Abbagnano, Nicola Adaptación Alfabetización Antigua Grecia Antigua Roma Antigüedad Aprendizaje Argumentación Aristóteles Arte Atenas Autonomía Autoridad Bacon Bourdieu Burocracia Cambio Social Ciencia Ciudadanía Clases Dominantes Clases Sociales Comenio Comportamiento Comunidad Conocimiento Humano consenso Contrahegemonía Cooperación Creatividad Cristianismo Cristianismo Primitivo Currículo Democracia Descartes Desigualdad Social Docencia Dominación Edad Media Educación Educación Superior Élites Emancipación Empirismo Enseñanza Escolástica Escuela Esparta Estado-Nación Estructura Social Evaluación Experiencia Experimentación Filosofía Filosofía de la Educación Formación Docente Formación Integral Funciones Sociales del Lenguaje Gramsci Hegemonía Historia Historia Intelectual Homogeneización Humanismo Identidad Iluminismo Ilustración Imperio Romano Inclusión Individuo Industrialización Infancia Informática Innovación Instituciones Intelectuales Orgánicos Inteligencia Artificial Inteligencia Humana Jesuitas John Dewey Lenguaje Libertad Literatura Locke Mediación Memoria Militarismo Modernidad Moralidad Movilidad Social Nacionalismo Observación Orden Social Organización Social Paideia Griega Pedagogía Pensamiento Científico Pensamiento Crítico Percepción Personalidad Platón Práctica Docente Público y Privado Racionalismo Razón Realidad Virtual Reforma Relaciones Sociales Religión Renacimiento Reproducción Cultural Reproducción Social Resolución de Problemas Retórica Revolución Francesa Rousseau Saber San Agustín Santo Tomás de Aquino Ser Humano Sociedad Civil Sociología de la Educación Sócrates Tecnología Tecnologías de la Información y la Comunicación Trabajo Trabajo Asalariado Universidad Urbanización Verdad Virtud

Historia de la Pedagogía

Porganz 1912

Ago 28, 2026

N. ABBAGNANO & A. VISALBERGHI – Historia de la Pedagogía

N. Abbagnano y A. Visalberghi construyen en “Historia de la Pedagogía” una amplia reconstrucción histórica de las ideas, instituciones y prácticas educativas que han acompañado la formación de las sociedades occidentales. La obra parte de una premisa que conviene no perder de vista: la educación nunca constituye una actividad puramente técnica ni una práctica aislada del resto de la vida social. Cada sociedad educa de acuerdo con una determinada concepción del ser humano, del conocimiento, de la autoridad, de la moral, del trabajo y de la organización política. Por eso, estudiar la historia de la pedagogía no significa limitarse a enumerar filósofos, escuelas y métodos de enseñanza, como quien confecciona un álbum de estampitas intelectuales, sino reconstruir las relaciones existentes entre las ideas educativas y las transformaciones históricas que las hicieron posibles. Abbagnano y Visalberghi siguen precisamente ese camino: muestran cómo las concepciones pedagógicas se modifican cuando cambian las estructuras económicas, las instituciones políticas, las formas religiosas, los saberes científicos y las relaciones sociales. La educación aparece así como una de las formas mediante las cuales una sociedad intenta reproducirse, pero también como uno de los espacios en los que puede cuestionar aquello que pretende reproducir. Esta doble condición constituye el núcleo de buena parte del interés de la obra: educar significa transmitir una herencia cultural, pero también proporcionar instrumentos para transformarla.
El recorrido comienza con las formas educativas de la Antigüedad y permite observar que aquello que hoy denominamos “educación” estuvo históricamente vinculado con proyectos sociales mucho más amplios. En Grecia, la formación del individuo se relacionó estrechamente con la organización de la polis y con el ideal de ciudadano. La paideia no consistía simplemente en adquirir conocimientos, sino en formar determinadas capacidades intelectuales, físicas, morales y políticas. Atenas y Esparta expresaron modelos profundamente diferentes: mientras la primera desarrolló una educación vinculada con la participación cívica, la retórica, las artes y la filosofía, la segunda subordinó la formación individual a las necesidades militares y colectivas de su organización política. Esta diferencia resulta particularmente reveladora porque demuestra que no existe una educación abstracta y universal separada de la sociedad. Los contenidos que una comunidad considera fundamentales dependen de aquello que esa comunidad necesita reproducir. La educación es, en ese sentido, una especie de radiografía involuntaria del orden social: basta observar qué virtudes pretende producir para descubrir qué tipo de ciudadano considera deseable.
