“El Populismo”, de Loris Zanatta, es uno de esos libros que llegan con la saludable pretensión de poner un poco de orden allí donde la política contemporánea se ha dedicado, con notable entusiasmo, a convertir las palabras en comodines. Populismo es hoy casi cualquier cosa: un insulto, una categoría académica, una acusación moral, una contraseña partidaria, un diagnóstico de sobremesa y, en ocasiones, el equivalente intelectual de arrojar una silla por la ventana cuando se han terminado los argumentos. Basta que un dirigente prometa demasiado, hable demasiado de “la gente” o desconfíe de las instituciones para que alguien pronuncie la palabra mágica y asunto terminado. El problema, naturalmente, es que una categoría capaz de explicar absolutamente todo suele terminar sin explicar demasiado.
Loris Zanatta parte precisamente de esa dificultad. Historiador especializado en América Latina y profesor de la Universidad de Bolonia, construye su investigación desde una perspectiva histórica que procura escapar de las definiciones apresuradas y de las modas conceptuales. La edición española de “El Populismo” apareció originalmente en italiano y organiza el recorrido en ocho capítulos que van desde la definición del fenómeno hasta su presencia contemporánea, pasando por la religión, la comunidad orgánica, el enemigo interno, el totalitarismo y, naturalmente, el populismo latinoamericano.
La apuesta fundamental del libro consiste en no reducir el populismo a una técnica electoral ni a una determinada política económica. Para Zanatta, estamos ante algo más profundo: una determinada concepción del orden social, una cosmología política que hunde sus raíces en una visión antigua del mundo, vinculada a épocas dominadas por lo sagrado. En ella, la sociedad aparece como un organismo y los individuos como partes de un cuerpo colectivo cuya unidad posee una legitimidad superior. El pueblo, por consiguiente, no es simplemente una suma de ciudadanos diferentes, sino una totalidad concebida como esencialmente una, indivisible y moralmente homogénea.
Esta hipótesis le permite a Zanatta realizar una operación intelectualmente interesante: desplazar el populismo desde la superficie de la política hacia la profundidad de las culturas políticas. No se trata solamente de estudiar qué dice un líder, cuánto promete o qué recursos retóricos utiliza, sino de preguntarse qué imagen del pueblo, de la comunidad, del poder y del enemigo sostiene ese discurso. El populismo deja entonces de ser una simple estrategia para convertirse en una manera de imaginar la sociedad.
Y aquí comienza la parte más fértil del libro, porque Zanatta introduce una dimensión que suele quedar relegada cuando el populismo se estudia exclusivamente desde la ciencia política: la religión. Su argumento establece una relación entre el imaginario populista y el imaginario religioso, especialmente allí donde persiste la aspiración a recuperar una comunidad perdida, una unidad primordial que habría sido destruida por la modernidad, el individualismo, el liberalismo y la pluralidad. La política adquiere entonces una función redentora: promete reconstruir una comunidad moralmente pura y devolverle al pueblo una unidad que supuestamente alguna vez poseyó.
La idea resulta especialmente sugerente porque permite comprender por qué tantos movimientos políticos, incluso cuando se presentan con un lenguaje radicalmente moderno, terminan apelando a imágenes sorprendentemente antiguas. El pueblo aparece como una especie de sujeto moral absoluto; el líder, como intérprete privilegiado de su voluntad; la oposición, como una anomalía que debe ser neutralizada; y la política, como una lucha entre quienes encarnan el bien colectivo y quienes lo traicionan. El viejo maniqueísmo, convenientemente vestido de modernidad, vuelve a desfilar por la plaza pública.
Zanatta identifica así una característica decisiva: el rechazo de la pluralidad. En la democracia liberal, la sociedad está constituida por intereses diferentes, identidades diversas, conflictos legítimos y desacuerdos que no necesariamente pueden ni deben resolverse mediante la fabricación de una unanimidad. El populismo, en cambio, tiende a considerar la división como una enfermedad. La existencia de adversarios puede ser aceptada mientras permanezcan dentro del campo de la comunidad verdadera; cuando dejan de ser adversarios y pasan a ser definidos como enemigos del pueblo, la lógica política adquiere una peligrosísima tonalidad moral.
