JEAN GRONDIN – La Filosofía de la Religión

“La Filosofía de la Religión”, de Jean Grondin, se ocupa de uno de esos asuntos que la filosofía jamás ha conseguido despachar definitivamente, por mucho que cada época haya anunciado, con una seguridad bastante sospechosa, que la religión estaba a punto de convertirse en una pieza de museo. Dios ha muerto, se proclamó en algún momento; la secularización avanzaría implacablemente, dijeron otros; la ciencia terminaría ocupándose de las preguntas que durante siglos habían correspondido a la teología. Y, sin embargo, aquí seguimos: discutiendo sobre Dios, trascendencia, fe, sentido, revelación, mal, muerte y esperanza mientras una parte considerable de la humanidad continúa encontrando en la religión una forma decisiva de interpretar su existencia. Grondin no aborda esta persistencia desde la apologética ni desde una defensa confesional de determinada creencia, sino desde la interrogación filosófica. Su propósito consiste en mostrar qué significa pensar filosóficamente la religión y, sobre todo, por qué la cuestión religiosa no puede reducirse a una disputa elemental entre creyentes y no creyentes. La filosofía de la religión comienza precisamente cuando se comprende que la pregunta “¿existe Dios?” es importante, pero que detrás de ella se esconden otras cuestiones mucho más profundas: qué entendemos por Dios, qué significa creer, qué clase de conocimiento puede proporcionar la experiencia religiosa, qué relación existe entre razón y fe y qué lugar ocupa la trascendencia en una existencia humana inevitablemente marcada por la finitud.
Una de las mayores virtudes de la obra consiste en recuperar la profundidad filosófica de la experiencia religiosa sin convertirla automáticamente en una prueba de ninguna doctrina. Grondin entiende que la religión constituye un fenómeno humano demasiado complejo para ser explicado mediante una única categoría. Puede estudiarse históricamente, sociológicamente, psicológicamente o antropológicamente, pero cada una de esas perspectivas deja abiertas determinadas preguntas filosóficas. Podemos investigar las instituciones religiosas, analizar sus rituales, reconstruir sus textos, estudiar sus comunidades y comprender su influencia política, pero todavía queda pendiente preguntar qué significa aquello que esas prácticas pretenden expresar. La filosofía de la religión se instala justamente en ese espacio. No pretende reemplazar a la teología, pero tampoco aceptar sin examen sus presupuestos. Su tarea consiste en preguntar por el sentido, las condiciones de posibilidad y la racionalidad de la experiencia religiosa.
Este enfoque permite superar una falsa alternativa que ha dominado buena parte del debate moderno: religión contra razón. La historia intelectual de Occidente está llena de enfrentamientos entre quienes consideran que la fe es una renuncia al pensamiento y quienes sostienen que la razón, por sí sola, es incapaz de responder las preguntas últimas. Grondin muestra que la relación es mucho más compleja. La religión ha generado pensamiento filosófico, y la filosofía ha obligado a las tradiciones religiosas a precisar conceptos, revisar argumentos y confrontar objeciones. Agustín, Anselmo, Tomás de Aquino, Pascal, Kierkegaard, Kant, Hegel y tantos otros pensadores no pueden comprenderse adecuadamente si se elimina de su obra la cuestión religiosa. La filosofía occidental no nació en un laboratorio perfectamente secularizado, con todos los prejuicios metafísicos previamente esterilizados. Su historia está profundamente atravesada por la pregunta por lo divino.
El concepto de Dios constituye, naturalmente, uno de los ejes fundamentales de la obra. Pero Grondin evita tratarlo como si fuera simplemente el nombre de un objeto particularmente grande escondido en algún rincón del universo. Esta distinción resulta esencial. Si Dios fuera un ente más entre los entes, aunque fuese infinitamente poderoso, podríamos preguntarnos por su ubicación, su composición o las condiciones que explican su existencia del mismo modo en que preguntamos por cualquier otra cosa. Pero la concepción filosófica de Dios apunta tradicionalmente hacia algo diferente: el fundamento del ser, aquello que no depende de otra realidad para existir, aquello que no puede ser comprendido simplemente como un objeto dentro del mundo. La pregunta por Dios se convierte así en una pregunta por el fundamento último de la realidad.
Este desplazamiento es decisivo porque permite comprender por qué la cuestión religiosa está estrechamente vinculada con la metafísica. Preguntar si existe Dios no es exactamente como preguntar si existe otro planeta. La segunda pregunta puede resolverse mediante procedimientos empíricos; la primera compromete una concepción mucho más general de la realidad. ¿Es la realidad autosuficiente? ¿Tiene un fundamento? ¿Es contingente o necesaria? ¿Puede explicarse completamente desde sí misma? La filosofía de la religión aparece entonces como una prolongación de preguntas metafísicas que, bajo determinadas circunstancias, adquieren una orientación teológica.
Grondin concede también una importancia fundamental a la experiencia religiosa. La religión no consiste únicamente en aceptar determinadas proposiciones acerca de Dios. Existe una dimensión vivencial que incluye asombro, temor, confianza, esperanza, gratitud, oración, silencio, conversión y experiencia de trascendencia. Estas experiencias no pueden ser reducidas sin más a demostraciones racionales, pero tampoco necesitan ser descartadas como simples ilusiones psicológicas. La filosofía debe intentar comprender qué ocurre cuando un individuo experimenta su existencia como relacionada con algo que considera absoluto. La pregunta filosófica no consiste necesariamente en decidir de antemano si esa experiencia es verdadera o falsa, sino en comprender qué estructura tiene y qué consecuencias posee para la existencia.
El asombro ocupa aquí un lugar particularmente interesante. La experiencia religiosa puede surgir de la percepción de que la realidad no es completamente autosuficiente ni transparente. El mundo existe, pero su existencia puede resultar sorprendente. La vida aparece como algo recibido, contingente, frágil. La belleza, el orden, la naturaleza, la conciencia y la propia capacidad de preguntar pueden conducir a una interrogación que no se satisface simplemente describiendo mecanismos. La religión interpreta ese asombro mediante símbolos y relatos; la filosofía intenta comprender qué significa esa interpretación.
La cuestión del sentido aparece entonces inevitablemente. El ser humano no solamente pregunta cómo funcionan las cosas, sino para qué vivir, cómo enfrentar el sufrimiento, qué significa morir y si existe alguna forma de esperanza que trascienda la mera supervivencia biológica. Las ciencias pueden explicar procesos relacionados con la vida y la muerte, pero no pueden decidir por sí mismas qué sentido debería atribuirse a una existencia. La religión ha proporcionado históricamente respuestas a esas preguntas y la filosofía de la religión examina críticamente esas respuestas. No se trata de aceptar cualquier respuesta simplemente porque sea tradicional, pero tampoco de suponer que una explicación científica de un proceso elimina automáticamente la pregunta por su significado.
La muerte constituye, en este sentido, una de las experiencias fundamentales de la religión. La conciencia de la finitud obliga al ser humano a enfrentarse con una posibilidad que ninguna técnica puede eliminar. Podemos prolongar la vida, mejorar la medicina y transformar radicalmente las condiciones materiales de existencia, pero seguimos siendo seres mortales. La religión ofrece diversas interpretaciones de esta condición: inmortalidad, resurrección, reencarnación, salvación, trascendencia o aceptación de la finitud. La filosofía no tiene por qué adoptar ninguna de ellas para reconocer que la pregunta por la muerte es inseparable de la pregunta por el sentido.
La relación entre fe y razón constituye otro de los problemas centrales. ¿Puede una creencia religiosa ser racional? ¿La razón puede demostrar la existencia de Dios? ¿La fe comienza precisamente allí donde termina la argumentación? Grondin permite recorrer las distintas posiciones sin caer en caricaturas. La fe no tiene por qué ser entendida como una simple ausencia de pensamiento, del mismo modo que la razón no constituye una máquina neutral que pueda responder cualquier pregunta imaginable. Existen diferentes formas de racionalidad y distintos modos de justificar una afirmación. La cuestión religiosa obliga a examinar qué entendemos por racionalidad antes de decidir qué lugar puede ocupar la fe.
Las tradicionales pruebas de la existencia de Dios adquieren aquí una importancia histórica y filosófica. Los argumentos cosmológicos, ontológicos, teleológicos y morales han intentado formular racionalmente la posibilidad de Dios desde diferentes puntos de partida. Algunos han sido considerados convincentes; otros han recibido críticas demoledoras. Pero incluso cuando un argumento no consigue demostrar aquello que pretendía, puede revelar algo importante acerca de la concepción de racionalidad y realidad que sostiene una determinada época. La filosofía no solamente evalúa la conclusión; también examina qué presupuestos permiten formular el argumento.