La aparición de la filosofía griega introduce una transformación decisiva porque la educación comienza a vincularse de manera cada vez más consciente con la cuestión del conocimiento. Sócrates, Platón y Aristóteles representan momentos fundamentales de este proceso, aunque cada uno desarrolla una concepción distinta de la formación humana. Sócrates convierte el diálogo y la interrogación en instrumentos de formación intelectual; Platón vincula la educación con la organización de una sociedad justa y con el ascenso del alma hacia el conocimiento; Aristóteles desarrolla una concepción más empírica y sistemática de la formación, relacionándola con la adquisición de hábitos, virtudes y capacidades racionales. En ellos aparece ya una cuestión que atravesará toda la historia posterior de la pedagogía: ¿la educación debe adaptar al individuo a la sociedad existente o debe prepararlo para construir una sociedad mejor? La pregunta parece moderna, pero lleva más de dos milenios persiguiendo a los pedagogos como una deuda que nadie consigue saldar.
La tradición romana modificó algunos de estos elementos y puso mayor énfasis en la formación del ciudadano, el dominio del lenguaje, la retórica y la preparación para la vida pública. Quintiliano representa un momento especialmente significativo porque concibe la educación como una formación integral del orador y del ciudadano. La educación romana estuvo estrechamente vinculada con la estructura social y política del Imperio, y su sistema escolar contribuyó a transmitir la lengua, la literatura y los valores necesarios para la continuidad de las élites administrativas y políticas. Con la expansión del cristianismo, sin embargo, la educación comenzó a reorganizarse alrededor de una nueva concepción del ser humano y de la relación entre conocimiento, fe y salvación.
La Edad Media no puede ser reducida a la caricatura de una época completamente oscura que habría quedado esperando a que llegara el Renacimiento a encender las luces. La tradición medieval desarrolló instituciones educativas de enorme importancia, particularmente monasterios, escuelas catedralicias y posteriormente universidades. El pensamiento cristiano intentó conciliar la herencia filosófica grecorromana con las exigencias doctrinales de la fe. San Agustín ocupa aquí un lugar fundamental al concebir el proceso educativo como una búsqueda interior de la verdad, mientras que la escolástica desarrolló posteriormente sistemas intelectuales extraordinariamente sofisticados. La aparición de las universidades medievales representó un cambio decisivo porque institucionalizó comunidades dedicadas al estudio y creó formas relativamente estables de transmisión y discusión del conocimiento. La educación continuaba siendo profundamente jerárquica y limitada socialmente, pero comenzaba a constituir un espacio institucional con reglas, grados y disciplinas propias.
Tomás de Aquino representa uno de los momentos culminantes de la pedagogía medieval porque intenta integrar razón y fe mediante una concepción sistemática del conocimiento. La educación no consiste para él en una simple acumulación de información, sino en el desarrollo de las capacidades intelectuales del individuo. El conocimiento humano posee una dimensión racional que puede y debe ser cultivada. La escolástica, pese a sus limitaciones históricas, contribuyó a desarrollar procedimientos argumentativos y formas institucionalizadas de discusión que serían fundamentales para la posterior evolución de la educación superior europea.
El Renacimiento produjo una transformación profunda de la concepción educativa. El humanismo colocó nuevamente al ser humano, las lenguas clásicas, la literatura, la historia y la formación moral en el centro de la educación. La recuperación de la Antigüedad grecorromana no significó simplemente copiar el pasado, sino utilizarlo para construir una nueva concepción de la formación humana. La educación humanista aspiró a desarrollar individuos capaces de desenvolverse en una sociedad civil cada vez más compleja. La expansión de la imprenta multiplicó además las posibilidades de circulación de textos y conocimientos. El libro dejó progresivamente de ser un objeto extraordinariamente escaso y comenzó a formar parte de una nueva cultura escrita. No fue exactamente una revolución de tabletas y tutoriales, pero sí produjo una transformación tecnológica comparable en sus efectos sobre la circulación del conocimiento.
La Reforma protestante y la Contrarreforma católica otorgaron a la educación una importancia todavía mayor. La necesidad de formar creyentes capaces de leer textos religiosos y comprender doctrinas contribuyó a impulsar la alfabetización y la expansión de instituciones educativas. Los jesuitas desarrollaron uno de los sistemas pedagógicos más organizados de la época, mientras las distintas confesiones religiosas comprendieron que controlar la formación intelectual de las nuevas generaciones significaba también intervenir en la reproducción cultural de la sociedad. La educación adquirió así una importancia estratégica evidente: formar individuos significaba formar comunidades religiosas, ciudadanos y futuros administradores del orden social.
La modernidad filosófica modificó radicalmente la manera de comprender el conocimiento y, con ello, la pedagogía. La confianza creciente en la razón, la observación y la experiencia cuestionó las formas tradicionales de autoridad intelectual. Francis Bacon defendió una concepción del conocimiento vinculada con la observación y la experimentación, mientras René Descartes otorgó un lugar central al método y a la razón. Estas transformaciones no permanecieron encerradas en la filosofía. Modificaron progresivamente la manera de pensar qué debía aprenderse y cómo debía enseñarse. La pedagogía moderna comenzó a reclamar métodos más racionales, sistemáticos y adecuados al desarrollo del individuo.
En este contexto, Comenio ocupa un lugar fundamental. Su proyecto de una enseñanza organizada, gradual y accesible a todos los niños representó uno de los grandes momentos de la pedagogía moderna. La idea de enseñar “todo a todos” implicaba una transformación profunda porque cuestionaba la educación como privilegio exclusivo de determinados grupos. Comenio comprendió además que la enseñanza debía adecuarse a las capacidades del alumno y organizarse de manera progresiva. La escuela comenzaba a ser concebida como una institución con una función social general y no únicamente como un espacio reservado a la formación de minorías privilegiadas.
Locke introdujo otra dimensión decisiva al vincular la educación con su concepción empirista del conocimiento. La experiencia desempeña un papel fundamental en la formación de la persona y, por ello, las condiciones educativas tienen consecuencias profundas sobre el desarrollo individual. La educación deja de ser considerada simplemente como transmisión de contenidos previamente establecidos y pasa a relacionarse con la formación de hábitos, comportamientos y capacidades. El individuo se convierte en un sujeto susceptible de ser formado por su experiencia social.
Rousseau radicalizó esta transformación en “Emilio”. Su crítica de la educación tradicional partió de una concepción del desarrollo natural del individuo y de la necesidad de evitar que la sociedad destruyera prematuramente las capacidades propias de la infancia. Rousseau convirtió al niño en un sujeto específico del proceso educativo, con ritmos y necesidades que no podían ser tratados como una simple versión reducida del adulto. Esta idea tendría consecuencias enormes en la pedagogía posterior. La infancia comenzó a ser entendida como una etapa con características propias y no simplemente como un período de espera antes de convertirse en adulto.
La Ilustración llevó estas discusiones al terreno político. Si la razón podía ser desarrollada mediante la educación, entonces la educación podía convertirse en un instrumento de transformación social. La difusión del conocimiento comenzó a asociarse con la formación de ciudadanos capaces de participar en una sociedad racional. Esta relación entre educación y emancipación sería fundamental para la modernidad. Pero también aparecería una tensión permanente: la misma educación que pretende liberar puede convertirse en mecanismo de disciplinamiento y adaptación. Formar ciudadanos autónomos exige transmitir determinadas normas, conocimientos y valores; por tanto, la educación nunca deja de enfrentar el problema de cómo formar autonomía sin imponer una autonomía prefabricada, contradicción que tiene algo de comedia filosófica si se la observa desde suficiente distancia.
La Revolución francesa modificó profundamente el problema educativo al convertir la formación del ciudadano en una cuestión de Estado. La educación comenzó a ser concebida como un derecho público y como un instrumento para construir la nación. Condorcet defendió una educación pública vinculada con la razón y la ciudadanía, mientras otros proyectos revolucionarios buscaron formar ciudadanos capaces de identificarse con los valores de la nueva sociedad. La escuela moderna quedó progresivamente asociada con la construcción de identidades nacionales y con la integración de poblaciones diversas dentro de un mismo marco político.
La expansión de los Estados nacionales durante los siglos XIX y XX consolidó esa función. La escolarización masiva permitió transmitir una lengua común, una historia nacional, determinadas normas cívicas y formas de comportamiento social. La escuela se convirtió en una de las instituciones centrales de la modernidad. Pero precisamente por ello su función fue ambivalente: podía ampliar el acceso al conocimiento y las oportunidades sociales, pero también reproducir las jerarquías existentes y transmitir la ideología dominante. La educación moderna nunca fue simplemente emancipadora ni simplemente represiva. Su carácter contradictorio constituye una de las claves para comprender su historia.