Es aquí donde adquiere especial importancia la figura del “enemigo interno”. El concepto no es menor. Allí donde el pueblo es concebido como una unidad orgánica, quien discrepa puede dejar de ser simplemente un ciudadano que piensa de otra manera para transformarse en una especie de cuerpo extraño. La política ya no consiste entonces en administrar conflictos, sino en extirpar aquello que supuestamente amenaza la integridad del organismo social. Una sociedad democrática se alimenta de diferencias; una comunidad populista tiende a sospechar de ellas. La primera necesita adversarios; la segunda necesita culpables.
La conexión que Zanatta establece entre populismo y totalitarismo debe leerse precisamente desde esa perspectiva. No afirma que todo populismo sea necesariamente totalitario, pero examina las condiciones culturales que pueden hacer posible una deriva semejante: monopolio de la identidad colectiva, delegitimación del adversario, rechazo de la autonomía individual y pretensión de representar una comunidad indivisa. El peligro aparece cuando un movimiento político consigue presentarse no como una parte de la sociedad, sino como la sociedad misma.
La fórmula es intelectualmente poderosa porque obliga a desconfiar de una de las mayores trampas del lenguaje político: hablar en nombre de “el pueblo” como si el pueblo fuese una persona con una sola voluntad, una sola conciencia y, preferentemente, una sola opinión. El pueblo real, por supuesto, es bastante menos obediente que esa criatura retórica. Tiene intereses contradictorios, clases sociales diferentes, trayectorias históricas divergentes, religiones, ideologías, deseos y conflictos. Es decir, tiene la desagradable costumbre de ser plural.
La mirada histórica de Zanatta permite además ampliar considerablemente el campo de observación. El populismo no aparece como una anomalía exclusiva de nuestra época ni como una invención latinoamericana surgida de la nada. El autor rastrea sus antecedentes, estudia su evolución y examina las condiciones que favorecen su aparición, incluyendo las transformaciones provocadas por la modernidad y la globalización. El recorrido culmina en el populismo contemporáneo, donde la vieja pulsión comunitaria vuelve a encontrarse con sociedades atravesadas por incertidumbres, crisis de representación y profundas transformaciones económicas y culturales.
Pero es en el tratamiento del “populismo latino” donde la obra adquiere una resonancia particularmente significativa. Zanatta, conocedor profundo de la historia política de la región, no trata América Latina como una simple colección de países exóticos destinados a producir caudillos cada cierto número de años para entretenimiento de politólogos europeos. Su argumento apunta hacia una matriz cultural más profunda, en la que religión, comunidad, nación, redención política y liderazgo se entrelazan de una manera particularmente intensa. La historia latinoamericana aparece así como un terreno especialmente fértil para esa concepción orgánica de la sociedad que el autor coloca en el centro de su interpretación.
No resulta casual, por ello, que el peronismo ocupe un lugar implícito y explícito tan importante dentro del universo intelectual de Zanatta. Su trayectoria académica incluye investigaciones fundamentales sobre la relación entre Iglesia, ejército, nación católica y peronismo, además de trabajos específicos sobre Juan Domingo Perón y Eva Perón. Esa especialización se percibe en la manera en que aborda la dimensión cultural y religiosa del fenómeno populista: no como un accesorio folclórico, sino como una estructura de larga duración capaz de explicar comportamientos políticos que, observados exclusivamente desde las instituciones, resultan bastante más difíciles de comprender.
Uno de los grandes méritos de “El Populismo” consiste precisamente en recordarnos que las ideologías no sobreviven únicamente porque existan programas, partidos o dirigentes capaces de reproducirlas. Sobreviven porque encuentran imaginarios sociales en los que pueden instalarse. Una doctrina política puede cambiar de vocabulario, adoptar símbolos nuevos y presentarse como revolucionaria, progresista, nacionalista o emancipadora, pero continuar alimentándose de una estructura cultural mucho más antigua. Cambia el uniforme; el mecanismo puede permanecer intacto.
El libro también posee una virtud poco frecuente en trabajos académicos sobre asuntos tan contaminados por la pasión política: intenta mantener una distancia analítica. No necesita convertir cada página en un juicio moral sobre los buenos y los malos de la historia. Su propósito es comprender. Y comprender el populismo significa, para Zanatta, penetrar en la lógica que lo hace atractivo, no limitarse a denunciar sus excesos. Esto resulta particularmente valioso porque el populismo no prospera únicamente mediante la manipulación. Si millones de personas encuentran en él una forma convincente de representar sus expectativas, sus frustraciones o sus nostalgias, algo más profundo está ocurriendo.
