
ROM HARRÉ – El Método de la Ciencia (Curso sobre Ciencia del Conocimiento Basado en los Libros «De Magnete» de William Gilbert y «Vegetable, Staticks» de Stephen Hales)
Rom Harré aborda en «El Método de la Ciencia» una cuestión aparentemente sencilla pero de enorme complejidad: cómo se construye el conocimiento científico y qué procedimientos permiten distinguir una investigación científica de una simple acumulación de observaciones, opiniones o afirmaciones. Su estrategia para responder no consiste en presentar una lista abstracta de reglas metodológicas, sino en reconstruir el funcionamiento de la ciencia a partir de dos investigaciones históricas concretas: «De Magnete», de William Gilbert, publicada en 1600, y «Vegetable Staticks», de Stephen Hales, publicada en 1727. La elección de estas obras resulta especialmente fértil porque ambas permiten observar momentos decisivos en la formación de la ciencia experimental moderna y, al mismo tiempo, muestran que el método científico nunca fue una receta terminada que los investigadores simplemente aplicaron. Gilbert y Hales trabajan con instrumentos, observaciones, mediciones, hipótesis, comparaciones y experimentos, pero también con tradiciones intelectuales, conceptos heredados, errores y problemas que todavía no poseen una solución clara. Harré utiliza esas investigaciones para mostrar la ciencia desde dentro, como una actividad concreta en la que los seres humanos intentan transformar fenómenos naturales en objetos susceptibles de investigación sistemática. De este modo, el libro funciona simultáneamente como introducción a la metodología científica, ejercicio de historia de la ciencia y reflexión epistemológica. Su principal virtud consiste en reemplazar la imagen escolar de un «método científico» compuesto por una sucesión rígida de pasos por una concepción mucho más realista: la ciencia es una práctica racional, experimental, pública y autocorrectiva en la que teoría y experiencia se modifican mutuamente. El científico no se limita a observar una naturaleza que se ofrece espontáneamente a sus sentidos; construye problemas, diseña situaciones experimentales, selecciona variables, fabrica o utiliza instrumentos, establece comparaciones y formula explicaciones. La ciencia comienza, por tanto, mucho antes de que aparezca un resultado numérico y continúa mucho después de obtenerlo, porque todavía es necesario determinar qué significa ese resultado, qué hipótesis permite sostener y qué otras interpretaciones podrían explicar lo observado.
Esta concepción permite comprender por qué Harré concede tanta importancia a William Gilbert. «De Magnete» representa uno de los grandes momentos de transformación de la investigación sobre la naturaleza, porque Gilbert convierte el magnetismo en un objeto de estudio sistemático y desarrolla una combinación particularmente significativa de observación, experimentación, construcción de instrumentos y razonamiento teórico. El magnetismo había sido conocido desde mucho antes, pero conocer un fenómeno no equivale todavía a convertirlo en un problema científico. Gilbert introduce procedimientos destinados a aislar propiedades, repetir situaciones, comparar comportamientos y establecer relaciones entre diferentes efectos. El investigador deja de ser simplemente un espectador de fenómenos curiosos y pasa a intervenir sobre ellos. Esta diferencia resulta fundamental para Harré: el experimento no es una observación realizada en condiciones más cómodas, sino una intervención deliberada mediante la cual el investigador construye una situación destinada a responder una pregunta. Cuando se fabrica un aparato, se selecciona un material, se modifica una condición o se repite un procedimiento, se está produciendo una situación que permite hacer visible una propiedad que en condiciones ordinarias podría permanecer confusa. La ciencia experimental consiste precisamente en esa capacidad de organizar la experiencia. El mundo no aparece automáticamente dividido en las categorías que utiliza la ciencia; son las prácticas científicas las que permiten aislar determinados aspectos y convertirlos en objetos de investigación. Esto no significa que el investigador invente libremente aquello que observa. Al contrario, una de las características esenciales del experimento es que la naturaleza puede resistirse a las expectativas del investigador. Se puede formular una hipótesis, diseñar una prueba y esperar determinado resultado, pero el fenómeno puede comportarse de otra manera. Esa resistencia constituye una de las bases de la objetividad científica: la naturaleza no habla mediante un lenguaje completamente transparente, pero tampoco puede ser obligada a confirmar cualquier idea que el investigador quiera defender. El experimento adquiere así una doble condición: es una construcción humana y, al mismo tiempo, una forma de enfrentarse con algo que no está bajo control absoluto del investigador.
