamente atractivos. La cultura aparece entonces como una solución relativamente barata para problemas extraordinariamente complejos. Una actividad artística puede generar vínculos reales y valiosos, pero no puede sustituir indefinidamente políticas de vivienda, educación, salud, empleo o redistribución. Convertirla en sustituto de esas políticas puede terminar ocultando las causas estructurales de los problemas que pretende enfrentar.
La obra también permite comprender el desplazamiento desde una concepción normativa de la cultura hacia una concepción pragmática. Tradicionalmente, las políticas culturales podían justificarse mediante valores como belleza, patrimonio, educación estética, libertad de expresión o acceso a las artes. En la lógica del recurso, la pregunta cambia: ¿qué resultados genera esta inversión? ¿Cuántos empleos produce? ¿Cuántos visitantes atrae? ¿Cuánto dinero moviliza? ¿Cuántas personas participan? ¿Qué impacto social produce? Este lenguaje puede aportar mecanismos de evaluación y transparencia, pero también modifica el criterio mediante el cual una práctica cultural obtiene legitimidad. Aquello que no puede demostrar fácilmente su utilidad corre el riesgo de ser considerado prescindible.
La tensión entre valor y utilidad atraviesa así todo el libro. No se trata de afirmar que la cultura no deba generar beneficios económicos o sociales. Las actividades culturales pueden efectivamente generar empleo, ingresos, cohesión comunitaria y desarrollo territorial. El problema aparece cuando la utilidad se convierte en la única forma legítima de justificar la existencia de la cultura. La creación cultural tiene una dimensión de imprevisibilidad que difícilmente pueda reducirse a indicadores. Una obra puede no generar beneficios inmediatos y, sin embargo, modificar profundamente la sensibilidad de una sociedad. Un libro puede ser leído por pocas personas y producir consecuencias intelectuales durante décadas. Una práctica comunitaria puede parecer económicamente irrelevante y constituir una de las principales formas de memoria colectiva de un grupo. La lógica del recurso tiene dificultades para reconocer estos efectos precisamente porque no son fácilmente convertibles en resultados cuantificables.
La reflexión de Yúdice adquiere además una dimensión política cuando se considera quién decide qué cultura merece convertirse en recurso. No todas las expresiones culturales poseen las mismas posibilidades de acceder a financiamiento, instituciones o mercados. Algunas son fácilmente traducibles al lenguaje de las industrias culturales, del turismo o del desarrollo; otras resultan menos compatibles con esos circuitos. Por lo tanto, la economía cultural también produce jerarquías. La cultura no entra en circulación dentro de un campo neutral: existen actores capaces de definir qué expresiones resultan atractivas, auténticas, rentables o políticamente convenientes.
Esto conduce a una cuestión fundamental sobre el poder de representación. Quien controla la capacidad de representar una cultura puede influir también en la manera en que esa cultura es percibida. Un territorio puede ser promocionado como exótico, creativo, auténtico, peligroso, tradicional o innovador dependiendo de los intereses de quienes producen su imagen. El recurso cultural no es simplemente algo que una comunidad posee; también es algo que otros actores pueden interpretar y utilizar. El turismo constituye un ejemplo claro: una cultura puede ser presentada al visitante mediante determinados símbolos cuidadosamente seleccionados, mientras otros aspectos de la vida social permanecen fuera del relato porque resultan menos atractivos comercialmente.
La globalización intensifica estas operaciones porque permite que imágenes culturales circulen a gran velocidad. Una práctica local puede convertirse en fenómeno internacional, pero al hacerlo puede experimentar una transformación profunda. El mercado global no necesariamente reproduce la práctica original; puede seleccionar determinados elementos, simplificarlos y adaptarlos a expectativas externas. La cultura se vuelve portable. Puede ser separada parcialmente de su contexto y convertida en imagen, producto o experiencia. Esto no significa que toda circulación global destruya la autenticidad, concepto que Yúdice invita indirectamente a tratar con cautela, sino que obliga a reconocer que las culturas siempre han estado en movimiento y que la globalización introduce nuevas condiciones de circulación y apropiación.