Kant resulta fundamental en este recorrido porque cuestiona la capacidad de la razón especulativa para demostrar determinadas afirmaciones metafísicas. Su crítica no elimina la cuestión de Dios, sino que modifica su estatuto. La razón encuentra límites cuando intenta convertir aquello que excede la experiencia en un objeto de conocimiento científico. Esta distinción tiene consecuencias enormes para la filosofía de la religión. No todo aquello que no puede ser demostrado empíricamente carece automáticamente de sentido, pero tampoco puede presentarse como conocimiento objetivo en el mismo sentido que una afirmación científica. La obra de Grondin permite comprender esa zona intermedia donde la filosofía debe avanzar con bastante más cautela que el polemista de turno.
Kierkegaard introduce otra dimensión decisiva al situar la existencia individual en el centro de la relación con Dios. La fe no puede reducirse a la aceptación intelectual de una serie de proposiciones. Implica una decisión existencial, una relación personal con aquello que se considera absoluto. Kierkegaard desconfiaba de la transformación del cristianismo en un sistema puramente intelectual y subrayaba el carácter apasionado de la existencia creyente. La cuestión no es simplemente saber si Dios existe, sino qué significa existir ante Dios. Grondin recoge esta transformación de la pregunta religiosa desde la demostración abstracta hacia la existencia concreta.
Hegel, por su parte, representa una tentativa radicalmente diferente de integrar religión y razón dentro de una concepción especulativa de la realidad. La religión expresa mediante representaciones aquello que la filosofía busca comprender conceptualmente. Esta relación entre representación y concepto permite pensar la religión como una forma de conciencia que contiene verdad, aunque expresada de un modo diferente del discurso filosófico. El problema, naturalmente, es que semejante jerarquización puede provocar interminables discusiones sobre quién tiene la llave del sótano conceptual. Pero precisamente ahí reside la riqueza del debate: religión y filosofía no aparecen como compartimentos aislados, sino como formas distintas de enfrentarse con preguntas últimas.
La modernidad también introdujo una crítica mucho más radical de la religión. Feuerbach interpretó a Dios como proyección de las capacidades y deseos humanos; Marx vinculó la religión con las condiciones sociales de existencia y con la inversión ideológica propia de determinadas sociedades; Nietzsche cuestionó los valores cristianos y denunció lo que consideraba una moral contraria a la afirmación de la vida; Freud interpretó la religión desde una perspectiva psicológica. Estas críticas resultan fundamentales porque obligan a preguntar si la religión habla realmente de una trascendencia o si constituye una construcción humana destinada a satisfacer determinadas necesidades.
Grondin permite comprender que estas críticas no pueden despacharse simplemente acusando a sus autores de “antirreligiosos”. Cada una plantea un problema genuino. Si las creencias religiosas están vinculadas con necesidades psicológicas, intereses sociales o estructuras de poder, ¿significa eso que son necesariamente falsas? No necesariamente. Una creencia puede tener causas psicológicas y, aun así, ser verdadera. Saber por qué alguien cree algo no demuestra automáticamente que aquello que cree sea falso. Del mismo modo, demostrar que una institución religiosa puede ejercer poder no demuestra que toda afirmación religiosa sea inválida. La filosofía de la religión exige distinguir entre la genealogía de una creencia y su verdad.
Esta distinción resulta especialmente importante frente a las explicaciones reduccionistas. Explicar una experiencia religiosa desde la neurología no necesariamente agota su significado; describir sus condiciones sociales tampoco elimina la pregunta por aquello que la experiencia pretende expresar. La reducción puede ser útil como método, pero se convierte en dogma cuando supone que una sola perspectiva posee la capacidad de explicar completamente un fenómeno humano complejo.
La secularización constituye otro de los grandes problemas que atraviesan la filosofía contemporánea de la religión. La modernización europea produjo una disminución de determinadas formas de autoridad religiosa y una diferenciación creciente entre instituciones religiosas, Estado, ciencia y vida social. Sin embargo, la secularización no significó simplemente la desaparición de la religión. La historia reciente ha mostrado que las creencias religiosas pueden persistir, transformarse y reaparecer en formas inesperadas. El pronóstico de que la modernidad conduciría automáticamente a un mundo sin religión resultó, por decirlo suavemente, bastante optimista.
