
JORGE LUIS ACANDA – Sociedad Civil y Hegemonía
“Sociedad Civil y Hegemonía” de Jorge Luis Acanda constituye una de las aportaciones más relevantes del pensamiento político marxista latinoamericano contemporáneo, y en particular del campo intelectual cubano posterior a los años noventa. Es un texto que se sitúa en un momento histórico preciso: la crisis del socialismo real, la caída del bloque soviético y el consecuente replanteamiento del proyecto socialista en Cuba y en el resto de América Latina. En ese contexto, Acanda asume una tarea doble. Por un lado, la de recuperar críticamente una categoría teórica que había sido marginada o mal comprendida dentro del marxismo ortodoxo: la sociedad civil. Por otro, la de repensar la noción de hegemonía en clave emancipadora, no como mera dominación ideológica, sino como construcción activa de consenso social. Ambas operaciones teóricas están estrechamente vinculadas, pues para Acanda no puede haber hegemonía sin una sociedad civil viva, plural y autónoma; ni puede haber transformación socialista si el Estado pretende sustituir o silenciar las formas de organización social e ideológica que surgen desde abajo.
El punto de partida del libro es una revisión exhaustiva del desarrollo histórico del concepto de sociedad civil. Acanda rastrea su origen en la filosofía clásica moderna, especialmente en la obra de Hegel y en la crítica posterior de Marx. Para Hegel, la sociedad civil era el ámbito de las necesidades particulares, del trabajo, del mercado y de la competencia, un espacio intermedio entre la familia y el Estado donde los individuos persiguen sus fines egoístas pero bajo un orden racional. Marx retoma el término, pero invierte su sentido: en su análisis, la sociedad civil constituye la base material de las relaciones de producción y de la estructura de clases, el lugar donde se generan las contradicciones que el Estado intenta contener o administrar. Sin embargo, en ambos casos la sociedad civil es concebida en relación dialéctica con el Estado, nunca como una esfera totalmente separada ni autosuficiente. Este recorrido le sirve a Acanda para mostrar cómo el pensamiento liberal redujo la sociedad civil a un espacio de libertad privada y de autolimitación del poder estatal, mientras que el marxismo posterior, al concentrarse en la crítica económica, tendió a disolverla en la infraestructura, perdiendo de vista su dimensión cultural, política e ideológica.
Es precisamente Antonio Gramsci quien, según Acanda, logra rescatar la categoría de sociedad civil y darle una nueva centralidad dentro del marxismo. Gramsci entiende la sociedad civil como el conjunto de instituciones y prácticas a través de las cuales se organiza el consenso en torno a un orden social determinado: la escuela, la iglesia, los medios de comunicación, las asociaciones, las universidades, los sindicatos, los partidos. En ese entramado de relaciones se produce la hegemonía, es decir, la capacidad de una clase dirigente de construir dirección moral e intelectual sobre las demás, más allá del mero control coercitivo del Estado. Acanda enfatiza que esta concepción introduce una ampliación decisiva del marxismo: el poder no se reduce a la economía ni al aparato estatal, sino que se extiende a todo el tejido social, donde las ideas, los valores y las representaciones juegan un papel determinante. La hegemonía, en consecuencia, no es un dato ni una estructura fija, sino un proceso histórico de lucha y negociación, una práctica que involucra tanto la persuasión como el conflicto.
Sobre esta base teórica, “Sociedad Civil y Hegemonía” desarrolla una crítica profunda a los procesos políticos de las sociedades socialistas del siglo XX, incluida la experiencia cubana. Acanda argumenta que en muchos de estos casos la centralización del poder y la identificación plena entre Estado y sociedad condujeron a la reducción o anulación del espacio civil. Al asumir que la hegemonía podía garantizarse exclusivamente desde las instituciones estatales, se terminó confundiendo consenso con obediencia, y participación con subordinación. De este modo, el socialismo se vació de su contenido democrático y se volvió vulnerable al dogmatismo y a la inercia burocrática. Acanda sostiene que el verdadero desafío del socialismo contemporáneo no consiste en mantener el control político, sino en reconstruir la hegemonía desde la base social, fomentando una sociedad civil activa, crítica y participativa. Solo así puede el socialismo adquirir legitimidad moral y capacidad de renovación cultural frente a los cambios del mundo moderno.
Una parte central del análisis de Acanda se dirige a la relación entre hegemonía y cultura. Inspirado en Gramsci, pero también en el marxismo humanista y en la tradición crítica latinoamericana, el autor plantea que la hegemonía se construye no solo en el terreno político, sino sobre todo en el simbólico. Las luchas por el sentido, por la definición de los valores, por el control del discurso y de la memoria histórica son tan decisivas como las luchas económicas o institucionales. En este sentido, la sociedad civil se convierte en un espacio estratégico de producción de subjetividad. Allí se gestan las formas de pensar, sentir y actuar que sustentan o desafían un orden social determinado. Para Acanda, comprender este aspecto es indispensable para cualquier proyecto de transformación socialista que aspire a ser duradero. No basta con cambiar las estructuras de propiedad o con instaurar nuevas instituciones políticas; es necesario generar una nueva cultura política, un nuevo tipo de sujeto social capaz de apropiarse conscientemente del proceso histórico.
