Hay libros que envejecen con la dignidad de una buena biblioteca y otros que, con el paso del tiempo, terminan pareciendo manuales de instrucciones para un aparato que dejó de fabricarse hace veinte años. “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje”, coordinado por C. Monereo y elaborado junto con M. Castelló, M. Clariana, M. Palma y M. L. Pérez, pertenece afortunadamente al primer grupo. Publicado originalmente por Graó en 1994, el libro nació en un momento en que la discusión pedagógica comenzaba a desplazarse con mayor decisión desde la simple transmisión de contenidos hacia los procesos mediante los cuales los estudiantes aprenden, comprenden, organizan, regulan y utilizan aquello que saben. Y esa preocupación, lejos de haber perdido vigencia, se ha vuelto casi escandalosamente actual.
Porque la educación tiene una curiosa habilidad para cambiar de vocabulario sin cambiar necesariamente de problemas. Ayer se hablaba de técnicas de estudio; mañana se hablará de competencias, innovación, aprendizaje significativo, neuroeducación, metodologías activas, aulas invertidas o cualquier otra criatura terminológica que sobreviva tres congresos, siete cursos de capacitación y una cantidad considerable de presentaciones en PowerPoint. En medio de semejante carnaval conceptual, el libro de Monereo y sus colaboradores conserva una virtud bastante más seria: intenta comprender qué significa realmente aprender estratégicamente.
El punto de partida es fundamental. No alcanza con enseñar procedimientos. Tampoco alcanza con entregar al estudiante un repertorio de técnicas y esperar que, como por arte de magia pedagógica, se convierta en un aprendiz autónomo. Una estrategia supone algo mucho más complejo: tomar decisiones de manera consciente en función de una situación, de unos objetivos, de unas condiciones determinadas y de los recursos disponibles. Esa diferencia entre técnica y estrategia constituye uno de los núcleos intelectuales más fecundos de la obra, porque obliga a abandonar la fantasía de que aprender consiste en acumular recetas que puedan aplicarse mecánicamente a cualquier problema.
La cuestión parece sencilla hasta que se la lleva al aula. Entonces deja de serlo. Un alumno puede conocer perfectamente cómo subrayar un texto y, sin embargo, subrayar prácticamente todo. Puede saber qué es un mapa conceptual y convertirlo en una colección de flechas que parecen representar una teoría conspirativa sobre el conocimiento. Puede memorizar un procedimiento matemático y no tener la menor idea de cuándo conviene utilizarlo. Puede estudiar durante horas y aprender poco. Puede incluso obtener una excelente calificación sin haber desarrollado una capacidad particularmente sólida para pensar. La escuela, como se ve, puede producir resultados perfectamente mensurables mientras fabrica ignorancia con una eficiencia burocrática admirable.
Es precisamente contra esa reducción del aprendizaje a la ejecución automática que “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje” adquiere toda su importancia. El libro entiende las estrategias como procesos de decisión vinculados con el conocimiento, la planificación, la regulación y la evaluación de la propia actividad. Aprender estratégicamente significa, en buena medida, aprender a preguntarse qué estoy haciendo, por qué lo estoy haciendo, qué necesito para hacerlo mejor, si el procedimiento elegido resulta adecuado y qué debo modificar cuando no funciona.
Aquí aparece uno de los conceptos más relevantes de la obra: la metacognición. Dicho de manera menos solemne, consiste en que el estudiante no solamente piense sobre un objeto de conocimiento, sino que también pueda pensar sobre su propia manera de aprender. Es una operación decisiva porque transforma al alumno de ejecutor de consignas en sujeto capaz de observar y regular sus propios procesos cognitivos.
La escuela tradicional, con su pasión por la respuesta correcta, suele tener dificultades para valorar semejante dimensión. Pregunta cuánto sabe el estudiante, pero no siempre pregunta cómo llegó a saberlo. Evalúa el resultado, aunque no necesariamente el proceso. Premia la respuesta rápida, aunque la velocidad no constituya una virtud intelectual en sí misma. Y, en una de las grandes paradojas educativas, puede llegar a considerar buen alumno a quien aprende a obedecer correctamente los procedimientos establecidos, aunque sea incapaz de decidir qué procedimiento necesita cuando el problema cambia.
Monereo y sus colaboradores proponen precisamente invertir esa lógica. El aprendizaje estratégico exige enseñar procedimientos, pero también enseñar las condiciones de utilización de esos procedimientos. No basta con saber hacer algo; es necesario saber cuándo hacerlo, por qué hacerlo, cómo comprobar si funciona y qué hacer cuando deja de funcionar. Esa diferencia entre conocimiento declarativo y conocimiento procedimental se vuelve esencial para comprender la propuesta.
La obra adquiere así una dimensión que supera ampliamente el repertorio de técnicas escolares. No estamos ante un catálogo de trucos para estudiar mejor, sino ante una concepción del aprendizaje como actividad consciente, situada y regulada. Las estrategias no aparecen flotando en el vacío. Dependen de la tarea, de los conocimientos previos, de las características del estudiante, de los objetivos perseguidos y del contexto en que tiene lugar la actividad.
