“La Estructura Libidinal del Dinero (Contribución a la Teoría de la Femineidad)” de Horst Kurnitzky despliega una lectura profundamente original sobre la economía moderna al situar el dinero no como una mera herramienta de intercambio, sino como una condensación simbólica de energía libidinal. El autor sostiene que la estructura económica del capitalismo no puede entenderse sin atender a los mecanismos inconscientes que la sostienen y reproducen. Su hipótesis central es que el dinero condensa una forma reprimida de sexualidad y que, en su génesis, está ligado a la femineidad como aquello negado, expulsado o sacrificado por la cultura patriarcal. El análisis de Kurnitzky combina los aportes del psicoanálisis freudiano con los de la antropología estructural y la crítica marxista, construyendo una teoría en la que el inconsciente, el intercambio y la dominación económica forman parte de un mismo sistema.
El dinero, afirma Kurnitzky, debe ser comprendido como un equivalente general no solo en el plano económico, sino también en el simbólico. Es el sustituto de una totalidad perdida, una figura que reemplaza la posibilidad del don y del vínculo erótico por una mediación abstracta y calculable. En este sentido, el dinero no nace de la necesidad práctica de intercambio, sino del desplazamiento de un orden sacrificial más antiguo. Allí donde antes el sacrificio articulaba la relación entre los hombres y lo sagrado, el dinero se instala como mediador secular, conservando su estructura sacrificial bajo una apariencia racional. En la historia de la cultura occidental, sostiene el autor, la economía reemplaza al ritual, pero conserva su lógica inconsciente: la producción y el consumo funcionan como nuevas formas de sacrificio que canalizan el deseo y la angustia.
El concepto de libido, tomado del psicoanálisis, adquiere aquí una función estructural. La energía libidinal que en Freud se relaciona con la pulsión sexual se presenta en Kurnitzky como el motor de la economía simbólica y material. Toda forma de acumulación, sostiene, está atravesada por una economía del deseo. El dinero concentra, retiene y desplaza la libido: opera como depósito de energía sexual reprimida que se transforma en valor abstracto. En el acto de acumular dinero, de poseerlo o de desearlo, se reproduce inconscientemente el mecanismo de la represión sexual que caracteriza a la cultura patriarcal. La libido, desviada de su objeto corporal, se canaliza hacia el objeto monetario, que se convierte en fetiche y en sustituto de la sexualidad prohibida.
Este desplazamiento tiene una raíz histórica que Kurnitzky rastrea en las sociedades arcaicas. Antes del surgimiento del dinero, el sacrificio cumplía una función similar: permitía gestionar la violencia y la sexualidad mediante la ofrenda ritual. El sacrificio garantizaba la cohesión del grupo al canalizar el deseo hacia un objeto externo. Con el advenimiento del dinero, esa función se racionaliza, pero no desaparece. El intercambio económico conserva el esquema simbólico del sacrificio: algo debe perderse para que el orden social se mantenga. En ese proceso, la femineidad ocupa un lugar central, pues representa lo que debe ser excluido o sublimado para que la cultura y la economía funcionen. La represión de lo femenino es, para Kurnitzky, el fundamento libidinal de la economía patriarcal.
La relación entre dinero y femineidad constituye uno de los aportes más provocadores del libro. El autor argumenta que la historia del dinero está marcada por la exclusión del principio femenino, entendido no solo en términos biológicos sino simbólicos. La femineidad encarna el principio de la donación, de la receptividad y del goce no productivo. Frente a ello, la economía del dinero impone la lógica de la equivalencia, del cálculo y de la acumulación. El capitalismo, como culminación de esa lógica, se sostiene en la negación sistemática de la femineidad, que queda relegada a la esfera de lo irracional o lo improductivo. Kurnitzky vincula esta exclusión con la transformación del cuerpo femenino en objeto de intercambio y con la reducción de la sexualidad a mercancía. La dominación patriarcal se perpetúa así a través de la estructura misma del dinero, que traduce toda relación en una relación de valor.
El análisis de Kurnitzky se distancia tanto del marxismo ortodoxo como de las lecturas economicistas del deseo. Aunque reconoce la vigencia del análisis marxista del fetichismo de la mercancía, sostiene que este se queda en la superficie al no considerar las raíces libidinales del fetiche. El dinero no es solo una ilusión social o una forma mistificada del trabajo, sino la cristalización de un deseo reprimido. Por eso, la crítica al capitalismo requiere también una crítica del inconsciente. Sin desmontar la economía libidinal que lo sostiene, ninguna transformación económica será verdaderamente radical. Kurnitzky lleva así la noción de fetichismo a un terreno más profundo, en el que el valor no se explica únicamente por el trabajo, sino también por la represión sexual y la estructuración patriarcal del deseo.