Grondin invita a pensar la secularización de una manera menos simplista. El problema no consiste únicamente en decidir si la sociedad es religiosa o secular, como si ambas fueran casillas perfectamente separadas. La modernidad ha transformado profundamente las condiciones de la experiencia religiosa, pero no ha eliminado la pregunta por la trascendencia. Incluso individuos que rechazan las religiones institucionalizadas pueden formular preguntas sobre sentido, absoluto, espiritualidad, muerte o fundamento. La cuestión religiosa puede cambiar de lenguaje sin desaparecer.
La filosofía de la religión tiene además una dimensión hermenéutica fundamental. Las religiones se expresan mediante símbolos, mitos, relatos, textos y rituales. Estos elementos no funcionan necesariamente como explicaciones científicas del universo. Interpretarlos literalmente puede producir problemas que desaparecen cuando se comprende su función simbólica. El lenguaje religioso intenta expresar experiencias que a menudo desbordan la capacidad descriptiva del lenguaje ordinario. La metáfora, el símbolo y el relato permiten aproximarse a realidades que no pueden ser tratadas como simples objetos.
Esta cuestión adquiere especial importancia en la interpretación de los textos sagrados. Leer un texto religioso exige comprender su contexto histórico, su género literario, sus símbolos y sus tradiciones interpretativas. La alternativa entre literalismo absoluto y rechazo absoluto resulta demasiado pobre. Un texto puede contener verdad sin funcionar como un manual científico. Puede expresar una concepción del mundo mediante imágenes, relatos y símbolos que necesitan interpretación. La hermenéutica proporciona herramientas para comprender esa complejidad.
La cuestión del mal constituye probablemente uno de los problemas más difíciles de toda filosofía de la religión. Si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué existe el sufrimiento? Si existe el mal, ¿cómo puede conciliarse con la existencia de un Dios perfectamente bueno? El problema no es solamente lógico; es también existencial. El sufrimiento de una persona concreta no se convierte en un simple ejercicio intelectual. La filosofía puede analizar argumentos sobre el mal, pero ninguna teoría elimina el carácter doloroso de la experiencia.
Las respuestas religiosas han sido múltiples: el libre albedrío, la formación moral, la limitación humana, la naturaleza caída, la providencia, el misterio. Ninguna resulta completamente satisfactoria para todos. Y quizá el valor filosófico del problema resida precisamente en su resistencia. Obliga a pensar los límites de nuestras categorías cuando intentamos explicar el sufrimiento. También obliga a preguntar si una explicación del mal sería suficiente incluso si fuera lógicamente impecable. Saber por qué ocurre una tragedia no necesariamente elimina la tragedia.
La libertad aparece nuevamente en este punto. Si los seres humanos son libres, entonces la posibilidad del mal moral forma parte de esa libertad. Una libertad absolutamente incapaz de equivocarse sería difícil de distinguir de una conducta programada. Pero esto no resuelve el problema del sufrimiento natural, las enfermedades o las catástrofes. La filosofía de la religión debe enfrentarse con la tensión entre libertad, providencia y mal sin refugiarse en respuestas excesivamente fáciles.
La esperanza constituye el reverso de esta problemática. La religión no solamente intenta explicar el sufrimiento; también promete, en diferentes formas, que el sufrimiento y la muerte no poseen necesariamente la última palabra. La esperanza religiosa introduce una dimensión de futuro que puede transformar la manera en que una persona interpreta su presente. Filosóficamente, esto plantea preguntas sobre la temporalidad, la promesa y la posibilidad de un sentido que todavía no se ha realizado.
La trascendencia ocupa aquí una función decisiva. No significa simplemente un lugar situado “más allá” del universo, como si Dios viviera en una dirección espacial determinada y solamente necesitáramos un telescopio suficientemente potente para encontrarlo. La trascendencia señala aquello que excede las condiciones ordinarias de nuestra experiencia y que, sin embargo, puede orientar nuestra existencia. Pensar la trascendencia significa preguntarse si la realidad se agota en aquello que podemos objetivar.
Esta cuestión tiene consecuencias para la concepción del ser humano. Si reducimos a la persona a un conjunto de procesos biológicos, sociales o psicológicos, obtenemos conocimientos importantes, pero podemos perder la dimensión desde la cual el individuo se pregunta por el sentido de esos procesos. La filosofía de la religión no niega las explicaciones científicas; cuestiona que sean necesariamente suficientes para responder todas las preguntas humanas.
En este aspecto, la obra de Grondin dialoga estrechamente con la filosofía existencial y hermenéutica. El ser humano es un ser interpretativo. No solamente existe: interpreta su existencia. Construye narraciones, símbolos y horizontes de significado. La religión constituye una de las formas históricas más poderosas de esa interpretación. Comprenderla filosóficamente implica comprender cómo los seres humanos han intentado situarse frente al misterio de su propia existencia.
La religión también posee una dimensión comunitaria. La fe no ocurre siempre como experiencia puramente individual. Las tradiciones religiosas crean comunidades, prácticas, rituales, instituciones y formas de transmisión. Esto introduce una dimensión social que la filosofía no puede ignorar. Una religión puede generar solidaridad, cuidado, esperanza y sentido de pertenencia, pero también puede producir exclusión, conflicto o abuso de poder. Pensar filosóficamente la religión exige reconocer ambas posibilidades sin convertir ninguna de ellas en explicación universal.
La relación entre religión y política constituye por ello otro terreno inevitable. Las religiones han participado en la construcción de instituciones, legitimado poderes, inspirado movimientos de emancipación y también servido para justificar dominaciones. No existe una única relación entre religión y política. La filosofía debe examinar las formas concretas en que los discursos religiosos entran en el espacio público. En sociedades plurales, esta cuestión adquiere especial relevancia: ¿cómo pueden convivir distintas concepciones religiosas y no religiosas del bien?
El pluralismo religioso obliga a abandonar la comodidad de un mundo en el que solamente existe una tradición cultural. Las sociedades contemporáneas contienen múltiples religiones, posiciones agnósticas, ateas y diferentes formas de espiritualidad. Esto genera desafíos filosóficos sobre la verdad y la tolerancia. Si una persona considera que su religión es verdadera, ¿debe reconocer necesariamente que todas las demás son igualmente verdaderas? No. Pero tampoco puede convertir su convicción en autorización para negar la dignidad del otro. La tolerancia no exige eliminar las diferencias; exige aprender a convivir con ellas sin convertirlas automáticamente en enemistad.
La filosofía de la religión puede contribuir a ese diálogo precisamente porque obliga a formular las convicciones de manera argumentada. El creyente puede ser invitado a explicar qué entiende por Dios, qué razones tiene para creer y cómo interpreta la experiencia religiosa. El no creyente puede ser obligado a explicar por qué considera insuficiente esa concepción y qué supuestos sostienen su propia posición. En ambos casos, la filosofía introduce una exigencia saludable: nadie debería recibir inmunidad intelectual simplemente por colocar sus convicciones bajo la etiqueta de “fe” o “razón”.
Una de las grandes virtudes de “La Filosofía de la Religión” es, precisamente, evitar ese enfrentamiento infantil entre dos ejércitos intelectuales. La obra muestra que tanto la fe como la incredulidad poseen historia, argumentos, presupuestos y problemas. No hay un territorio completamente neutral desde el cual el filósofo pueda observar las creencias religiosas como un entomólogo observa insectos. Pero tampoco existe una obligación de aceptar cualquier afirmación religiosa como intocable. La filosofía ocupa una posición incómoda y productiva: pregunta.
Y preguntar es, probablemente, la mejor forma de comprender el sentido de esta disciplina. La filosofía de la religión no consiste solamente en demostrar o refutar la existencia de Dios. Se ocupa de un campo mucho más amplio: la relación entre razón y fe, la experiencia de trascendencia, el problema del mal, la muerte, la esperanza, el sentido, los símbolos, la revelación, la libertad, la secularización y la posibilidad de una verdad religiosa. Dios es una cuestión central, pero no la única.
La obra de Grondin adquiere así una importancia particular para comprender la persistencia de la religión en el mundo contemporáneo. Lejos de tratarla como una anomalía destinada a desaparecer, la presenta como una dimensión de la experiencia humana que puede ser interrogada filosóficamente. Esto no implica aceptar sus respuestas, sino reconocer que las preguntas que la religión formula continúan formando parte de la existencia humana.
También permite recuperar una idea que la modernidad intelectual a veces olvida: la ausencia de una respuesta religiosa no elimina automáticamente las preguntas religiosas. Un ateo puede no creer en Dios y, sin embargo, preguntarse por el sentido de la muerte. Un agnóstico puede suspender su juicio y seguir preguntándose si existe algún fundamento último de la realidad. Una persona secularizada puede rechazar las instituciones religiosas y experimentar asombro ante la existencia. La cuestión religiosa excede, por tanto, la pertenencia institucional.