La importancia de Gilbert se encuentra también en el contexto histórico de su obra. «De Magnete» pertenece a una época en la que las formas modernas de investigación todavía estaban en proceso de formación. No existe una separación completamente estable entre física, filosofía natural, medicina, tecnología y otras áreas del saber. Gilbert trabaja todavía con categorías provenientes de tradiciones anteriores, pero las reorganiza mediante prácticas experimentales que contribuyen a una nueva manera de investigar. Harré evita así la narración excesivamente heroica de la Revolución Científica según la cual determinados genios habrían destruido de golpe el pensamiento antiguo y creado desde cero la ciencia moderna. La transformación histórica es más compleja. Los científicos reciben conceptos, problemas y técnicas de generaciones anteriores, pero pueden utilizarlos de una manera nueva. La innovación científica no siempre consiste en inventar elementos absolutamente inéditos; muchas veces consiste en establecer nuevas relaciones entre elementos existentes. Gilbert resulta ejemplar porque muestra cómo una tradición de conocimiento puede transformarse cuando las preguntas empiezan a formularse de otra manera y cuando la experiencia experimental adquiere un papel cada vez más importante. La autoridad de los textos heredados deja progresivamente de ser suficiente: las afirmaciones acerca de la naturaleza deben enfrentarse con procedimientos que permitan comprobarlas. Esto no significa que la ciencia moderna haya abandonado inmediatamente toda tradición, sino que comienza a modificarse el criterio mediante el cual una afirmación adquiere legitimidad. El conocimiento deja de depender exclusivamente de quién lo dijo y comienza a depender cada vez más de cómo puede ser investigado, reproducido y discutido.
Stephen Hales permite a Harré llevar estas cuestiones a un terreno diferente y, al mismo tiempo, mostrar la continuidad de determinadas prácticas experimentales. «Vegetable Staticks» estudia procesos de la vida vegetal mediante observaciones y mediciones destinadas a hacer visibles fenómenos que no pueden ser contemplados directamente. El movimiento de los fluidos dentro de una planta, la transpiración, los intercambios gaseosos y otros procesos fisiológicos no se presentan al investigador como objetos transparentes. Para investigarlos es necesario construir procedimientos indirectos, medir cambios, comparar cantidades y elaborar inferencias sobre procesos que permanecen parcialmente ocultos. Hales demuestra de este modo que una parte fundamental de la ciencia consiste en establecer relaciones entre aquello que podemos observar y aquello que postulamos como mecanismo explicativo. La ciencia moderna está llena de entidades y procesos que no pueden observarse directamente: átomos, moléculas, campos, fuerzas, microorganismos, genes o partículas subatómicas son ejemplos posteriores de un problema que ya aparece aquí en una forma temprana. El hecho de que algo no sea directamente visible no significa que sea científicamente ilegítimo. Lo decisivo es que puedan establecerse conexiones racionalmente controlables entre las entidades o procesos propuestos y los efectos observables que permiten sostener su existencia o funcionamiento. Hales muestra además la creciente importancia de la cuantificación. Una planta ya no es solamente algo que crece y se reproduce; puede ser estudiada mediante cantidades, intercambios, presiones, pesos, volúmenes y relaciones medibles. Sin embargo, Harré no presenta la cuantificación como una especie de pasaporte automático hacia la verdad. Una cifra no se convierte en conocimiento científico simplemente por estar expresada con números. Medir significa establecer una relación entre un fenómeno, un instrumento, una unidad, un procedimiento y un criterio de comparación. Antes de interpretar una medición es necesario comprender qué se midió, cómo se midió, bajo qué condiciones y con qué margen de error. La precisión científica no consiste en colocar una cantidad interminable de decimales detrás de una cifra, sino en justificar el grado de exactitud que realmente permite el procedimiento utilizado.