Por supuesto, semejante enfoque puede resultar incómodo para quienes prefieren las explicaciones de bolsillo. Para esos lectores que consideran que toda elección política puede resolverse con tres hashtags, una encuesta y una palabra terminada en “ismo”, Zanatta ofrece una experiencia casi medieval: contexto histórico. Y el contexto tiene la pésima costumbre de complicarlo todo.
La obra obliga, además, a pensar la relación entre populismo y democracia sin caer en la cómoda identificación automática entre ambos conceptos. El populismo necesita presentarse como la forma más auténtica de democracia porque afirma encarnar directamente la voluntad popular. Pero precisamente allí aparece su paradoja: cuanto más intenta monopolizar la representación del pueblo, más difícil resulta aceptar que ese mismo pueblo pueda estar dividido, disentir o cambiar de opinión. La democracia necesita que nadie pueda apropiarse definitivamente de la palabra “pueblo”. El populismo tiende a considerar que alguien sí puede hacerlo.
La vigencia de esta reflexión resulta evidente en una época en la que la política parece haberse convertido en una competición permanente por representar al “verdadero pueblo”. Cada movimiento descubre que detrás de sus propias fronteras ideológicas existe un pueblo auténtico y que todos los demás son, en el mejor de los casos, ciudadanos confundidos. La diferencia entre unos y otros suele consistir apenas en quién tiene el micrófono.
La estructura del libro favorece esa lectura amplia. Después de abordar qué es el populismo y las circunstancias que favorecen su aparición, Zanatta dedica capítulos específicos a religión, comunidad orgánica, enemigo interno y totalitarismo, para después recorrer su historia y llegar al mundo latino y al populismo contemporáneo. El volumen concluye con un apartado de conclusiones, glosario y bibliografía, elementos que refuerzan su vocación de herramienta de consulta además de ensayo interpretativo.
Quizá uno de los mayores logros de “El Populismo” sea precisamente haber elegido una puerta de entrada tan ambiciosa. En lugar de preguntar únicamente quién es populista, Zanatta pregunta qué concepción del mundo permite que el populismo exista. Esa modificación aparentemente pequeña cambia por completo el horizonte de la investigación. Ya no basta con identificar líderes, discursos o políticas económicas: hay que examinar la relación entre individuo y comunidad, libertad y orden, secularización y religión, pluralismo y unanimidad.
En ese sentido, el libro no ofrece una receta para detectar populistas como si fueran hongos después de la lluvia. Hace algo mejor: proporciona instrumentos para reconocer una determinada lógica política. Y esa lógica puede aparecer tanto bajo banderas nacionales como revolucionarias, tanto en discursos conservadores como en proyectos aparentemente emancipatorios. Porque el populismo, en la lectura de Zanatta, no pertenece exclusivamente a una familia ideológica. Su verdadera patria es una determinada idea de comunidad.
“El Populismo” es, finalmente, un libro sobre política, pero también sobre una tentación profundamente humana: la nostalgia por una comunidad sin fisuras, por un mundo en el que las diferencias puedan desaparecer y en el que alguien pueda decir, con suficiente solemnidad, “el pueblo quiere esto”. El problema es que el pueblo nunca habla con una sola voz. Hablan millones de personas, muchas veces contradictorias entre sí, y esa cacofonía es precisamente una de las condiciones de la libertad política.
Zanatta convierte esa tensión en el centro de su investigación y consigue construir una interpretación amplia, provocadora y particularmente útil para comprender América Latina. Su mayor virtud no reside en entregar respuestas definitivas, sino en obligar al lector a formular mejores preguntas. Y en tiempos en que la política ofrece respuestas instantáneas para problemas que tardaron siglos en formarse, semejante servicio intelectual no es poca cosa.
Leer “El Populismo” supone, en definitiva, abandonar por unas horas la comodidad del insulto político y entrar en el terreno bastante menos confortable de la historia. Allí las etiquetas dejan de ser suficientes, los héroes pierden algo de su aureola, los villanos adquieren contexto y las sociedades recuperan esa incómoda complejidad que ningún eslogan consigue eliminar. Zanatta no promete una vacuna contra el populismo. Ofrece algo más útil: una anatomía de sus raíces, de sus símbolos, de sus mecanismos y de su persistencia. El lector podrá después decidir qué hacer con semejante conocimiento. Pero, al menos, tendrá mejores herramientas para distinguir entre el pueblo real y ese curioso personaje colectivo que los políticos invocan cada vez que necesitan que la historia les dé la razón.
LORIS ZANATTA – El Populismo
[DESCARGA]
(Contraseña: ganz1912)
Si lo querés en formato papel:

