JACQUES DUBOIS; GILLES JOURDAIN; ANTOINETTE MALLET; ERNEST MANDEL; CHRISTIAN MERLIN; EVA MORAIN; JACQUES VALIER – La Inflación
La inflación es uno de esos fenómenos económicos que parecen extraordinariamente sencillos hasta que uno intenta explicar por qué ocurre. Los precios suben, el dinero pierde poder adquisitivo y, aparentemente, asunto terminado. Pero semejante descripción tiene la misma profundidad que afirmar que una revolución consiste en que mucha gente sale a la calle. El volumen elaborado por Jacques Dubois, Gilles Jourdain, Antoinette Mallet, Ernest Mandel, Christian Merlin, Eva Morain y Jacques Valier parte precisamente de la necesidad de desmontar esa apariencia de simplicidad y examinar la inflación como un fenómeno económico y social vinculado con las contradicciones del capitalismo. Su interés reside en que no trata la elevación de los precios como una anomalía accidental que aparece porque algún agente económico se comportó mal, sino como un proceso que debe relacionarse con la dinámica de la acumulación, las relaciones entre capital y trabajo, la política monetaria, las estructuras productivas, la intervención estatal y las transformaciones del sistema capitalista. El fenómeno inflacionario adquiere así una dimensión mucho más amplia: no se trata solamente de cuánto cuesta una mercancía, sino de cómo se distribuye el poder de compra, quién consigue trasladar los aumentos de costos, qué sectores sociales absorben las pérdidas y qué mecanismos permiten que determinados grupos protejan sus ingresos mientras otros ven deteriorarse los suyos. La inflación aparece entonces como un terreno privilegiado para observar las relaciones de fuerza existentes dentro de una economía. Detrás de cada porcentaje de aumento de precios hay una disputa, explícita o silenciosa, por la distribución del ingreso.
Una de las cuestiones fundamentales que atraviesa el análisis es la necesidad de distinguir entre las diferentes causas y mecanismos que pueden generar procesos inflacionarios. No existe una única inflación, universal y eternamente idéntica a sí misma. Pueden existir presiones derivadas de la demanda, incrementos de costos, expansión monetaria, desequilibrios externos, modificaciones en los precios de materias primas, devaluaciones, restricciones de oferta y combinaciones de varios de estos factores. El problema comienza cuando una explicación particular pretende convertirse en explicación absoluta. La tradición económica ortodoxa ha tendido con frecuencia a colocar el exceso de dinero o de demanda en el centro del fenómeno, mientras otras corrientes han insistido en los conflictos distributivos y en las estructuras productivas. La perspectiva desarrollada por los autores permite observar que estas dimensiones no necesariamente se excluyen, pero tampoco pueden mezclarse indiscriminadamente. Una expansión monetaria puede alimentar un proceso inflacionario, pero la pregunta históricamente relevante es por qué se expande el dinero, qué instituciones lo hacen posible, qué necesidades económicas intenta atender esa expansión y quién termina apropiándose de los recursos adicionales. Del mismo modo, un aumento salarial puede incrementar determinados costos empresariales, pero reducir toda inflación a “salarios excesivos” supone ignorar la capacidad de las empresas para modificar precios, los márgenes de beneficio, las condiciones de competencia y las relaciones de poder existentes en los mercados.
Aquí adquiere especial importancia la perspectiva marxista asociada a Ernest Mandel. Desde este enfoque, la inflación no puede comprenderse separándola de las contradicciones generales de la acumulación capitalista. El capitalismo necesita expandirse, acumular capital y mantener determinadas tasas de rentabilidad, pero su funcionamiento produce simultáneamente contradicciones entre las diferentes fracciones del capital y entre capital y trabajo. La lucha por la distribución del producto social puede expresarse a través de salarios, beneficios, precios, impuestos, crédito y gasto estatal. Cuando diferentes grupos intentan proteger o aumentar su participación en el ingreso nacional, los precios pueden convertirse en uno de los mecanismos mediante los cuales esa disputa se desarrolla. La inflación adquiere así una dimensión política que las explicaciones puramente monetarias tienden a ocultar. No significa que los precios aumenten simplemente porque empresarios y trabajadores “decidan” hacerlo, sino que las condiciones institucionales y productivas determinan qué actores poseen capacidad efectiva para trasladar las presiones distributivas a los precios.
La relación entre salarios e inflación constituye uno de los puntos más controvertidos. La explicación convencional de la llamada espiral salarios-precios sostiene que los trabajadores demandan aumentos salariales para compensar el incremento del costo de vida; las empresas trasladan esos mayores costos a los precios; el aumento resultante del costo de vida genera nuevas demandas salariales y el proceso continúa. La descripción puede ser válida en determinadas circunstancias, pero se vuelve ideológicamente cómoda cuando transforma a los trabajadores en responsables principales de la inflación. Porque existe una pregunta bastante menos simpática para quien desea explicar todo mediante el salario: ¿qué ocurre con los beneficios? Si una empresa enfrenta un aumento salarial del diez por ciento, no existe ninguna ley natural que determine que debe aumentar sus precios exactamente en diez por ciento. Puede reducir márgenes, mejorar productividad, reorganizar procesos o trasladar parte del incremento al consumidor. La decisión depende de las condiciones de competencia y del poder de mercado. La inflación, por tanto, no puede comprenderse sin analizar la distribución del ingreso entre salarios y ganancias.
Este aspecto resulta particularmente significativo en períodos de crisis. Cuando las empresas enfrentan dificultades para sostener sus tasas de rentabilidad, pueden intentar aumentar precios para defender sus márgenes. Los trabajadores, por su parte, intentan preservar el salario real mediante reivindicaciones nominales. El resultado puede ser una dinámica de conflicto distributivo en la que los precios y los salarios se convierten en instrumentos de defensa de posiciones sociales. El dinero funciona entonces como una especie de marcador de una disputa que se desarrolla en el terreno de la distribución. No es simplemente que “todo se encarece”: diferentes grupos luchan por evitar que la inflación recaiga exclusivamente sobre ellos.
La cuestión monetaria sigue siendo, naturalmente, indispensable. El dinero cumple funciones esenciales en una economía capitalista: medio de intercambio, unidad de cuenta y reserva de valor. Cuando la cantidad de dinero y crédito se expande en relación con la capacidad de producción, pueden generarse presiones sobre los precios. Pero una teoría seria de la inflación debe explicar también la relación entre dinero, crédito, producción y circulación. El dinero no se comporta como una sustancia independiente que pueda introducirse o retirarse de la economía sin consecuencias diferenciadas. La creación monetaria responde a necesidades del sistema financiero, del Estado, de las empresas y de los hogares. El crédito permite anticipar ingresos futuros, financiar inversiones y sostener actividades económicas, pero también puede contribuir a generar desequilibrios cuando se expande de manera desproporcionada.
El Estado ocupa en este proceso una posición fundamental. Las políticas fiscales, monetarias y cambiarias pueden influir considerablemente sobre la dinámica de los precios. El déficit público, por ejemplo, puede financiarse mediante diferentes mecanismos y sus efectos dependen de la situación económica concreta. La simple ecuación “déficit igual inflación” es demasiado rudimentaria para explicar economías reales. Un aumento del gasto público en una economía con recursos productivos ociosos puede tener efectos diferentes de ese mismo aumento en una economía cercana a su capacidad máxima. Del mismo modo, financiar un déficit mediante emisión monetaria puede generar consecuencias diferentes según las condiciones de producción, demanda y confianza en la moneda. El análisis de la inflación exige, por tanto, estudiar las relaciones entre política económica y estructura productiva, no repetir una fórmula como si fuera una ley de la física.
La inflación también redistribuye riqueza de manera desigual. Quien posee activos cuyo valor aumenta con los precios puede protegerse mejor que quien depende de un salario fijo. Quienes tienen capacidad para modificar rápidamente sus precios pueden adaptarse de manera distinta a quienes venden su trabajo por una remuneración que se negocia con menor frecuencia. Los deudores pueden beneficiarse en determinadas circunstancias porque devuelven obligaciones nominales con dinero de menor poder adquisitivo, mientras los acreedores pueden verse perjudicados. Los propietarios de determinados activos pueden experimentar ganancias nominales mientras los pequeños ahorristas que conservan dinero en efectivo observan cómo sus reservas pierden valor. La inflación, por tanto, no afecta a todos de la misma manera. Hablar de “la sociedad” como si todos sus miembros enfrentaran idénticas consecuencias es una forma bastante eficiente de ocultar quién gana y quién pierde.
Esta dimensión distributiva explica también por qué las políticas antiinflacionarias poseen inevitablemente consecuencias sociales. Aumentar las tasas de interés puede reducir el crédito y contener la demanda, pero también encarecer la financiación empresarial, desalentar inversiones y perjudicar a hogares endeudados. Reducir el gasto público puede disminuir determinadas presiones sobre los precios, pero puede trasladar el costo del ajuste hacia sectores dependientes de servicios públicos y transferencias. Congelar salarios puede contener una determinada dinámica de costos, pero implica que los trabajadores absorban una parte mayor de la pérdida de poder adquisitivo. Controlar precios puede aliviar temporalmente determinados bienes esenciales, pero puede generar problemas de abastecimiento si se aplica sin considerar costos y condiciones productivas. No existe una política antiinflacionaria socialmente neutra. Toda política distribuye costos y beneficios.
Esta constatación permite comprender por qué el combate contra la inflación suele presentarse como una cuestión puramente técnica cuando en realidad contiene decisiones profundamente políticas. Decir que “hay que ajustar” no explica quién debe ajustar ni cuánto. Decir que “hay que recuperar la confianza” tampoco explica quién debe pagar el precio de esa recuperación. La economía política comienza precisamente allí donde termina el lenguaje tecnocrático. Las variables macroeconómicas no flotan por encima de la sociedad; afectan a clases, grupos y sectores concretos. Una reducción de la inflación puede ser considerada un éxito macroeconómico y, al mismo tiempo, haber sido acompañada por una caída significativa del salario real o por un aumento del desempleo. Las estadísticas agregadas pueden mejorar mientras determinadas condiciones sociales empeoran.
La relación entre inflación y desempleo introduce otra contradicción fundamental. Las políticas destinadas a contener la demanda pueden reducir las presiones inflacionarias, pero también pueden disminuir la actividad económica y el empleo. El problema se vuelve especialmente agudo cuando una economía experimenta simultáneamente inflación y estancamiento, situación que cuestionó las explicaciones más simples basadas en una oposición mecánica entre inflación y desempleo. Las crisis del capitalismo pueden producir combinaciones contradictorias en las que aumentan los precios mientras la producción se debilita. Comprender estos fenómenos requiere incorporar factores relacionados con la oferta, la productividad, los precios internacionales, las materias primas, los conflictos distributivos y las transformaciones estructurales.
Las economías dependientes enfrentan problemas adicionales. Las variaciones del tipo de cambio pueden trasladarse rápidamente a los precios internos cuando una economía depende de importaciones de bienes de capital, energía, alimentos o insumos industriales. Una devaluación puede mejorar determinadas condiciones de competitividad externa, pero también aumentar los costos internos. La estructura productiva y la dependencia respecto de los mercados internacionales se vuelven entonces factores fundamentales. En países con fuerte dependencia de bienes importados o con una estructura exportadora concentrada, las fluctuaciones internacionales pueden tener efectos internos muy intensos. La inflación no puede comprenderse exclusivamente mirando las variables domésticas porque las economías capitalistas se encuentran integradas en mercados internacionales.
Este punto adquiere una importancia especial para América Latina, donde las experiencias inflacionarias han sido históricamente particularmente intensas. Las devaluaciones, las crisis de deuda, las restricciones externas, la dependencia tecnológica, los conflictos distributivos y las dificultades fiscales han interactuado de maneras complejas. Las explicaciones que atribuyen estos procesos exclusivamente a la indisciplina monetaria pierden de vista las restricciones estructurales que enfrentan las economías periféricas. Pero tampoco basta con responsabilizar exclusivamente a factores externos. La política económica interna, las estrategias empresariales, las instituciones y las relaciones de poder domésticas desempeñan igualmente un papel decisivo. La inflación suele ser precisamente el resultado de la interacción entre esas dimensiones.