“La Filosofía de la Religión” ofrece, en ese sentido, una lectura especialmente adecuada para quienes desean comprender la religión sin reducirla a propaganda ni a superstición. Grondin no necesita convertir el pensamiento religioso en una defensa automática de la fe, pero tampoco acepta que la filosofía se limite a declarar que todo aquello que no puede medirse carece de significado. Entre el dogmatismo y el reduccionismo existe un territorio mucho más fértil: el de la interrogación filosófica.
La profundidad de esta perspectiva se encuentra en reconocer que el ser humano no vive únicamente de hechos. Vive también de interpretaciones, símbolos, expectativas, promesas y preguntas. Puede construir máquinas extraordinariamente sofisticadas, explicar fenómenos naturales con precisión creciente y desarrollar tecnologías capaces de modificar radicalmente su entorno, pero todavía tendrá que enfrentarse con la pregunta de qué hacer con su propia existencia. La ciencia puede ampliar enormemente nuestro conocimiento del mundo; no necesariamente decide qué significa vivir en él.
La filosofía de la religión aparece justamente en esa frontera. No pretende competir con la ciencia ni reemplazar la teología. Pregunta qué significan nuestras afirmaciones sobre Dios, fe, trascendencia y sentido, y qué relación tienen con nuestra comprensión general de la realidad. Su objeto no es una reliquia del pasado, sino una de las dimensiones más persistentes de la condición humana.
Grondin consigue así mostrar que pensar la religión filosóficamente exige una combinación poco frecuente de rigor y apertura. Rigor para no aceptar afirmaciones sin examinarlas; apertura para no declarar inexistente aquello que no encaja en nuestros métodos preferidos. Esta combinación resulta especialmente valiosa porque tanto el creyente dogmático como el ateo dogmático pueden cometer exactamente el mismo error: dejar de pensar demasiado pronto. Uno porque cree que ya posee la respuesta; el otro porque cree que ya sabe que la pregunta carece de sentido.
“La Filosofía de la Religión” se convierte, de este modo, en una invitación a pensar una de las preguntas más antiguas y persistentes de la humanidad sin reducirla a un combate de consignas. Dios, fe, razón, trascendencia, mal, muerte, esperanza y sentido aparecen como problemas conectados que atraviesan la historia de la filosofía y continúan interpelando al presente. Grondin recupera esas cuestiones con una mirada que permite apreciar tanto la riqueza intelectual de las tradiciones religiosas como las objeciones que la filosofía moderna y contemporánea ha formulado contra ellas.
Quizá la enseñanza más interesante sea que la filosofía de la religión no necesita comenzar afirmando que Dios existe ni que Dios no existe. Puede comenzar con algo más humilde y, al mismo tiempo, más difícil: preguntarse qué significa formular esa afirmación. ¿Qué entendemos por existencia? ¿Qué clase de realidad atribuimos a Dios? ¿Qué significa conocer? ¿Qué diferencia existe entre creer y saber? ¿Puede una experiencia religiosa constituir una forma legítima de acceso a la verdad? ¿Qué ocurre cuando nuestras categorías racionales encuentran aquello que pretende trascenderlas? Estas preguntas no garantizan respuestas tranquilizadoras, pero garantizan algo mucho más propio de la filosofía: que la conversación continúe.
Y quizás allí reside la mayor virtud del libro. En una época acostumbrada a dividir cualquier discusión entre creyentes y escépticos, ciencia y religión, modernidad y tradición, Grondin recupera el espacio intermedio donde pensar significa precisamente no apresurarse a cerrar el problema. La religión puede ser interrogada sin ser ridiculizada; la fe puede ser analizada sin convertirse automáticamente en dogma; la razón puede ser defendida sin transformarla en una divinidad secular con bata de laboratorio. La filosofía de la religión permanece viva porque las preguntas que la alimentan siguen siendo nuestras preguntas: por qué existe algo, qué sentido tiene nuestra existencia, qué podemos esperar, qué significa morir y si la realidad posee un fundamento que la trascienda. Mientras esas preguntas continúen acompañando al ser humano, la religión seguirá siendo no solamente un fenómeno histórico o social, sino también un problema filosófico de primera magnitud.

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(Contraseña: ganz1912)

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Por ganz 1912

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