Pestalozzi introdujo una concepción de la educación centrada en el desarrollo integral del individuo y en la importancia de la experiencia concreta. Su pedagogía buscó superar la enseñanza puramente verbalista mediante una formación que involucrara cabeza, corazón y mano. El aprendizaje debía partir de la actividad del niño y de su relación con el mundo. Esta orientación influyó profundamente en la evolución posterior de la escuela activa y en la búsqueda de métodos educativos menos centrados en la repetición mecánica.
Herbart, por su parte, desarrolló una concepción sistemática de la pedagogía y procuró convertirla en una disciplina con fundamentos científicos. La educación debía organizarse racionalmente y perseguir objetivos claramente definidos. Su pensamiento contribuyó a consolidar la idea de que enseñar no podía depender exclusivamente de la intuición del maestro, sino que requería principios, métodos y conocimientos específicos sobre el aprendizaje y la formación.
La industrialización transformó todavía más radicalmente la educación. El desarrollo de las fábricas, la urbanización y la expansión del trabajo asalariado generaron nuevas necesidades de alfabetización, disciplina y capacitación. Las sociedades industriales requerían trabajadores capaces de desenvolverse en estructuras productivas complejas, pero también ciudadanos integrados en Estados nacionales cada vez más centralizados. La expansión de la escuela pública respondió en parte a estas necesidades. La institución escolar moderna adquirió horarios, grados, currículos, reglamentos y sistemas de evaluación que permitían organizar grandes cantidades de alumnos. La masificación educativa fue una conquista histórica enorme, aunque su organización conservara elementos de disciplina y homogeneización.
Aquí aparece una cuestión que resulta especialmente relevante desde una perspectiva sociológica: la educación no sólo transmite conocimientos, sino que produce determinadas disposiciones. Enseña a llegar a horario, obedecer reglas, esperar turnos, competir, colaborar, cumplir tareas, aceptar evaluaciones y reconocer autoridades. Buena parte del aprendizaje escolar ocurre fuera de los contenidos explícitos. La escuela enseña también una forma de habitar instituciones. La historia de la pedagogía permite observar cómo esa dimensión fue adquiriendo una importancia creciente a medida que las sociedades modernas se hicieron más complejas.
La expansión de la psicología contribuyó posteriormente a modificar las concepciones educativas. El desarrollo infantil comenzó a ser estudiado sistemáticamente y la pedagogía empezó a apoyarse cada vez más en investigaciones sobre percepción, memoria, inteligencia y aprendizaje. La educación dejó de ser exclusivamente una cuestión filosófica y moral para incorporar conocimientos provenientes de disciplinas científicas. Este proceso amplió considerablemente las posibilidades pedagógicas, aunque también produjo un nuevo problema: reducir al alumno a una suma de variables psicológicas puede hacer olvidar que aprende dentro de una estructura social concreta.
El movimiento de la Escuela Nueva reaccionó contra los métodos excesivamente autoritarios y memorísticos. John Dewey fue uno de sus principales representantes y desarrolló una concepción de la educación como experiencia, actividad y participación democrática. Para Dewey, la escuela no debía preparar simplemente para la vida: debía constituir una forma de vida social en la que el alumno aprendiera mediante la acción, la cooperación y la resolución de problemas. El conocimiento adquiría sentido cuando podía relacionarse con situaciones reales. Esta concepción modificó profundamente la pedagogía contemporánea y anticipó numerosos métodos actualmente considerados innovadores.
La pedagogía activa también transformó la relación entre maestro y alumno. El profesor dejó progresivamente de ser concebido exclusivamente como autoridad que transmite información y comenzó a asumir funciones de orientación, mediación y organización de experiencias de aprendizaje. El alumno adquirió mayor protagonismo y se convirtió en sujeto activo del proceso educativo. Esto no significa que la autoridad desaparezca; cambia su forma. La escuela puede dejar de gritar “¡silencio!” para empezar a decir “vamos a construir colaborativamente el aprendizaje”, pero alguien sigue teniendo que organizar la actividad y decidir qué significa que la construcción haya salido bien.
