LORIS ZANATTA – Historia de América Latina (De la Colonia al Siglo XXI)

Loris Zanatta propone en “Historia de América Latina (De la Colonia al Siglo XXI)” un recorrido de largo alcance por una de las regiones más complejas, contradictorias y fascinantes de la historia moderna. Su propósito no consiste simplemente en acumular acontecimientos, nombres de presidentes, guerras civiles, revoluciones y cambios constitucionales, sino en reconstruir los grandes procesos que fueron dando forma a las sociedades latinoamericanas desde la conquista hasta los problemas políticos del presente. El resultado es una interpretación panorámica en la que las distintas experiencias nacionales aparecen vinculadas por una serie de herencias comunes, aunque sin caer en la ingenuidad de considerar a América Latina como una realidad homogénea. México, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Colombia o Cuba desarrollaron trayectorias específicas, pero compartieron estructuras coloniales, conflictos sociales, problemas de construcción estatal, desigualdades profundas, vínculos económicos dependientes y una relación particularmente intensa entre política, religión y sociedad. Zanatta consigue así plantear una cuestión esencial: ¿qué elementos permiten hablar de una historia latinoamericana común cuando las experiencias concretas de sus países son tan diferentes? La respuesta se encuentra en una serie de procesos históricos que atraviesan las fronteras nacionales y permiten comprender por qué determinadas tensiones —la desigualdad, el personalismo político, la fragilidad institucional, la dependencia económica, la disputa entre élites y sectores populares y la búsqueda permanente de un orden político legítimo— reaparecen bajo distintas formas a lo largo de los siglos. La obra tiene el mérito de proporcionar una visión de conjunto que permite observar América Latina no como una sucesión caótica de acontecimientos aislados, sino como un espacio histórico atravesado por continuidades, rupturas y problemas estructurales cuya longevidad resulta casi admirable.
La conquista y el período colonial constituyen el primer gran capítulo de esta trayectoria y resultan indispensables para comprender buena parte de las estructuras posteriores. La incorporación de los territorios americanos a los imperios español y portugués no significó solamente un cambio de autoridades, sino una profunda reorganización económica, social, política y cultural. Las sociedades preexistentes fueron sometidas a nuevas jerarquías, formas de propiedad y relaciones laborales, mientras la Iglesia católica se convirtió en una institución fundamental para la evangelización, la educación y la organización de la vida social. El orden colonial construyó una sociedad profundamente estratificada, en la que el origen, la posición económica, la pertenencia étnica y el estatus jurídico determinaban en gran medida las posibilidades de cada individuo. La conquista produjo además una combinación particularmente compleja de imposición y mestizaje. Las culturas indígenas no desaparecieron, aunque fueron sometidas a una estructura de dominación que transformó radicalmente sus condiciones de existencia. La población africana, trasladada masivamente mediante la esclavitud, pasó a formar parte fundamental de las sociedades americanas. El resultado fue una configuración social extraordinariamente diversa, pero también marcada por jerarquías que sobrevivirían mucho después de la desaparición de las autoridades coloniales. La colonia dejó así una herencia institucional y cultural que no podía evaporarse simplemente porque en algún momento apareciera una bandera nueva en los edificios públicos.
La independencia representó una ruptura histórica gigantesca, pero tampoco significó una demolición completa del orden anterior. Las guerras de independencia destruyeron la autoridad imperial y dieron nacimiento a nuevos Estados, pero las estructuras económicas y sociales no cambiaron con la misma velocidad. Las élites criollas asumieron un papel central en las nuevas repúblicas y, aunque defendieron la soberanía política frente a las metrópolis, no necesariamente pretendieron transformar radicalmente las relaciones sociales existentes. La emancipación política coexistió con la persistencia de desigualdades, concentraciones de tierra y formas de subordinación heredadas. El nacimiento de las repúblicas planteó además un problema monumental: construir Estados nacionales allí donde anteriormente existían estructuras imperiales. Las nuevas entidades políticas debieron definir fronteras, instituciones, sistemas fiscales, ejércitos y mecanismos de representación mientras enfrentaban conflictos entre centralistas y federalistas, liberales y conservadores, civiles y militares. La palabra “república” comenzó a formar parte del vocabulario político latinoamericano, pero durante mucho tiempo estuvo lejos de significar una democracia universal. La ciudadanía permaneció restringida y la participación política estuvo dominada por sectores privilegiados. La paradoja inicial de las nuevas repúblicas fue, por tanto, evidente: habían conquistado la independencia en nombre de la soberanía y la libertad, pero todavía tenían que construir sociedades capaces de distribuir efectivamente esas conquistas.