Uno de los grandes méritos del libro es precisamente evitar una nostalgia simplista por una supuesta cultura auténtica anterior al mercado. Las culturas nunca fueron completamente puras ni estáticas. Siempre hubo intercambios, apropiaciones, mezclas, conflictos e influencias. La cuestión no es defender una autenticidad imaginaria, sino analizar las relaciones de poder que determinan quién puede apropiarse de qué, quién obtiene beneficios de una determinada representación y quién queda excluido de ellos. Una práctica cultural puede transformarse sin dejar de ser significativa para quienes la realizan; lo que importa es examinar las condiciones materiales y políticas de esa transformación.
El planteamiento de Yúdice resulta especialmente fecundo para pensar la cultura latinoamericana porque la región ha experimentado una fuerte tensión entre políticas de democratización cultural y procesos de mercantilización. Por un lado, la reivindicación de culturas populares y subalternas ha permitido cuestionar viejas jerarquías culturales que identificaban la cultura legítima con determinados cánones europeos o con las instituciones de las élites. Por otro, esas mismas expresiones populares pueden ser incorporadas a circuitos comerciales que las despolitizan o las convierten en mercancías. Una estética nacida de una experiencia de exclusión puede terminar siendo utilizada para vender una ciudad; una expresión musical surgida de un contexto popular puede convertirse en producto global; una identidad comunitaria puede transformarse en marca turística.
Esta contradicción no implica que toda institucionalización sea negativa. Los recursos públicos y las instituciones culturales pueden ser fundamentales para garantizar que expresiones que no resultan rentables comercialmente tengan condiciones de existencia. El problema es quién controla esos recursos y bajo qué criterios se distribuyen. La cultura puede democratizarse mediante políticas públicas, pero también puede convertirse en un instrumento de administración social. Puede ampliar derechos y, simultáneamente, generar nuevas formas de clasificación. Puede fortalecer comunidades y también facilitar su incorporación a mercados. Puede resistir al capitalismo y ser absorbida por él. La ambivalencia no es una anomalía: constituye uno de los rasgos centrales del campo cultural contemporáneo.
Desde esta perspectiva, “El Recurso de la Cultura” puede leerse como una obra que anticipa debates hoy todavía más visibles. La economía creativa, las industrias culturales, la economía naranja, el turismo cultural, la regeneración urbana mediante espacios artísticos, las políticas de inclusión a través de la cultura y la utilización de identidades locales como marcas territoriales han adquirido una importancia enorme. Incluso las plataformas digitales convierten permanentemente la creatividad de los usuarios en recurso económico. Fotografías, videos, música, relatos, opiniones y formas de interacción producen valor para empresas que organizan la infraestructura donde esas prácticas circulan. La cultura deja de ser solamente un conjunto de productos que compramos y pasa a constituir una actividad cotidiana cuya producción puede ser monetizada de múltiples maneras.
En este nuevo escenario, la tesis de Yúdice adquiere todavía mayor fuerza. La cultura no es únicamente consumida: es utilizada. Se utiliza para construir perfiles, vender productos, posicionar territorios, generar comunidades, obtener reconocimiento, disputar derechos, atraer inversiones, organizar movimientos políticos y administrar poblaciones. La pregunta por los usos de la cultura resulta por eso más importante que nunca. No basta con preguntar si una determinada política cultural es “buena” o “mala”; hay que preguntar qué relaciones sociales produce, quién se beneficia, quién queda fuera, qué categorías utiliza y qué concepción de cultura presupone.
El libro exige, en última instancia, abandonar la idea de que la cultura ocupa una pequeña zona decorativa de la sociedad, reservada para museos, teatros, bibliotecas y festivales. La cultura se encuentra profundamente integrada en la economía política contemporánea. Está presente en la producción de valor, en la construcción de identidades, en la competencia entre ciudades, en las estrategias empresariales, en las políticas de desarrollo, en las luchas por reconocimiento y en las formas de gobierno. Precisamente porque se ha vuelto tan importante, también se ha convertido en un terreno de disputa. Quien define qué cuenta como cultura y para qué puede utilizarse participa en la definición de qué formas de vida reciben reconocimiento y cuáles permanecen marginalizadas.