A partir de Gilbert y Hales, Harré puede cuestionar una de las imágenes más difundidas del método científico: la idea de que la ciencia comienza con observaciones completamente neutrales, continúa con la formulación de una hipótesis, realiza un experimento y termina con una conclusión. El esquema puede resultar útil como primera aproximación pedagógica, pero es insuficiente para describir la práctica real de la investigación. Los científicos no observan desde ninguna parte. Poseen conceptos previos, intereses, problemas, instrumentos y expectativas que determinan parcialmente qué observan y cómo interpretan aquello que observan. Esto no significa que la ciencia sea subjetiva ni que cada persona pueda inventar su propia realidad. Significa que la objetividad no debe entenderse como la eliminación absoluta de toda mediación humana, algo imposible, sino como la existencia de procedimientos capaces de someter esas mediaciones a controles públicos. Una observación se vuelve científicamente relevante cuando puede ser descrita, discutida, contrastada y, en condiciones apropiadas, reproducida por otros investigadores. La objetividad aparece entonces como una propiedad de una práctica colectiva de investigación. El científico puede equivocarse, interpretar mal una medición o utilizar una hipótesis defectuosa; lo importante es que la comunidad científica posea mecanismos mediante los cuales esos errores puedan ser identificados y corregidos. La ciencia no es una actividad realizada por seres humanos milagrosamente incapaces de equivocarse. Es una actividad humana que ha construido instituciones y procedimientos para hacer que el error resulte productivo en lugar de convertirse en una autoridad incuestionable. En este sentido, el error ocupa un lugar mucho más interesante de lo que suele admitir la imagen popular de la ciencia. Una medición equivocada puede conducir a una revisión de los instrumentos; un resultado inesperado puede obligar a modificar una hipótesis; una anomalía puede terminar abriendo un campo de investigación completamente nuevo. La ciencia avanza no porque elimine de antemano la posibilidad de error, sino porque desarrolla mecanismos para detectar y procesar sus propios errores.
La medición, la experimentación y la observación están vinculadas además con una cuestión decisiva: la construcción del objeto científico. Harré muestra indirectamente que los fenómenos de la naturaleza no llegan al laboratorio acompañados de una etiqueta que indique cuál es su verdadero significado. Es el investigador quien debe determinar qué propiedades son relevantes, qué variables pueden compararse y qué condiciones deben controlarse. Esto convierte a la metodología en una actividad conceptual además de práctica. Antes de medir hay que saber qué se quiere medir; antes de comparar hay que establecer bajo qué criterios dos situaciones pueden considerarse comparables; antes de afirmar que un resultado confirma una hipótesis hay que determinar qué consecuencias se esperaba que produjera esa hipótesis. La ciencia es, por tanto, una interacción constante entre teoría y experiencia. La teoría orienta la investigación, mientras que la experiencia impone límites a las teorías. Ninguna de las dos dimensiones puede desaparecer sin destruir el proceso científico. Una acumulación interminable de datos sin conceptos que permitan organizarlos produciría una montaña de información difícilmente interpretable; una teoría que no pueda enfrentarse con la experiencia se convertiría en una construcción inmune a la crítica. La fuerza de la ciencia procede precisamente de la tensión entre ambas. Esta perspectiva permite comprender también por qué la observación no es simplemente una actividad pasiva. El investigador diseña condiciones para que algo pueda ser observado. Un aparato científico es, en cierta medida, una forma materializada de una pregunta. Construir un instrumento significa decidir qué aspecto del mundo se quiere hacer visible, bajo qué condiciones y con qué grado de precisión. La historia de la ciencia es por ello también una historia de los instrumentos: las capacidades de conocimiento de una época dependen en parte de las capacidades materiales que posee para intervenir, registrar y medir.