Durante el siglo XIX, la consolidación estatal estuvo profundamente vinculada con la inserción de las economías latinoamericanas en el mercado mundial. La especialización en productos primarios permitió a determinados países experimentar períodos de crecimiento y modernización, pero también reforzó estructuras económicas dependientes de la demanda externa. Café, azúcar, carne, cereales, minerales, caucho y otros productos fueron incorporados a circuitos internacionales dominados por las potencias industriales. Los ingresos provenientes de las exportaciones permitieron construir ferrocarriles, puertos, redes telegráficas, sistemas educativos y nuevas instituciones administrativas, pero la distribución de esa riqueza fue extraordinariamente desigual. Las élites vinculadas a la propiedad de la tierra y al comercio exterior consolidaron su poder político y económico, mientras amplios sectores rurales permanecieron excluidos de los beneficios de la modernización. América Latina comenzó a integrarse al capitalismo mundial sin dejar de conservar estructuras sociales profundamente jerárquicas. El resultado fue una modernización paradójica: aparecían ferrocarriles, bancos, grandes ciudades y nuevas formas de consumo, mientras persistían relaciones sociales que parecían pertenecer a un mundo mucho más antiguo. El progreso material avanzaba, pero no necesariamente acompañado por una democratización equivalente de la riqueza.
La transformación económica produjo además nuevas clases y conflictos sociales. La urbanización, la inmigración, la industrialización incipiente y la expansión del trabajo asalariado modificaron progresivamente la estructura social. Los trabajadores comenzaron a organizarse, aparecieron sindicatos y movimientos obreros, y las demandas por derechos políticos y sociales adquirieron una importancia creciente. El viejo orden oligárquico comenzó a encontrar dificultades para administrar sociedades cada vez más movilizadas. La incorporación de las masas a la política se convirtió en una de las grandes cuestiones del siglo XX. La política latinoamericana dejaría de ser un asunto exclusivo de las élites para convertirse progresivamente en un campo de disputa en el que trabajadores, clases medias, estudiantes, campesinos y nuevos movimientos sociales reclamarían una participación cada vez mayor.
El populismo surge en este contexto como una de las grandes tradiciones políticas latinoamericanas. Zanatta permite comprenderlo no como una ideología completamente uniforme, sino como una forma de construir la relación entre liderazgo, Estado y pueblo. Los movimientos populistas buscaron incorporar a las masas a la vida política mediante liderazgos capaces de presentarse como representantes directos de una comunidad nacional frente a las élites tradicionales y, en determinados casos, frente a intereses extranjeros. El Estado adquirió un papel central como instrumento de integración social, industrialización, redistribución y protección laboral. Experiencias como las de Getúlio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas en México o Juan Domingo Perón en Argentina muestran diferentes variantes de este fenómeno. El populismo podía ampliar derechos, integrar políticamente a sectores anteriormente excluidos y fortalecer la identidad nacional, pero también tendía a personalizar el poder y a tensionar las instituciones liberales. Esa ambivalencia constituye uno de sus rasgos más importantes. El mismo proceso que incorporaba políticamente a las masas podía debilitar los mecanismos institucionales destinados a limitar el poder del líder.
La experiencia argentina del peronismo resulta particularmente significativa dentro de esta historia. La incorporación de los trabajadores a la ciudadanía social, la expansión de derechos laborales y la centralidad política de las masas obreras modificaron profundamente la estructura de la sociedad argentina. Pero el peronismo también produjo una polarización política duradera que atravesaría buena parte de la historia posterior. El caso argentino permite observar con claridad una característica recurrente de la política latinoamericana: cuando las instituciones son incapaces de procesar conflictos sociales profundos, las diferencias políticas tienden a transformarse en enfrentamientos existenciales. El adversario deja de ser simplemente un competidor y pasa a ser presentado como una amenaza para la nación. La política adquiere entonces una intensidad emocional que puede convertir cualquier elección en una suerte de batalla de Armagedón con urnas.
La relación con Estados Unidos constituye otro de los grandes ejes de la historia regional. La expansión económica y política estadounidense transformó progresivamente el equilibrio de poder en el continente. La doctrina Monroe, las intervenciones militares, las relaciones comerciales y la creciente influencia económica de Estados Unidos hicieron que los procesos internos latinoamericanos estuvieran frecuentemente condicionados por factores internacionales. Esta situación se intensificó durante el siglo XX y alcanzó una dimensión extraordinaria con la Guerra Fría. América Latina pasó a ser considerada un espacio estratégico en la disputa entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y muchos conflictos sociales y políticos internos fueron interpretados a través del prisma de la confrontación ideológica mundial. La Revolución cubana de 1959 radicalizó todavía más esta situación. El triunfo de Fidel Castro mostró que era posible construir un proyecto revolucionario en el hemisferio occidental y desafiar directamente la hegemonía estadounidense. Cuba se convirtió en referencia para movimientos revolucionarios de toda la región y en símbolo internacional de la confrontación entre capitalismo y socialismo.
Las décadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas por una polarización creciente. Movimientos revolucionarios, guerrillas, organizaciones sindicales, grupos estudiantiles y partidos políticos radicalizados confrontaron con gobiernos que, en numerosos casos, respondieron mediante la represión. Las dictaduras militares se expandieron por buena parte de América Latina y alcanzaron una especial intensidad en el Cono Sur. Brasil, Chile, Uruguay y Argentina, entre otros países, experimentaron regímenes autoritarios que utilizaron censura, persecución política, tortura, desaparición forzada y terrorismo de Estado para destruir a sus opositores. La violencia no fue simplemente una consecuencia colateral de la polarización, sino un mecanismo deliberado de reorganización política y social. Las dictaduras buscaron eliminar organizaciones políticas y sociales, pero también modificar las relaciones económicas y las formas de participación colectiva que habían caracterizado las décadas anteriores.
La experiencia chilena bajo Augusto Pinochet posee una importancia particular porque combinó una estructura represiva con una transformación económica profunda. El neoliberalismo se convirtió en uno de los pilares del nuevo orden y Chile pasó a ser posteriormente presentado como un laboratorio de políticas de mercado. Privatizaciones, apertura comercial, reducción del papel económico del Estado y modificaciones en los sistemas sociales transformaron profundamente la estructura económica. La experiencia demostró que determinadas reformas podían imponerse con mucha mayor facilidad cuando las condiciones democráticas habían sido eliminadas. Esta relación histórica entre autoritarismo y transformación económica constituye uno de los capítulos más relevantes para comprender el posterior desarrollo del neoliberalismo latinoamericano.
Argentina ofrece una experiencia igualmente decisiva. El golpe de 1976 inauguró una dictadura que desarrolló una política sistemática de terrorismo de Estado, con miles de víctimas, desapariciones, torturas, exilios y persecuciones. La represión buscó destruir organizaciones políticas y armadas, pero también disciplinar a una sociedad movilizada. Al mismo tiempo, la política económica modificó profundamente las estructuras productivas y financieras, generando consecuencias que continuarían durante las décadas posteriores. La recuperación democrática en 1983 significó una ruptura fundamental con el autoritarismo, pero la democracia recibió como herencia una economía endeudada, una sociedad traumatizada y una estructura institucional profundamente afectada por años de violencia estatal.
La transición democrática de las décadas de 1980 y 1990 representó uno de los grandes procesos de transformación política de América Latina. Las dictaduras fueron reemplazadas progresivamente por gobiernos civiles y se consolidaron sistemas electorales que, pese a sus problemas, permitieron una continuidad democrática mucho mayor que durante las décadas anteriores. Sin embargo, la democratización coincidió con crisis económicas, endeudamiento externo y la aplicación de políticas neoliberales. La paradoja volvió a aparecer: la democracia política se expandía al mismo tiempo que grandes sectores sociales enfrentaban desempleo, precarización y debilitamiento de mecanismos tradicionales de protección. El retorno de las elecciones no garantizaba por sí mismo la superación de las desigualdades sociales.