El autor dedica también parte de su reflexión a analizar cómo las condiciones latinoamericanas modifican el problema de la hegemonía. En sociedades marcadas por la dependencia económica, la desigualdad estructural y la fragmentación social, la tarea de construir una sociedad civil fuerte y democrática se enfrenta a obstáculos históricos específicos. Acanda advierte que, en gran parte de América Latina, la sociedad civil ha sido débil, heterogénea y, en ocasiones, cooptada por las élites. Esto ha dificultado tanto la consolidación de proyectos democráticos como el desarrollo de alternativas socialistas genuinas. Frente a esa situación, “Sociedad Civil y Hegemonía” propone pensar la emancipación desde una perspectiva pluralista y participativa, que reconozca la diversidad de actores y de formas de organización presentes en la sociedad. El autor no idealiza la sociedad civil —sabe que en ella también operan las lógicas del poder y de la dominación—, pero sostiene que es precisamente en su conflictividad donde reside la posibilidad de una transformación real.
Un aspecto particularmente lúcido del libro es la distinción que Acanda establece entre dominación y hegemonía. Mientras la dominación se basa en la imposición y la coerción, la hegemonía implica dirección, liderazgo y consenso. Es decir, una clase o grupo dirigente ejerce hegemonía cuando logra que su visión del mundo sea asumida como legítima por amplios sectores sociales, incluso por aquellos que no comparten su posición material. En este punto, Acanda introduce una reflexión autocrítica sobre las izquierdas: muchas veces, dice, se ha confundido la conquista del poder político con la conquista de la hegemonía, olvidando que esta última solo puede sostenerse si logra articular intereses diversos y construir un horizonte común. De ahí la importancia de mantener abierta la esfera pública, de fomentar el debate ideológico y de permitir la emergencia de iniciativas sociales autónomas. La hegemonía no se decreta ni se impone: se construye en el intercambio, en la disputa, en la comunicación constante entre dirigentes y dirigidos.
“Sociedad Civil y Hegemonía” no se limita a un ejercicio teórico, sino que implica una toma de posición política. Acanda invita a repensar el socialismo como un proyecto cultural antes que como un modelo económico cerrado. Propone revalorar el papel del ciudadano frente al del mero militante, y el de la participación crítica frente a la obediencia. En su lectura, el socialismo debe ser una sociedad de sujetos activos y no de masas dirigidas. Este planteo tiene implicaciones profundas para la teoría y la práctica política: supone que la emancipación no puede realizarse sin libertad, y que el consenso revolucionario debe ser resultado del convencimiento, no de la imposición. Así, la sociedad civil deja de ser vista como una amenaza al Estado socialista y pasa a concebirse como su base de legitimidad.
El estilo de Acanda combina la argumentación filosófica con la reflexión política. No se trata de un texto académico en el sentido puramente escolástico, sino de una obra que dialoga constantemente con los dilemas reales de la historia cubana y latinoamericana. La escritura es sobria, precisa y rigurosa, pero también comprometida, en el sentido de que asume las consecuencias de lo que piensa. El autor no busca neutralidad, sino una verdad política, entendida como la coherencia entre teoría y praxis. En ese sentido, “Sociedad Civil y Hegemonía” se inscribe en la mejor tradición del pensamiento crítico marxista, aquel que no se limita a interpretar el mundo, sino que pretende transformarlo.
La relevancia del libro radica en que ofrece una clave teórica y política para repensar el papel de la sociedad civil en los procesos de cambio. En un contexto global marcado por la crisis de las democracias liberales, la expansión del capitalismo neoliberal y el agotamiento de los modelos revolucionarios clásicos, la propuesta de Acanda cobra una vigencia especial. Nos recuerda que la hegemonía no puede sostenerse sin consenso, y que el consenso no puede nacer de la mera disciplina partidaria. Requiere participación, diálogo y una constante renovación cultural. También advierte que, si el socialismo se desentiende de la sociedad civil, corre el riesgo de volverse una estructura vacía, incapaz de inspirar adhesión ni sentido. La tarea, entonces, no es destruir la sociedad civil, sino transformarla, convertirla en el espacio donde germinen nuevas formas de vida colectiva.
“Sociedad Civil y Hegemonía” es una obra que combina lucidez teórica, compromiso político y profundidad ética. Jorge Luis Acanda logra, a través de un análisis sistemático y crítico, devolver al marxismo una dimensión humanista y democrática que durante mucho tiempo se había perdido. Su reflexión invita a pensar el poder no como mera dominación, sino como construcción cultural compartida, y la revolución no como un acto fundacional único, sino como un proceso permanente de creación de consenso y sentido. La lectura de este libro permite comprender que, sin una sociedad civil activa y plural, no hay hegemonía posible, y sin hegemonía, ningún proyecto emancipador puede perdurar.
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