La cuestión de la explicación científica ocupa un lugar igualmente importante. Describir que un fenómeno ocurre no equivale a explicar por qué ocurre. Una lista de regularidades puede ser útil, pero una explicación científica busca establecer relaciones que permitan comprender la producción de esas regularidades. En el caso de Hales, medir determinados cambios en las plantas no constituye por sí solo una explicación; es necesario relacionarlos con procesos fisiológicos que permitan comprenderlos. La ciencia intenta pasar de la mera constatación de hechos a la construcción de mecanismos, relaciones y modelos. Una explicación adquiere valor cuando puede organizar distintos resultados y, en determinadas condiciones, generar nuevas predicciones o problemas de investigación. Esto también permite comprender por qué las teorías científicas no deben evaluarse únicamente por su capacidad para acomodar datos ya conocidos. Una teoría que explica retrospectivamente cualquier resultado imaginable corre el riesgo de no explicar realmente nada. La potencia de una explicación se relaciona también con su capacidad para establecer límites, excluir posibilidades y producir expectativas susceptibles de ser contrastadas. Aquí aparece una diferencia fundamental entre una explicación científica y una interpretación que puede adaptarse indefinidamente a cualquier resultado: la primera acepta que la experiencia pueda ponerla en dificultades.
Esto conduce a la cuestión de la falsación y de la crítica, aunque Harré permite comprender que el proceso real es bastante más complejo que el esquema lógico según el cual un solo resultado contrario debería destruir inmediatamente una teoría. Cuando un experimento produce un resultado inesperado, no siempre es evidente qué parte del sistema de investigación ha fallado. Puede haber un problema en la hipótesis principal, pero también una condición experimental que no fue controlada, un instrumento defectuoso, una hipótesis auxiliar incorrecta o una interpretación equivocada de los datos. La ciencia requiere entonces una tarea de diagnóstico. Los investigadores deben determinar qué elemento de la investigación debe modificarse y cuál puede mantenerse. Esto vuelve a demostrar que el método científico no es un algoritmo automático. Las reglas generales orientan la investigación, pero su aplicación concreta exige juicio, experiencia y conocimiento del campo. El científico necesita saber cuándo repetir un experimento, cuándo modificar un procedimiento, cuándo desconfiar de un instrumento y cuándo considerar que un resultado inesperado constituye una anomalía verdaderamente significativa. La metodología científica es racional, pero no mecánica.
La posibilidad de repetir y comunicar los experimentos constituye otra dimensión esencial. Un conocimiento científico no puede depender exclusivamente de una experiencia privada. Para que una afirmación se incorpore al cuerpo colectivo de conocimientos, debe poder ser comunicada con suficiente precisión para que otros investigadores comprendan cómo fue obtenida y puedan someterla a evaluación. La descripción de procedimientos, las tablas de resultados, los diagramas, los instrumentos y las condiciones experimentales forman parte de la evidencia. La ciencia es una actividad social porque su objetividad depende en buena medida de que diferentes investigadores puedan revisar los resultados producidos por otros. La autoridad personal del investigador pierde importancia frente a la posibilidad de que sus afirmaciones sean examinadas públicamente. Esto no significa que desaparezcan las jerarquías, las reputaciones o las instituciones científicas, pero sí que el conocimiento puede, al menos idealmente, ser separado de la autoridad individual mediante procedimientos de crítica. Una afirmación no debería considerarse verdadera porque la pronuncie una persona prestigiosa, sino porque existen razones y evidencias que permiten sostenerla y porque esas razones permanecen abiertas a revisión. Esta dimensión pública distingue a la ciencia de formas de conocimiento que dependen fundamentalmente de experiencias privadas, revelaciones personales o autoridades que no aceptan procedimientos independientes de control.
La historia de Gilbert y Hales también muestra que la ciencia depende de condiciones materiales y sociales. Los investigadores necesitan instrumentos, materiales, tiempo, espacios de trabajo, redes de comunicación y comunidades capaces de conservar y transmitir resultados. La ciencia no es una actividad puramente mental. Incluso una idea brillante necesita una infraestructura que permita transformarla en investigación. El desarrollo del conocimiento científico está relacionado con la evolución de las tecnologías disponibles, con las capacidades artesanales para fabricar instrumentos y con instituciones capaces de financiar, publicar y preservar investigaciones. Esto no significa reducir la ciencia a sus condiciones económicas o sociales, sino reconocer que la producción de conocimiento necesita una materialidad concreta. El laboratorio, el aparato experimental, el papel en el que se registran los resultados y la comunidad que evalúa esos resultados forman parte del proceso epistemológico. El conocimiento no aparece únicamente en la mente del investigador; se construye en una red de prácticas.
Esta dimensión colectiva permite cuestionar también la imagen romántica del científico como genio solitario. Gilbert y Hales son figuras individuales importantes, pero sus investigaciones forman parte de tradiciones mucho más amplias. Utilizan conocimientos acumulados por otros, instrumentos desarrollados en contextos técnicos específicos y problemas que habían sido formulados parcialmente por generaciones anteriores. La ciencia es acumulativa no porque cada generación simplemente agregue nuevos hechos a una colección, sino porque las investigaciones anteriores proporcionan herramientas conceptuales y materiales que permiten formular nuevas preguntas. Al mismo tiempo, la acumulación no es lineal. Algunos conceptos son abandonados, ciertas técnicas quedan obsoletas y determinados resultados adquieren nuevos significados con el paso del tiempo. La historia de la ciencia está llena de caminos que parecían prometedores y terminaron abandonándose. Esa dimensión contingente es importante porque permite comprender que el desarrollo científico no estaba predeterminado. Los investigadores trabajan bajo condiciones de incertidumbre y no conocen de antemano qué líneas de investigación resultarán fructíferas.
La inducción constituye otro problema inevitable. La ciencia necesita generalizar a partir de observaciones particulares, pero ninguna cantidad finita de observaciones garantiza lógicamente que un fenómeno continuará comportándose de la misma manera en todos los casos futuros. Harré muestra que el conocimiento científico necesita algo más que una simple acumulación de ejemplos. Las generalizaciones deben integrarse en estructuras teóricas capaces de explicar por qué determinadas regularidades deberían mantenerse. Esto no elimina el problema filosófico de la inducción, pero permite observar cómo los científicos lo enfrentan prácticamente. No esperan alcanzar una certeza absoluta acerca del futuro; construyen modelos y explicaciones que han demostrado una capacidad considerable para organizar y predecir fenómenos. La ciencia trabaja con grados de confianza racionalmente justificados, no con una garantía metafísica de infalibilidad. Esta característica resulta especialmente importante porque evita dos extremos igualmente insatisfactorios: por un lado, la idea de que la ciencia produce verdades absolutamente inmutables; por otro, la idea de que si todo conocimiento es provisional entonces cualquier opinión vale lo mismo. La provisionalidad científica no equivale al relativismo. Una teoría puede ser revisable y, al mismo tiempo, estar mucho mejor respaldada que una afirmación alternativa.
La relación entre lenguaje y conocimiento tampoco es secundaria. Para investigar hay que nombrar fenómenos, distinguir propiedades, establecer categorías y formular relaciones. Los conceptos científicos permiten estabilizar determinadas diferencias y comunicar resultados entre investigadores. Pero esos conceptos también tienen una historia y pueden cambiar. Lo que en un período se considera una propiedad fundamental puede perder importancia cuando aparece una teoría diferente. La ciencia no solamente descubre hechos; también construye vocabularios para describirlos. Esto explica por qué la historia de la ciencia no puede limitarse a una sucesión de resultados experimentales. También debe estudiar las transformaciones conceptuales que permiten formular nuevas preguntas. El paso de una descripción cualitativa a una medición cuantitativa, por ejemplo, no implica únicamente disponer de mejores instrumentos: supone también modificar la manera en que se piensa el fenómeno. Hales no solamente mide más cosas que investigadores anteriores; convierte determinados procesos de las plantas en cantidades susceptibles de comparación y, con ello, modifica el objeto mismo de investigación.
El contraste entre Gilbert y Hales permite observar además que no existe un único procedimiento experimental aplicable de manera idéntica a todos los campos científicos. El magnetismo y la fisiología vegetal presentan problemas diferentes y exigen estrategias distintas. La investigación científica posee principios generales —control de condiciones, búsqueda de evidencias, comparación, argumentación, comunicación y crítica—, pero esos principios deben adaptarse a la naturaleza del objeto. No se investiga una planta exactamente como se investiga un imán, ni se estudia una partícula subatómica de la misma manera que un ecosistema. La diversidad de las ciencias no destruye la idea de método; obliga a comprenderlo como una familia de prácticas relacionadas. La metodología científica es suficientemente flexible como para adaptarse a objetos diferentes y suficientemente rigurosa como para conservar criterios de control y justificación. Esta combinación entre flexibilidad y disciplina constituye precisamente una de las características más interesantes de la ciencia.