El Consenso de Washington sintetizó buena parte de las políticas económicas predominantes durante los años noventa. Privatizaciones, apertura comercial, liberalización financiera, disciplina fiscal y reducción de determinadas funciones económicas del Estado fueron presentadas como caminos hacia la modernización. Algunas de estas políticas consiguieron estabilizar economías que habían sufrido períodos de inflación extraordinariamente elevada, pero sus efectos sociales fueron mucho más contradictorios. En numerosos casos, la apertura y las reformas estructurales provocaron destrucción de empleos industriales, debilitamiento de organizaciones sindicales y aumento de la vulnerabilidad social. La modernización económica volvió a presentar el mismo problema histórico: podía producir crecimiento y transformación sin garantizar una distribución equitativa de sus beneficios.
Las crisis económicas de finales de los años noventa y comienzos del siglo XXI abrieron el camino para una nueva etapa política. El agotamiento del modelo neoliberal favoreció el ascenso de gobiernos de izquierda y centroizquierda en numerosos países. Hugo Chávez en Venezuela, Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Michelle Bachelet en Chile y otros dirigentes formaron parte de un giro político heterogéneo que recuperó la importancia del Estado y cuestionó varios aspectos del neoliberalismo. No se trató de un movimiento uniforme. Algunos gobiernos mantuvieron economías de mercado relativamente abiertas mientras ampliaban políticas sociales; otros desarrollaron proyectos más confrontativos con las élites económicas y con Estados Unidos. El denominador común fue la recuperación de discursos vinculados con la soberanía nacional, la redistribución y la inclusión social.
El crecimiento económico de aquella etapa estuvo favorecido en buena medida por el aumento de los precios internacionales de materias primas. Esto permitió incrementar los ingresos estatales y financiar programas sociales destinados a reducir la pobreza. Sin embargo, también reprodujo una vieja dependencia latinoamericana: la economía continuaba fuertemente vinculada a la exportación de productos primarios. La región podía haber cambiado de discurso político, pero seguía vendiendo buena parte de aquello que el mercado internacional estaba dispuesto a comprar. La estructura económica profunda demostró nuevamente ser más resistente que los programas electorales.
La desigualdad constituye precisamente una de las grandes continuidades históricas que atraviesan el libro. América Latina ha construido sociedades profundamente estratificadas desde el período colonial y la modernización económica no consiguió eliminar esas diferencias. La concentración de la tierra, la riqueza y las oportunidades educativas generó mecanismos de reproducción social que sobrevivieron a los cambios políticos. Incluso en períodos de crecimiento, los beneficios podían distribuirse de manera extremadamente desigual. La pobreza, por tanto, no puede comprenderse únicamente como falta de crecimiento económico; también debe analizarse desde la distribución de recursos, las relaciones de propiedad y el acceso diferencial a servicios públicos, educación, salud y empleo.
La cuestión indígena introduce otra dimensión fundamental. Las poblaciones originarias fueron sometidas durante la colonia y posteriormente enfrentaron procesos de marginalización dentro de los Estados nacionales. Sin embargo, durante las últimas décadas los movimientos indígenas adquirieron una capacidad política considerable y comenzaron a cuestionar no solamente la exclusión cultural, sino también la concentración de tierras, la explotación de recursos naturales y la estructura misma del Estado. Bolivia y Ecuador representan ejemplos particularmente significativos de este proceso, aunque la cuestión indígena atraviesa también México, Perú, Guatemala, Chile y otros países. La emergencia de estos movimientos demuestra que la construcción nacional latinoamericana nunca logró absorber completamente la diversidad cultural de sus sociedades.
La dimensión religiosa tampoco puede ser ignorada. La Iglesia católica desempeñó durante siglos un papel central en la organización social y política, y su influencia sobrevivió a la separación entre Iglesia y Estado. Durante el siglo XX aparecieron corrientes como la teología de la liberación, que intentaron vincular el cristianismo con la lucha contra la pobreza y la injusticia social. Al mismo tiempo, el crecimiento de las iglesias evangélicas transformó progresivamente el mapa religioso de numerosos países. Estos cambios tienen consecuencias políticas porque la religión continúa participando activamente en debates sobre familia, moral, educación, derechos y organización social.
La urbanización modificó igualmente la estructura latinoamericana. El continente pasó de ser predominantemente rural a convertirse en una de las regiones más urbanizadas del planeta. Las grandes ciudades concentraron población, industrias, servicios, instituciones educativas y movimientos sociales. Pero la urbanización no eliminó la desigualdad: produjo enormes espacios metropolitanos en los que barrios de lujo y asentamientos precarios pueden coexistir separados por unos pocos kilómetros. La ciudad latinoamericana se convirtió simultáneamente en símbolo de modernización y escenario visible de la desigualdad.