Esto obliga también a mirar al docente de otra manera. El profesor no es presentado simplemente como un dispensador de información, figura que durante demasiado tiempo pareció constituir una especie de funcionario superior del conocimiento. Tampoco basta con que se convierta en un animador de actividades, una suerte de maestro de ceremonias de la pedagogía lúdica. Su tarea consiste en crear condiciones para que los estudiantes desarrollen progresivamente capacidades de decisión, planificación, control y evaluación.
En otras palabras, enseñar estrategias implica enseñar a pensar estratégicamente. Y eso requiere una intervención docente mucho más sofisticada que la simple transmisión de instrucciones. El profesor debe modelar procedimientos, explicitar decisiones, plantear problemas, graduar ayudas, observar procesos y favorecer una progresiva autonomía del alumno. La autonomía, en este marco, no significa abandonar al estudiante a su suerte bajo la simpática consigna de “aprende a aprender”. Significa acompañarlo hasta que pueda asumir gradualmente el control de aquello que antes hacía con ayuda.
Esta idea resulta especialmente importante porque cierta retórica pedagógica contemporánea ha convertido la autonomía en una especie de mantra. Se habla de autonomía con una facilidad conmovedora, como si bastara con proclamarla para que apareciera. “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje” recuerda, sin necesidad de levantar demasiado la voz, que la autonomía no se decreta: se construye. Y se construye mediante conocimiento, práctica, reflexión, regulación y progresiva retirada de los apoyos externos.
Otro aspecto valioso de la obra reside en su esfuerzo por situar las estrategias dentro del currículum. No son un agregado decorativo que pueda incorporarse cuando el docente disponga de tiempo libre, ese recurso mitológico que aparece en las planificaciones pero rara vez en los calendarios escolares. Las estrategias deben integrarse en las actividades habituales de enseñanza y aprendizaje. El estudiante aprende a planificar planificando, a comprender comprendiendo, a evaluar evaluando y a regular su actuación enfrentándose a tareas que exigen efectivamente tomar decisiones.
Esta perspectiva tiene consecuencias profundas para el diseño de las actividades escolares. Una tarea verdaderamente formativa no debería limitarse a pedir al alumno que reproduzca información. Debe plantearle problemas suficientemente complejos como para obligarlo a seleccionar recursos, establecer relaciones, formular hipótesis, comprobar resultados y modificar procedimientos. El error, desde esta perspectiva, deja de ser simplemente una falla que debe tacharse con tinta roja para convertirse en una fuente de información acerca del proceso de aprendizaje.
No es poca cosa. En una institución educativa acostumbrada durante décadas a tratar el error como pecado académico, convertirlo en objeto de análisis supone una pequeña revolución pedagógica. El estudiante que comprende por qué se equivocó dispone de una herramienta mucho más poderosa que aquel que simplemente recibe la respuesta correcta. La corrección puede cerrar una actividad; la reflexión sobre el error puede abrir un aprendizaje.
El libro también resulta particularmente interesante por su vocación aplicada. No permanece encerrado en una teoría abstracta del aprendizaje, sino que se ocupa de cómo enseñar estrategias en diferentes etapas y áreas de conocimiento. Aparecen ejemplos vinculados con la Educación Infantil, la Educación Primaria y la Educación Secundaria Obligatoria, además de situaciones relacionadas con la lectura, la escritura, la resolución de problemas, la observación, la elaboración de mapas conceptuales y otras actividades cognitivas. Esa dimensión práctica evita que el concepto de estrategia termine convertido en una de esas palabras pedagógicas que todos utilizan y casi nadie sabe exactamente qué hacer con ellas.
La importancia de este aspecto no debería subestimarse. Un concepto educativo vale realmente cuando puede modificar una práctica. Si una teoría consigue explicar magníficamente cómo aprende el ser humano pero no altera ni una consigna, ni una actividad, ni una forma de evaluar, corre el riesgo de convertirse en literatura académica para consumo interno. “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje” procura cruzar ese puente entre teoría y práctica, entre la psicología del aprendizaje y la realidad concreta del aula.
Y lo hace sin caer en la tentación de convertir al docente en un mero ejecutor de fórmulas. El libro ofrece principios, procedimientos y ejemplos, pero mantiene la idea de que la enseñanza estratégica requiere interpretar situaciones concretas. El profesor también debe ser estratégico. Debe tomar decisiones en función de los alumnos, de las tareas, de los contenidos y de los objetivos. La enseñanza deja de ser entonces una secuencia rígida de pasos para convertirse en una actividad profesional basada en el juicio pedagógico.
Aquí aparece una cuestión que conserva enorme actualidad: la relación entre conocimiento y estrategia. No existe aprendizaje estratégico en el vacío. Para pensar sobre algo necesitamos saber algo acerca de ese algo. La capacidad de utilizar estrategias no reemplaza el conocimiento disciplinar, sino que se articula con él. Saber cómo aprender no significa que el contenido haya dejado de importar. Más bien ocurre lo contrario: cuanto más complejo es el conocimiento, más importante se vuelve saber organizarlo, relacionarlo, recuperarlo y aplicarlo.
Esta precisión resulta particularmente saludable en épocas en las que algunos discursos educativos parecen sospechar de todo aquello que huela demasiado a contenido. Como si conocer fechas, conceptos, teorías, procedimientos, vocabulario o principios fuese una reliquia de la educación autoritaria y bastara con enseñar a “pensar”. El problema es que pensar no sucede en el aire. El cerebro no razona con entusiasmo sobre aquello que desconoce. La estrategia necesita materia prima intelectual.
La obra de Monereo y sus colaboradores también permite cuestionar la separación artificial entre enseñar y aprender. El título no habla casualmente de ambas dimensiones. Las estrategias de aprendizaje dependen de estrategias de enseñanza capaces de hacerlas visibles, practicables y progresivamente autónomas. El modo en que un profesor organiza una tarea, formula una pregunta, proporciona una ayuda o evalúa una respuesta modela, inevitablemente, la manera en que los estudiantes aprenden a enfrentarse a las situaciones escolares.
En ese sentido, el libro plantea una cuestión de fondo: enseñar no consiste solamente en conseguir que alguien haga algo, sino en ayudarlo a comprender cómo y por qué lo hace. La diferencia es enorme. Un estudiante puede resolver un ejercicio porque siguió instrucciones. Otro puede resolverlo porque comprendió el procedimiento y sabe adaptarlo. Ambos producen el mismo resultado; solamente uno posee una herramienta que podrá trasladar a una situación nueva.
Ahí reside quizá la mayor riqueza de “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje”: en su defensa de una educación que aspire a producir sujetos capaces de actuar intelectualmente más allá de la consigna inmediata. El objetivo último no es formar estudiantes expertos en aprobar exámenes, sino personas capaces de enfrentarse a problemas nuevos, tomar decisiones, revisar sus procedimientos y aprender de manera cada vez más autónoma.
Leído desde el presente, el libro posee incluso una cierta ironía involuntaria. Mientras la educación contemporánea se llena de dispositivos tecnológicos, plataformas inteligentes, aplicaciones educativas y discursos sobre innovación, algunas de sus preguntas fundamentales siguen siendo las mismas. ¿Cómo aprende una persona? ¿Cómo sabe que está aprendiendo? ¿Cómo decide qué hacer frente a un problema? ¿Cómo puede modificar su actuación? ¿Cómo puede el docente ayudarla a construir esa autonomía?
La tecnología puede cambiar las herramientas, pero no elimina esas preguntas. Una pantalla puede sustituir al pizarrón; una plataforma puede sustituir al cuaderno; una inteligencia artificial puede responder en segundos aquello que antes requería una búsqueda. Pero ninguna tecnología garantiza que el estudiante comprenda, planifique, evalúe o regule su propio aprendizaje. Se puede digitalizar la estupidez con una eficacia extraordinaria. También se puede informatizar la enseñanza sin mejorar un milímetro la capacidad de pensar.
Por eso “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje” conserva una vigencia que no depende de las modas pedagógicas. Su propuesta fundamental no necesita dispositivos sofisticados ni consignas publicitarias. Necesita docentes capaces de enseñar a pensar y estudiantes que puedan asumir progresivamente el control de sus procesos de aprendizaje. Parece sencillo. No lo es. Si lo fuera, probablemente la humanidad habría resuelto hace tiempo el pequeño inconveniente de educar.
El valor del libro reside, finalmente, en haber comprendido que aprender es una actividad intelectual compleja y que enseñar a aprender exige algo más que acumular técnicas. Las estrategias implican decisiones, conocimiento, conciencia, planificación, regulación, evaluación y transferencia. El alumno no es una vasija que espera ser llenada ni un mecanismo que debe ejecutar instrucciones correctamente. Es un sujeto que puede aprender a dirigir su propia actividad cognitiva.
En una época en la que abundan los discursos grandilocuentes sobre la transformación educativa, regresar a una obra como esta resulta casi un acto de higiene intelectual. No porque proporcione recetas milagrosas —afortunadamente no lo hace—, sino porque obliga a recordar algo elemental que la pedagogía suele olvidar precisamente cuando más habla de innovación: educar consiste, antes que nada, en ayudar a otro ser humano a conquistar herramientas para pensar, decidir, comprender y actuar por sí mismo.
Y quizá ahí se encuentre la razón por la cual “Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje” continúa siendo una lectura valiosa. No promete convertir el aula en un laboratorio futurista ni al docente en un superhéroe de la motivación. Propone algo mucho más exigente y, por eso mismo, mucho más interesante: comprender el aprendizaje como una actividad consciente y enseñar al estudiante a convertirse paulatinamente en dueño de ella. En tiempos de soluciones instantáneas, semejante apuesta por la reflexión puede parecer casi subversiva. Y quizá lo sea.
C. MONEREO [Coordinador]; M. CASTELLO; M. CLARIANA; M. PALMA & M. L. PÉREZ – Estrategias de Enseñanza y Aprendizaje
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