El libro adquiere una relevancia especial cuando se lo relaciona con la distinción entre ciencia y pseudociencia. Harré no necesita recurrir simplemente a la autoridad de las instituciones científicas para establecer esa diferencia. Las prácticas examinadas permiten identificar criterios mucho más profundos: apertura a la crítica, posibilidad de contrastación, atención a los procedimientos de medición, disposición a corregir errores, coherencia entre hipótesis y consecuencias observables, comunicación pública de los métodos y aceptación de que una explicación puede resultar equivocada. Una teoría científica no es científica porque sus defensores sean infalibles, sino porque está sometida a condiciones bajo las cuales puede ser corregida. Una doctrina que convierte cualquier posible resultado en confirmación de sus propios principios pierde una parte fundamental de esa capacidad crítica. La ciencia puede equivocarse; lo decisivo es que tenga mecanismos para reconocer que se ha equivocado. En este sentido, la duda no es enemiga de la ciencia. Es una de sus condiciones de funcionamiento.
Esta concepción adquiere una vigencia particular en una época saturada de información. La expansión de internet, las redes sociales, las bases de datos y los sistemas de inteligencia artificial permite reunir cantidades de información que habrían sido inimaginables para Gilbert o Hales. Sin embargo, más información no significa automáticamente más conocimiento. Los datos necesitan preguntas, conceptos, criterios de selección y modelos interpretativos. Un sistema puede detectar una correlación sin comprender necesariamente el mecanismo causal que la produce. Una enorme cantidad de mediciones puede ser inútil si no existe una hipótesis que permita determinar qué relación resulta relevante. Incluso las tecnologías contemporáneas más sofisticadas siguen enfrentando problemas metodológicos que Harré ayuda a formular: qué se está midiendo, cómo se obtuvo el dato, qué supuestos contiene el procedimiento, qué explicaciones son compatibles con los resultados y qué evidencia podría obligarnos a modificar nuestras conclusiones. La tecnología puede ampliar enormemente nuestras capacidades de observación y cálculo, pero no elimina la necesidad de razonar.
Esto también explica por qué «El Método de la Ciencia» puede ser leído como una defensa de la racionalidad científica sin caer en una visión ingenuamente triunfalista. Harré no presenta la ciencia como una maquinaria perfecta que produce verdades definitivas. La muestra como una práctica histórica, falible y colectiva que ha desarrollado procedimientos extraordinariamente eficaces para aprender de la experiencia. Esa eficacia no se explica por la ausencia de errores, sino por la posibilidad de corregirlos. La ciencia se diferencia de otras formas de afirmación porque somete sus propias pretensiones a condiciones de prueba y porque permite que la evidencia obligue a modificar incluso ideas profundamente arraigadas. Esta disposición a corregirse constituye una de sus mayores fortalezas epistemológicas.
La elección de Gilbert y Hales tiene, además, una virtud pedagógica extraordinaria porque permite mostrar la ciencia antes de que las disciplinas contemporáneas hayan alcanzado el enorme grado de especialización actual. En sus investigaciones todavía encontramos un espacio intelectual donde física, biología, medicina, filosofía natural y tecnología mantienen vínculos estrechos. Esto permite comprender que las fronteras disciplinarias actuales son históricas y no forman parte de la estructura eterna del conocimiento. Las ciencias se fueron diferenciando a medida que aumentaron los problemas, las técnicas, los instrumentos y la cantidad de conocimientos acumulados. El especialista contemporáneo puede saber muchísimo sobre un área extremadamente reducida, mientras que los investigadores de los siglos anteriores trabajaban en campos mucho más amplios. La historia de Gilbert y Hales permite recordar que la especialización es una solución histórica a la expansión del conocimiento, no una condición original de la investigación.
Otro aspecto importante es la relación entre ciencia y tecnología. Los instrumentos científicos no son simples accesorios que aparecen después de la teoría. En numerosas ocasiones, nuevas posibilidades técnicas permiten formular preguntas que antes eran imposibles. Un aparato puede revelar un fenómeno que nadie sabía cómo observar; una nueva técnica de medición puede convertir una cuestión cualitativa en cuantitativa; una mejora instrumental puede obligar a modificar una teoría. La relación es circular: la teoría orienta la construcción de instrumentos y los instrumentos permiten descubrir fenómenos que transforman las teorías. Esta interacción se observa de manera embrionaria en Gilbert y Hales y se convierte en una característica fundamental de la ciencia moderna.