La globalización profundizó estas transformaciones. Las economías latinoamericanas quedaron cada vez más integradas a mercados internacionales, cadenas productivas, flujos financieros y procesos migratorios. Esta integración produjo nuevas oportunidades, pero también nuevas vulnerabilidades. Las crisis internacionales pudieron transmitirse con enorme rapidez y las decisiones tomadas en los principales centros económicos afectaron directamente a países situados a miles de kilómetros. La globalización no eliminó la dependencia: modificó sus formas. La autonomía económica de los Estados latinoamericanos continuó limitada por la necesidad de atraer inversiones, obtener divisas y mantener acceso a los mercados internacionales.
Zanatta permite comprender, además, que la historia política latinoamericana no puede explicarse únicamente mediante la oposición entre democracia y dictadura. Existe una cuestión institucional más profunda relacionada con el personalismo, la debilidad de determinadas instituciones y la tendencia a depositar expectativas extraordinarias en liderazgos individuales. Desde los caudillos del siglo XIX hasta los populismos contemporáneos, aparece una tradición política en la que el líder puede presentarse como encarnación de la nación o del pueblo. Este fenómeno no pertenece exclusivamente a la derecha o a la izquierda. Puede adoptar discursos ideológicos diferentes porque responde a un problema más profundo: la dificultad de construir instituciones capaces de producir legitimidad y resolver conflictos sociales de manera estable.
El siglo XXI muestra, en consecuencia, democracias mucho más consolidadas que las existentes durante buena parte del siglo XX, pero también sociedades profundamente insatisfechas. La expansión de los derechos políticos no resolvió automáticamente la desigualdad económica. Las elecciones se convirtieron en mecanismos relativamente habituales de alternancia, pero la desconfianza hacia los partidos tradicionales aumentó. Los ciudadanos demandan mayor seguridad, mejores servicios públicos, oportunidades económicas y representación efectiva, mientras los Estados enfrentan limitaciones fiscales y estructuras económicas difíciles de transformar. El resultado es una combinación particularmente inestable de democratización política, frustración social y polarización.
La polarización contemporánea recupera algunos rasgos de antiguas disputas latinoamericanas, aunque los conflictos actuales se desarrollan en contextos muy diferentes. La izquierda y la derecha continúan enfrentándose por el papel del Estado, la distribución de la riqueza, la seguridad, la política exterior y los modelos de desarrollo. Al mismo tiempo, las redes sociales aceleraron la circulación de discursos políticos y facilitaron nuevas formas de movilización, pero también favorecieron la fragmentación del debate público. La política puede convertirse fácilmente en una sucesión de identidades enfrentadas que producen mucho ruido y poca capacidad para resolver problemas estructurales.
Una de las enseñanzas más importantes que ofrece el recorrido histórico de Zanatta consiste precisamente en demostrar que las transformaciones políticas nunca pueden separarse completamente de las estructuras económicas y sociales. Los cambios de régimen pueden modificar instituciones, pero no necesariamente eliminan desigualdades. Las reformas económicas pueden generar crecimiento, pero tampoco garantizan integración social. Los discursos nacionalistas pueden recuperar soberanía simbólica, pero no necesariamente transforman las relaciones económicas internacionales. Las revoluciones pueden modificar radicalmente el poder político, pero también crear nuevas formas de concentración del poder. América Latina aparece así como un laboratorio histórico en el que las soluciones parciales suelen producir nuevos problemas.
La obra resulta especialmente útil porque permite escapar de dos caricaturas igualmente pobres: la idea de que América Latina es simplemente una región condenada al fracaso y la idea opuesta de que todos sus problemas pueden atribuirse a una única causa externa. La historia latinoamericana es demasiado compleja para cualquiera de esas explicaciones. Las intervenciones extranjeras, las relaciones económicas internacionales y la dependencia han tenido una importancia enorme, pero las sociedades latinoamericanas también poseen dinámicas internas, conflictos de clase, instituciones, decisiones políticas y tradiciones culturales que deben ser considerados. Culpar absolutamente de todo a Washington resulta tan insuficiente como atribuir absolutamente todo a la supuesta incapacidad de los latinoamericanos para gobernarse. La historia, por fortuna, suele ser bastante menos cómoda que las consignas.