La femineidad, según esta lectura, no es una categoría opuesta al dinero en un sentido moral o natural, sino el resto que el sistema necesita excluir para sostenerse. El dinero, en su función de equivalente general, representa la victoria de la medida sobre la diferencia, de la ley sobre el deseo. Pero esa victoria es siempre incompleta, porque el principio femenino reprimido retorna constantemente bajo la forma de la fascinación, del fetiche, de la promesa de goce que el dinero encarna y nunca cumple. El dinero es, en última instancia, una promesa de totalidad imposible, un sustituto fallido del cuerpo y del placer. Su circulación perpetua expresa la imposibilidad de satisfacer el deseo que lo origina.
Kurnitzky construye su argumento con un estilo denso y conceptual, a veces cercano al psicoanálisis lacaniano y otras a la crítica de la economía política. Sin embargo, su propósito no es simplemente traducir categorías freudianas al lenguaje económico, sino mostrar que la economía misma es un campo libidinal. La equivalencia, la medida y la acumulación son operaciones que reproducen la represión y el desplazamiento del deseo. En ese sentido, la economía es inseparable del inconsciente: toda estructura de valor se funda en una estructura de deseo. El dinero no solo organiza el intercambio de bienes, sino también el intercambio de signos, afectos y cuerpos.
Uno de los momentos más sugerentes del libro es la lectura que Kurnitzky hace del sacrificio y de la castración simbólica. El sacrificio, dice, es la matriz de la economía porque introduce la idea de pérdida como condición del orden. La cultura se funda en el acto de renunciar, de ofrecer algo para mantener la cohesión del grupo. En el dinero, esa lógica se racionaliza: se entrega un equivalente para obtener otro, se pierde algo para ganar algo de valor igual o superior. Pero el principio de pérdida nunca desaparece, solo cambia de forma. Detrás del cálculo económico subsiste la misma estructura libidinal que regía los ritos sacrificiales: el deseo es contenido, desplazado y finalmente convertido en valor.
La represión de la femineidad en este proceso no significa su desaparición, sino su transformación en objeto fetichizado. La mujer, el placer y el cuerpo se convierten en mercancías dentro del circuito económico, reflejando la paradoja fundamental del sistema: aquello que fue negado retorna como producto. Kurnitzky observa en ello una continuidad entre la economía arcaica del sacrificio y la economía moderna del consumo. En ambas, el goce se promete y se posterga indefinidamente; la satisfacción es desplazada hacia el objeto, que se acumula pero nunca colma el deseo. Así, la libido se mantiene en circulación, garantizando la reproducción del sistema.
El libro concluye con una reflexión sobre la posibilidad de romper este círculo. Para Kurnitzky, la liberación no pasa por abolir el dinero en un sentido puramente económico, sino por transformar la estructura libidinal que lo sustenta. Eso implica cuestionar las formas patriarcales de represión y reconstruir un vínculo distinto con la femineidad, entendido como principio de apertura, don y erotismo no instrumental. Solo a partir de una reconciliación simbólica con ese principio sería posible imaginar una economía no basada en la equivalencia ni en la negación del deseo. Su propuesta, más que programática, es ontológica: repensar el fundamento mismo de la cultura desde el deseo y no desde la medida.
“La Estructura Libidinal del Dinero (Contribución a la Teoría de la Femineidad)” no es una obra fácil ni de lectura lineal, pero su potencia radica en la profundidad con que articula campos que suelen permanecer separados. Kurnitzky logra mostrar que detrás de los mecanismos económicos hay una economía del inconsciente, y que toda forma de poder material descansa sobre una organización del deseo. Su crítica es doble: al capitalismo como sistema de acumulación y al patriarcado como sistema de represión. En ambos casos, el dinero aparece como el símbolo de una carencia estructural, como el sustituto del vínculo erótico perdido. Al revelar esa dimensión libidinal, el autor no pretende moralizar la economía, sino desvelar sus raíces antropológicas y psíquicas. El resultado es una obra que, aún décadas después, conserva una fuerza crítica excepcional y obliga a repensar el dinero no solo como categoría económica, sino como una de las formas más elaboradas del deseo humano reprimido.
HORST KURNITZKY – La Estructura Libidinal del Dinero (Contribución a la Teoría de la Femineidad)
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