La importancia del libro reside también en que obliga a distinguir entre observar, medir y explicar. Son actividades relacionadas, pero no idénticas. Se puede observar una regularidad sin comprender su causa; se puede medir con gran precisión sin poseer todavía una explicación adecuada; se puede construir una teoría que organice numerosos datos y, sin embargo, descubrir posteriormente que algunos de sus mecanismos eran incorrectos. La ciencia progresa precisamente porque no confunde estas etapas. Una descripción precisa constituye un avance, pero no necesariamente una explicación. Una teoría elegante puede ser intelectualmente atractiva, pero necesita confrontarse con la evidencia. Una anomalía puede ser molesta, pero también puede contener información fundamental. La metodología científica consiste en buena medida en aprender a mantener estas diferencias sin separarlas completamente.
La lectura de Harré permite, por último, comprender que la ciencia es una actividad histórica en la que las preguntas mismas cambian. Lo que una época considera un problema importante puede dejar de serlo cuando cambian las teorías o aparecen nuevas tecnologías. De la misma manera, un resultado que parecía marginal puede adquirir una importancia enorme cuando se descubre una nueva manera de interpretarlo. La historia de la ciencia no es solamente la historia de respuestas correctas que reemplazan respuestas equivocadas. Es también la historia de la transformación de las preguntas. Gilbert y Hales contribuyen a modificar qué puede considerarse un fenómeno digno de investigación y cómo puede investigarse. Esa transformación es quizá una de las características más profundas de la ciencia: no solamente responde preguntas, sino que aprende a formular mejores preguntas.
«El Método de la Ciencia» consigue así presentar la ciencia como una práctica mucho más rica que la caricatura del científico que observa, aplica una fórmula y obtiene una verdad definitiva. Harré muestra que hacer ciencia significa construir problemas, intervenir sobre fenómenos, elaborar conceptos, fabricar o seleccionar instrumentos, realizar mediciones, interpretar resultados, formular explicaciones, comunicar procedimientos, someter afirmaciones a crítica y aceptar la posibilidad de corrección. Gilbert y Hales aparecen como ejemplos históricos de una transformación intelectual en la que la naturaleza comienza a ser interrogada mediante procedimientos experimentales cada vez más sistemáticos. Su importancia no reside solamente en los descubrimientos concretos que realizaron, sino en las formas de investigación que ayudaron a consolidar. A través de ellos, Harré demuestra que el método científico no es una receta rígida ni una garantía mágica de verdad, sino una tradición de prácticas racionales mediante las cuales los seres humanos intentan construir conocimientos resistentes a sus propios prejuicios y errores. La objetividad aparece entonces no como una ausencia imposible de toda perspectiva, sino como el resultado de procedimientos públicos que permiten confrontar perspectivas diferentes; la certeza absoluta deja paso a conocimientos revisables pero sólidamente fundamentados; el error deja de ser una vergüenza que debe ocultarse para convertirse en una posibilidad que el método debe saber detectar; y la teoría deja de ser una especulación separada de la experiencia para convertirse en una herramienta que organiza, explica y orienta la investigación. En una época en la que la palabra «científico» se utiliza con frecuencia como simple sello de autoridad, recordar cómo se construye realmente una afirmación científica resulta particularmente valioso. La ciencia no es poderosa porque nunca se equivoque, sino porque puede descubrir que se equivocó. No es rigurosa porque elimine toda imaginación, sino porque obliga a la imaginación a enfrentarse con la evidencia. Y no es racional porque posea respuestas definitivas para todas las preguntas, sino porque ha desarrollado una forma colectiva de investigar en la que incluso las respuestas más aceptadas permanecen, al menos en principio, abiertas a examen. Esa es la lección central que Harré extrae de Gilbert y Hales y que convierte a «El Método de la Ciencia» en una introducción especialmente estimulante a la epistemología y a la historia de la investigación científica.
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