La perspectiva de largo plazo permite además comprender que muchas de las discusiones actuales tienen antecedentes muy antiguos. Los debates sobre intervención estatal y libertad económica remiten al siglo XIX; las tensiones entre centralismo y federalismo sobreviven en diversas formas; el conflicto entre élites y sectores populares atraviesa diferentes períodos; la dependencia de las exportaciones primarias tiene raíces profundas; la relación entre Iglesia y política continúa generando controversias; y la tensión entre liderazgo personalista e instituciones republicanas permanece vigente. El presente no inventa todos estos problemas: los reorganiza.
La historia latinoamericana aparece entonces como una permanente disputa por definir qué significa modernizarse, quién debe conducir la sociedad y cómo distribuir los beneficios del desarrollo. Las élites económicas han defendido distintos modelos de integración internacional; los movimientos populares han reclamado redistribución y derechos; los militares han pretendido en distintos momentos presentarse como árbitros del orden; los revolucionarios han buscado transformar radicalmente las estructuras sociales; los reformistas han intentado conciliar crecimiento y justicia social. Ninguna de estas alternativas consiguió resolver definitivamente las contradicciones del continente.
También resulta importante observar que América Latina no puede reducirse a su historia política. La transformación cultural, literaria y artística de la región ha sido extraordinaria. La literatura latinoamericana, el cine, la música y las artes visuales contribuyeron a construir identidades nacionales y regionales que desbordaron las fronteras políticas. El continente desarrolló una cultura común que, pese a sus diferencias, permitió imaginar una comunidad latinoamericana más amplia. Esa dimensión cultural ayuda a comprender por qué la idea de América Latina sobrevivió a las enormes diferencias existentes entre sus países.
La obra de Zanatta puede leerse, por tanto, como una invitación a observar la región desde una perspectiva histórica amplia, evitando las explicaciones instantáneas que suelen dominar el debate político. Una crisis económica no aparece de la nada; una dictadura no surge sin antecedentes; un populismo no puede comprenderse sin observar la relación entre masas, Estado y élites; una reforma neoliberal tiene consecuencias que pueden prolongarse durante décadas; un movimiento indígena contemporáneo posee raíces en conflictos territoriales mucho más antiguos. La historia proporciona precisamente ese espesor temporal que permite comprender por qué las sociedades actúan como lo hacen.
“Historia de América Latina (De la Colonia al Siglo XXI)” resulta especialmente valiosa por esa capacidad para conectar procesos aparentemente separados y construir una visión general de una región marcada por contradicciones persistentes. Desde la conquista hasta las democracias contemporáneas, Zanatta reconstruye una historia en la que modernización y desigualdad, soberanía y dependencia, democracia y personalismo, movilización popular y concentración del poder aparecen constantemente entrelazados. América Latina no emerge como una realidad condenada ni como un proyecto históricamente fracasado, sino como un conjunto de sociedades que han atravesado transformaciones enormes mientras continúan enfrentando problemas estructurales. La importancia del libro reside precisamente en mostrar que comprender esos problemas exige mirar mucho más atrás que la última elección, el último gobierno o la última crisis. La historia regional revela que las estructuras sociales poseen una memoria considerable y que las sociedades pueden cambiar de instituciones, discursos y protagonistas sin abandonar completamente las tensiones que las constituyeron. Leer América Latina desde la colonia hasta el siglo XXI significa, en última instancia, reconocer que el presente es una acumulación de conflictos, conquistas, derrotas y transformaciones que todavía siguen actuando debajo de la superficie.

(Contraseña: ganz1912)
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Por ganz 1912

Un comentario en «Historia de América Latina (De la Colonia al Siglo XXI)»
  1. Diría que es un esfuerzo sistemático, para ir conformado, un pensamiento histórico, y espero que también filosófico, en cuanto a generar, de manera cada vez más clara, una ponencia sólida, respecto, al surgimiento, componentes y personajes, que se comprometen de manera seria, para generar, una idea que exprese, qué es, en qué consiste, el pensamiento latinoamericano y la cultura latinoamericana, el cual, se encuentra, diría, disperso, pero con notables ideas fuerzas…como EL GRITO de Gabriela Mistral.

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