La principal fortaleza de “El Recurso de la Cultura (Usos de la Cultura en la Era Global)” consiste en hacer visible esa transformación sin reducirla a una simple oposición entre cultura y mercado. George Yúdice muestra un campo mucho más complejo en el que Estado, empresas, organismos internacionales, organizaciones sociales, comunidades y movimientos culturales utilizan recursos simbólicos para alcanzar objetivos diversos. La cultura puede convertirse en mercancía, pero también en herramienta de reivindicación; puede ser utilizada para gentrificar un barrio, pero también para defenderlo; puede servir para construir una marca turística, pero también para recuperar una memoria negada; puede ser incorporada a políticas de control social, pero también convertirse en espacio de resistencia. La cuestión decisiva no es, por lo tanto, determinar si la cultura es utilizada —porque inevitablemente lo es—, sino comprender quién la utiliza, cómo, con qué recursos y dentro de qué relaciones de poder.
La lectura del libro deja una pregunta especialmente incómoda: ¿qué sucede cuando una sociedad aprende a valorar la cultura principalmente porque puede hacer algo con ella? La pregunta no conduce necesariamente a rechazar los usos sociales de la cultura. Sería imposible y probablemente indeseable. La cultura siempre ha servido para educar, comunicar, organizar comunidades, preservar memorias, expresar conflictos y construir identidades. Lo que merece ser discutido es la reducción de toda práctica cultural a su utilidad instrumental. Cuando una sociedad exige que cada actividad cultural demuestre inmediatamente su rentabilidad económica, su impacto social o su capacidad para resolver algún problema administrativo, corre el riesgo de olvidar que una de las funciones más importantes de la cultura consiste precisamente en abrir posibilidades que no pueden anticiparse completamente. La cultura también sirve para cuestionar los fines establecidos, imaginar otros mundos, conservar aquello que el mercado considera inútil, formular preguntas sin respuesta rentable y producir experiencias cuyo valor no cabe en una planilla de resultados.
Ese es, probablemente, el aspecto más fértil de la obra de Yúdice. No se limita a advertir que el capitalismo utiliza la cultura; muestra que la propia centralidad contemporánea de la cultura es inseparable de esa utilización. La cultura se vuelve poderosa porque se vuelve recurso, pero al convertirse en recurso también queda sometida a nuevas formas de evaluación, administración y apropiación. Su expansión institucional no significa automáticamente autonomía. Puede significar, en algunos casos, exactamente lo contrario: una integración más profunda en mecanismos económicos y políticos que anteriormente parecían exteriores a ella.
“El Recurso de la Cultura” es, por eso, un libro imprescindible para comprender las transformaciones de la cultura en la globalización. Su importancia no reside únicamente en estudiar las industrias culturales o las políticas culturales, sino en revelar una modificación más profunda de la relación entre cultura, poder y economía. La cultura ya no aparece como un territorio separado de la producción material, sino como uno de los espacios fundamentales donde se produce valor, se gestionan diferencias, se construyen identidades y se disputan recursos. Leer a Yúdice permite observar con mayor claridad esa paradoja: cuanto más indispensable se vuelve la cultura para organizar la vida social contemporánea, mayor es también el riesgo de que sea evaluada exclusivamente por su utilidad. Frente a esa tendencia, el libro no propone regresar a una cultura supuestamente pura y desinteresada, sino comprender las condiciones concretas en las que la cultura se convierte en recurso y las luchas que se desarrollan alrededor de esa transformación. Allí reside su principal aporte: mostrar que la pregunta verdaderamente importante ya no consiste solamente en saber qué es la cultura, sino en averiguar qué hacemos con ella, quién puede hacer uso de ella y qué mundo social termina produciéndose cuando la cultura se convierte en uno de los recursos centrales de la era global.

(Contraseña: ganz1912)
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Por ganz 1912

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