Otro aspecto importante es la diferencia entre inflación y cambio de precios relativos. No todo aumento de un precio constituye inflación en sentido estricto. Si aumenta el precio del petróleo debido a una interrupción de la oferta internacional, el problema inicial puede consistir en un cambio relativo entre el precio de la energía y el resto de las mercancías. El problema inflacionario aparece cuando ese shock se transmite al conjunto de precios y salarios, generando una dinámica más generalizada. Esta distinción resulta esencial porque las políticas necesarias para responder a un shock de oferta no son necesariamente las mismas que aquellas apropiadas para una inflación derivada de una demanda excesiva o de un conflicto distributivo persistente.
La productividad constituye asimismo una variable fundamental. Si los salarios aumentan mientras la productividad permanece constante, pueden generarse presiones sobre los costos unitarios; pero si la productividad aumenta suficientemente, un incremento salarial no necesariamente produce un aumento equivalente de los precios. La relación entre salarios, productividad y precios permite comprender por qué las discusiones sobre remuneraciones no pueden limitarse a observar el porcentaje nominal del aumento salarial. Lo importante es analizar cómo evolucionan los costos laborales por unidad producida y cómo se distribuyen los beneficios derivados de los incrementos de productividad. Nuevamente aparece la cuestión distributiva: quién se apropia del progreso técnico y bajo qué condiciones.
La inflación también modifica las expectativas. Cuando los agentes económicos esperan aumentos de precios, pueden adelantar compras, negociar contratos considerando aumentos futuros, ajustar salarios y modificar decisiones de inversión. Las expectativas pueden convertirse así en un mecanismo de retroalimentación. Pero tampoco deben transformarse en una explicación mágica. Decir que la inflación existe porque la gente espera inflación puede resultar tan circular como afirmar que llueve porque el suelo está mojado. Es necesario explicar por qué se forman esas expectativas y qué experiencias económicas las sostienen. Si durante años los trabajadores han perdido poder adquisitivo y las empresas han trasladado sistemáticamente aumentos de costos a precios, esperar inflación no constituye una fantasía irracional: es una conducta adaptativa.
El problema de la indexación aparece entonces como una respuesta racional a la pérdida recurrente de poder adquisitivo. Cuando salarios, alquileres, contratos financieros u otras obligaciones se ajustan automáticamente según la inflación pasada, se intenta reducir la incertidumbre generada por la depreciación monetaria. Sin embargo, la indexación también puede contribuir a prolongar una dinámica inflacionaria cuando los aumentos pasados se incorporan sistemáticamente a los precios futuros. De este modo, un mecanismo creado para proteger ingresos puede terminar consolidando la inercia inflacionaria. La cuestión vuelve a demostrar que los fenómenos económicos rara vez responden a relaciones lineales simples.
Uno de los aspectos más sugerentes del enfoque de los autores consiste en mostrar que la inflación puede actuar como mecanismo de transformación de las relaciones sociales. Una inflación persistente modifica comportamientos, contratos, formas de ahorro, estrategias empresariales y expectativas. El horizonte temporal se acorta: conservar dinero pierde atractivo, invertir puede convertirse en una estrategia defensiva, las empresas buscan anticipar aumentos de costos y los hogares intentan desprenderse rápidamente de una moneda que pierde valor. La inflación altera incluso la percepción cotidiana del tiempo económico. Un precio deja de ser una referencia estable y se convierte en una cifra provisional que parece venir con fecha de vencimiento.
Para los trabajadores, el deterioro del salario real puede modificar las estrategias sindicales y reforzar la importancia de la negociación colectiva. Para las empresas, la inflación puede favorecer a aquellas con mayor capacidad de mercado y perjudicar a las que operan con márgenes estrechos. Para el Estado, una inflación persistente erosiona la capacidad de planificación presupuestaria y puede deteriorar la confianza en la moneda. Para los sectores populares, el impacto suele ser especialmente fuerte cuando una proporción elevada de sus ingresos se destina a bienes esenciales cuyos precios aumentan rápidamente. La inflación, por tanto, no es simplemente una estadística macroeconómica: reorganiza prácticas sociales.