Las pedagogías del siglo XX incorporaron además perspectivas críticas sobre la función social de la educación. La pedagogía dejó de preguntar solamente cómo enseñar mejor y comenzó a preguntarse para qué, para quién y en beneficio de quién se educa. La relación entre educación y sociedad adquirió una importancia central. El desarrollo de la sociología de la educación permitió estudiar la escuela como institución social y analizar fenómenos como desigualdad educativa, selección, movilidad social, reproducción cultural y diferenciación de oportunidades.
En este terreno, el pensamiento marxista aportó una crítica fundamental al mostrar que la educación se desarrolla dentro de sociedades estructuradas por relaciones de clase. La escuela puede ampliar el acceso al conocimiento y contribuir a la movilidad social, pero también puede reproducir desigualdades existentes. La transmisión cultural nunca ocurre en condiciones completamente neutrales. Los contenidos considerados legítimos, las formas de hablar aceptadas, los conocimientos valorados y los comportamientos premiados pueden favorecer determinadas posiciones sociales. Esta problemática será desarrollada posteriormente por autores como Gramsci, Bourdieu y otros teóricos de la reproducción y la hegemonía cultural.
Gramsci resulta especialmente importante porque permite pensar la educación desde el concepto de hegemonía. Las sociedades no se mantienen solamente mediante coerción; también necesitan producir consenso. La escuela, junto con otras instituciones culturales, participa en esa construcción de una determinada visión del mundo. Pero Gramsci no reduce la educación a adoctrinamiento. Precisamente porque transmite conocimientos y desarrolla capacidades intelectuales, puede proporcionar herramientas para cuestionar la hegemonía existente. La escuela constituye así un terreno de lucha cultural. Esa ambivalencia resulta mucho más interesante que cualquier interpretación que la convierta simplemente en aparato de dominación.
La historia de la pedagogía también muestra cómo las transformaciones científicas modificaron las concepciones del conocimiento. La expansión de las ciencias naturales, la psicología experimental y posteriormente las ciencias sociales obligó a replantear los contenidos y métodos de enseñanza. La escuela moderna comenzó a incorporar progresivamente conocimientos científicos que desplazaron parcialmente la centralidad exclusiva de las humanidades clásicas. Esta transformación reflejó los cambios de la sociedad industrial y tecnológica. La educación debía preparar individuos capaces de desenvolverse en un mundo donde el conocimiento científico tenía una importancia creciente.
El siglo XX llevó la cuestión educativa a una escala inédita. La escolarización obligatoria se expandió, aumentó el número de estudiantes en todos los niveles y la educación superior dejó de ser patrimonio casi exclusivo de pequeñas élites. La democratización educativa transformó las sociedades occidentales y permitió que grupos anteriormente excluidos accedieran a conocimientos y profesiones antes reservados a minorías. Pero la masificación también produjo nuevos desafíos: sistemas educativos enormes, desigualdades internas, burocratización, problemas de calidad y dificultades para adaptar métodos tradicionales a poblaciones estudiantiles cada vez más heterogéneas.
La educación contemporánea heredó todas esas contradicciones. Por un lado, se espera que forme individuos autónomos, críticos, creativos y capaces de aprender durante toda la vida; por otro, continúa funcionando mediante currículos, exámenes, jerarquías institucionales y mecanismos de clasificación. Se pretende fomentar la creatividad y simultáneamente se pide que todos respondan correctamente a la misma prueba a la misma hora. Se reclama pensamiento crítico mientras se evalúa mediante respuestas cerradas. Se habla de personalización y se mantienen estructuras escolares diseñadas para grupos masivos. La historia de la pedagogía ayuda a comprender que estas contradicciones no son simples errores administrativos: forman parte de tensiones históricas profundas entre educación, igualdad, libertad, disciplina y organización social.
Uno de los mayores méritos de Abbagnano y Visalberghi consiste precisamente en reconstruir estas transformaciones sin separar artificialmente la pedagogía de la historia general de las ideas. Las teorías educativas aparecen vinculadas con las concepciones filosóficas de cada época. Cuando cambia la idea de naturaleza humana, cambia la educación; cuando cambia la concepción del conocimiento, cambian los métodos; cuando cambia la organización política, se transforma el papel de la escuela; cuando cambia la estructura económica, aparecen nuevas demandas formativas. La pedagogía se revela así como una disciplina profundamente histórica.
El libro permite comprender también que ninguna reforma educativa nace completamente de la nada. Las propuestas pedagógicas contemporáneas suelen presentarse como novedades absolutas, pero muchas de ellas tienen antecedentes centenarios. El aprendizaje activo ya estaba presente en Rousseau y Pestalozzi; la preocupación por el desarrollo infantil tiene una larga historia; la educación integral aparece en distintas tradiciones; la enseñanza vinculada con la experiencia fue defendida mucho antes de que se inventaran las plataformas educativas y las presentaciones con cincuenta y siete diapositivas. La historia funciona aquí como antídoto contra la fascinación por la palabra “innovación”.
Esto no significa que la pedagogía deba quedarse mirando hacia atrás. Precisamente conocer su historia permite evaluar mejor las novedades. Una innovación educativa sólo puede considerarse verdaderamente significativa cuando modifica de manera sustancial las relaciones entre conocimiento, enseñanza, aprendizaje y sociedad. Cambiar el pizarrón por una pantalla no constituye por sí mismo una revolución pedagógica. Una escuela puede utilizar inteligencia artificial, realidad virtual y plataformas digitales y seguir reproduciendo exactamente la misma pedagogía transmisiva que utilizaba cuando el profesor escribía con tiza. La tecnología modifica herramientas; la pedagogía transforma relaciones.
La obra también ayuda a recuperar una dimensión política frecuentemente olvidada: educar significa decidir qué conocimientos merecen ser transmitidos. Todo currículo implica una selección. No es posible enseñar absolutamente todo, por lo que toda sociedad debe establecer prioridades. Esa selección está relacionada con concepciones culturales, científicas, económicas y políticas. La historia de la pedagogía permite observar cómo esas prioridades han cambiado y cómo determinados saberes pasaron de ser centrales a convertirse en marginales, mientras otros adquirieron una importancia creciente.
La cuestión de la autoridad constituye otro hilo conductor. Desde las pedagogías tradicionales hasta las concepciones activas, la relación entre autoridad docente y autonomía del alumno ha sido objeto de debate permanente. La eliminación absoluta de la autoridad resulta tan problemática como su concentración autoritaria. Enseñar implica orientar, establecer límites, transmitir conocimientos y crear condiciones para que el estudiante pueda eventualmente prescindir de esa orientación. La paradoja es inevitable: el buen maestro trabaja para que el alumno ya no necesite al maestro. Una institución basada exclusivamente en la obediencia fracasa en la formación de sujetos autónomos; una institución que renuncia a toda orientación confunde libertad con abandono.
La historia de la pedagogía permite finalmente comprender que la educación constituye una de las principales instituciones mediante las cuales las sociedades proyectan su futuro. Cada época educa imaginando, explícita o implícitamente, qué tipo de persona necesita. El ciudadano de la polis, el cristiano medieval, el humanista renacentista, el ciudadano republicano, el trabajador industrial, el profesional especializado y el sujeto digital responden a contextos históricos diferentes. La educación cambia porque cambian las sociedades y porque cada sociedad intenta anticipar mediante la formación aquello que todavía no existe.
“Historia de la Pedagogía” conserva por eso un valor que va mucho más allá de la consulta académica. Su importancia está en mostrar que las prácticas educativas contemporáneas son el resultado de una larga sedimentación histórica y que muchas discusiones que parecen nuevas son, en realidad, versiones actualizadas de problemas antiguos. La tensión entre autoridad y libertad, individuo y sociedad, tradición e innovación, formación humanística y capacitación técnica, igualdad y selección, conocimiento y experiencia, reproducción social y emancipación atraviesa siglos de pensamiento pedagógico. Comprender esa genealogía permite mirar la escuela contemporánea con mayor lucidez y también con menos ingenuidad. La pedagogía no es una caja de herramientas que espera al último gurú educativo para descubrir el destornillador definitivo; es un campo histórico de conflictos acerca de qué significa formar seres humanos. Abbagnano y Visalberghi ofrecen justamente un mapa amplio de esos conflictos, mostrando que cada teoría educativa expresa una determinada concepción de la sociedad y del individuo. Leer la historia de la pedagogía desde esta perspectiva significa comprender que toda educación es, inevitablemente, una intervención sobre el futuro: transmite un mundo recibido, selecciona aquello que considera digno de conservar y, al mismo tiempo, abre —o clausura— determinadas posibilidades para transformarlo.

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