El análisis permite también cuestionar la idea de que existe una oposición absoluta entre mercado y Estado en materia inflacionaria. El capitalismo contemporáneo no funciona mediante mercados completamente autónomos del poder estatal. Bancos centrales, sistemas fiscales, regulación financiera, gasto público, legislación laboral y políticas cambiarias intervienen constantemente en la formación de las condiciones económicas. El Estado puede intentar controlar la inflación precisamente porque las relaciones monetarias y productivas necesitan instituciones que las regulen. La cuestión verdaderamente importante no es si el Estado interviene, sino cómo interviene, con qué objetivos y en beneficio de qué sectores.
Desde una perspectiva crítica, la inflación revela así una de las contradicciones centrales del capitalismo: el carácter social de la producción frente a la apropiación privada de sus resultados. La producción depende de millones de relaciones cooperativas, cadenas productivas, infraestructuras, conocimientos y trabajos interdependientes, pero la distribución de los resultados se organiza mediante relaciones de propiedad y poder. Cuando aparecen tensiones sobre el reparto del ingreso, los precios pueden convertirse en un mecanismo mediante el cual esas contradicciones se expresan. La inflación no crea necesariamente esas contradicciones; puede hacerlas visibles.
La obra resulta especialmente valiosa por esa capacidad de superar las explicaciones monocausales. El dinero importa, pero también importan los salarios. Los salarios importan, pero también los beneficios. Los beneficios importan, pero también la productividad. La productividad importa, pero también la estructura productiva. La estructura productiva importa, pero también las relaciones internacionales. Y todo ello se encuentra atravesado por decisiones políticas e institucionales. Una explicación económica verdaderamente convincente debe ser capaz de conectar estos niveles sin convertir ninguno de ellos en una especie de dios único de la inflación.
Leer este análisis desde el presente conserva además una enorme utilidad porque la inflación continúa siendo utilizada como argumento político. Unos la presentan como resultado de gobiernos irresponsables; otros como consecuencia de empresarios abusivos; otros como efecto inevitable de shocks internacionales; otros como resultado exclusivo de la emisión monetaria. Cada explicación puede contener una parte de verdad, pero el problema comienza cuando esa parte pretende convertirse en el todo. El fenómeno inflacionario es demasiado complejo para semejante comodidad. Precisamente por eso, una lectura de economía política resulta más productiva que una colección de recetas.
El gran aporte de este trabajo reside, entonces, en devolverle a la inflación su dimensión social. Los precios no son simples números que aparecen espontáneamente en las etiquetas de los comercios. Expresan relaciones entre productores, trabajadores, consumidores, empresas, Estado y mercados internacionales. Cuando los precios cambian, también cambian las relaciones de poder. La inflación puede transferir ingresos, alterar patrimonios, modificar decisiones productivas y transformar las expectativas colectivas. Comprenderla exige abandonar tanto la superstición monetaria como la explicación moralista que busca culpables individuales y reconstruir las estructuras económicas que hacen posible su aparición y persistencia. La economía deja de ser entonces ese supuesto territorio neutral donde sólo existen curvas, porcentajes y tecnócratas con cara de haber descubierto el sentido de la vida en una planilla de Excel. Aparece nuevamente como economía política: un campo donde diferentes grupos sociales disputan recursos, ingresos y capacidad de decisión. Desde esa perspectiva, el estudio de la inflación no es únicamente un análisis sobre el comportamiento de los precios, sino una vía privilegiada para comprender las contradicciones del capitalismo, los mecanismos de redistribución del ingreso y las relaciones de fuerza que determinan quién consigue trasladar los costos de las crisis y quién termina pagándolos. Y ésa es probablemente la cuestión más importante que deja planteada el libro: detrás de la aparente neutralidad de una cifra inflacionaria siempre existe una sociedad dividida en posiciones desiguales, porque cuando el dinero pierde valor, la pregunta verdaderamente decisiva nunca es solamente cuánto aumentaron los precios, sino quién pudo defenderse de ese aumento y quién tuvo que absorberlo.
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(Contraseña: ganz1912)


¿Dispone de los comentarios a los tres tomos de EL CAPITAL de David 1. Rosenberg
Hola. Lamentablemente no todavía, un saludo.
Si lo encuentras seria un gran aporte. Està descatalogado.
Figurita difícil esas ediciones, pero si lo encuentro lo comparto, un saludo.